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Fulgencio Castañar Ramos
Independiente (Biblioteca José Hierro)
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DE MIS LECTURAS: NOTAS DE AYER Y DE HOY

EL GATOPARDO, EVOCACIÓN ELEGÍACA DEL PASADO FAMILIAR


Giuseppe Tomasi di Lampedusa (Palermo, 23 de diciembre de 1896 - Roma, 23 de julio de 1957), príncipe de Lampedusa y duque de Palma di Montechiaro, quiso hacer, con El Gatopardo, una evocación nostálgica de su familia y escogió como protagonista a su abuelo, Giuseppe Tomasi, descendiente directo de los príncipes Carlo y Giulio, por considerarlo como el último gran representante de la saga familiar. Sin embargo, en vez de la exposición biográfica, optó, para tener más libertad y acaso para poder magnificar tanto a la figura como la importancia y grandeza de sus antepasados, la forma novelesca; este género literario le permitía envolver la acción y a los personajes con un aura elegíaca del que no podría disponer en la redacción fiel, objetiva de una biografía.
El caso es que, con El Gatopardo –escoge el título de un elemento del escudo familiar-, ha conseguido una novela que, pese a fijarse en muy pocos momentos, va a servir para perpetuar el recuerdo de la familia. De haber vivido más tiempo es posible que el autor insertase otros instantes, en algunos casos meras estampas, ya que, en la novela, hay grandes huecos en la vida del protagonista que hubieran podido ser rellenados, si la muerte no le hubiese cortado el ciclo vital al autor. La falta de un nexo sintáctico que una las estampas que inserta en la novela y la presencia de diversas afirmaciones sobre el futuro de los protagonistas nos permiten afirmar que el contenido que tenemos con lo publicado en El Gatopardo sería parte un gran fresco que el autor tenía in mente, pero que dejó inacabado. Nos apoyamos para esta afirmación en las breves frases en las que, mediante prolepsis, adelanta, en varias ocasiones, datos sobre el futuro de la pareja Tancredi Falconeri y Angélica, pero que, luego, no desarrolla; por ejemplo, a la joven que vemos como encantadora “se convertirá en una de las más viperinas de las Egerias” (p. 175); luego llevará una vida “ tan agitada, tan pecaminosa, sobre el inevitable fondo de dolor” (p.197) e, incluso, hay alusiones al fracaso de la pareja en lo erótico que tampoco desarrolla en los capítulos publicados.
Por haber elegido la novela en vez de la biografía, la ficción en lugar de la historia, el autor cambia los nombres de la familia nobiliar y el de algunos lugares en que vivieron sus antepasados. Nos los presenta bajo la denominación de la Casa de los Salina, una familia de la nobleza siciliana y se centra en algunos avatares del último gran representante al que conoceremos con el nombre de Don –con mayúscula- Fabrizio Corbera. El autor selecciona varios momentos de la vida de este personaje y arranca presentándolo al lector en plena madurez, en un instante crucial para la historia de Sicilia pues coincide con el tenso, duro y agitado proceso histórico de la reunificación de Italia como Estado independiente.
Los momentos escogidos para presentarnos la vida de Don Fabrizio, príncipe de la mencionada casa Salina, los organiza en segmentos temporales; son unos cuantos meses de su vida, muy pocos y aislados, desde mayo de 1860, fecha en que se produce “el desembarco de los Mil” en Sicilia, hasta julio de 1883 en que muere. De este lapso de tiempo solo nos ofrecerá el narrador cinco de ellos y luego añadirá uno, posterior a la muerte del protagonista, mayo 1910, para mostrar la postración, la decadencia a que han llegado sus descendientes y, también, aunque solo en breves detalles, su patrimonio de carácter señorial que se había ido disgregando con el paso de los años.
Así pues, como hemos aludido ya, el factor tiempo es un elemento estructurador de primer orden, puesto que la novela está organizada en núcleos temporales que son los que dan título a los diferentes capítulos. Cada capítulo lo subdivide, a su vez, en secuencias para contarnos diferentes acciones que protagoniza la familia Salina y ocurren en diferentes lugares de su feudo, excepto uno de los capítulos en que el verdadero protagonista es el jesuita P. Pirrone, confesor de la Casa de los Salina, y, en este caso, como algo peculiar, la acción se traslada a un pequeño pueblo del que procede el jesuita y tiene que ver con asuntos de su propia familia, ajenos, por tanto, a la trama central de la novela con lo que este capítulo sirve de contrapunto al mostrarnos la vida de la gente llana frente al resto que es una exposición de la nobleza..
Aunque todos los capítulos coinciden en tener el nombre de un mes y el año correspondiente como datos escogidos para titular, el contenido narrado en cada uno de ellos es de una duración temporal diferente; así en el primero, en mayo de 1860, lo que se le ofrece al lector es, básicamente, un día en la vida de la casa de los Salina, en una casa señorial situada en un paraje próximo a Palermo. Más concretamente, la acción abarca desde el atardecer de un día de la primera quincena en que rezan el rosario hasta el atardecer del día siguiente en que acuden al mismo rezo; no obstante, entre las secuencias de que se compone el capítulo hay una en la que el autor opta por retrotraerse al pasado y mostrar las relaciones con Fernando II, el anterior rey de las Dos Sicilias; para resaltar esa familiaridad las muestra de un forma temporal indeterminada. Este inicio de la obra representa un homenaje al autor de Ulises, Joyce, al que admiró Giuseppe Tomasi di Lampedusa desde su juventud.
En el titulado “Agosto de 1860” se nos ofrece el viaje –de varios días- desde Palermo hacia el palacio de verano, que sitúa en un lugar al que nombra como Donnafugata en vez de histórico que se encuentra en Palma di Montechiaro y algunos incidentes de su estancia que, si bien se prolonga hasta noviembre solo referirá los primeros días. El capítulo titulado “Noviembre de 1862” es, básicamente, la presentación de sociedad de Angélica, una joven de clase baja de la que se ha enamorado Tancredi Falconeri; la acción se centra en un baile en el palacio de los Ponteleone en Palermo y este bloque se inicia con la salida hacia el baile y el regreso al amanecer; dura, pues, solamente una noche.
Así pues la obra es un conjunto de estampas entretejidas con reflexiones nostálgicas, sin otro nexo entre ellas, que la permanencia de los mismos protagonistas, aunque en el que nos cuenta la visita del P. Pirrone a su pueblo, sea el confesor de los Salina quien asume un cambio de rol, pues pasa de secundario a protagonista. También podemos señalar que los espacios son variados, aunque algunos coinciden, como el primero y el último, para resaltar así la diferencia, las modificaciones tanto del espacio como de la forma de vida de sus habitantes, aunque hay un nexo permanente entre ellos: la pervivencia del peso de las ideas religiosas. Relata el novelista ritos y creencias hasta un extremo tal que las autoridades religiosas considerarán fuera de lo ortodoxo, como es el culto a una serie de reliquias que un especialista mandado por el obispado considera falsas.
La intención principal, a nuestro parecer, que mueve al autor, como descendiente del Principado de Lampedusa, es hacer una evocación nostálgica de la grandeza de sus antepasados. Por su parentesco con I Vinceré, de Federico de Roberto, rehusó publicar la obra Elio Vittorini, por tocar el mismo tema, la decadencia de una familia aristocrática. En la literatura española tenemos algunos ejemplos en los que sus autores se fijan en la baja nobleza, especialmente relacionada con el mundo rural; así son los casos de Valle Inclán, con don Juan Manuel de Montenegro, en la serie de Las comedias bárbaras, Llorenç Villalonga en su novela Bearn o la sala de las muñeca, Pérez de Ayala, en La caída de los Limones, -dentro de sus novelas poemáticas-, aunque estos escritores no muestran grandeza, sino la degradación a que habían llegado sus últimos representantes; sin embargo lo que hace G. T de Lampedusa es evocar al último gran representante de una casa señorial en el momento en que, tras siglos de esplendor, las circunstancias históricas han generado un proceso de cambio de tal magnitud que la nobleza será absorbida por la creciente burguesía y los Borbones, reyes de las Dos Sicilias, perderán todo su poder ante la fuerza de los ejércitos del norte dirigidos por Garibaldi.
Históricamente esto ocurre, principalmente, durante la última mitad del siglo XIX. Lampedusa muestra la grandeza de la casa Salina en tiempo de Don Fabrizio Corbera, -del que resalta y hay que tenerlo en cuenta, su grandeza física, corporal- que dura, pese a la decrepitud y falta de energía del prócer y al decaimiento económico con la pérdida de algunos fundos, hasta su muerte que ocurre en 1883; la degradación a que se llega unos años después de su muerte nos la relata al mostrarnos el estado de su patrimonio en el capítulo que cierra la obra, “Mayo de 1910”. Para esto es significativo el estado en que ha quedado el conjunto de posesiones y la pérdida de influencia del nombre de los Salina: “El prestigio del apellido se había ido esfumando. El patrimonio, dividido y subdividido, equivalía, en el mejor de los casos, al de muchos otros linajes inferiores, y era muchísimo más exiguo que el de ciertos industriales opulentos, pero en la Iglesia, en las relaciones con ella, los Salina habían mantenido la preeminencia; ¡bastaba con ver cómo recibía Su Eminencia a las tres hermanas cuando lo visitaban por navidad! ¿Pero ahora?” (p. 311)
A este interrogante se responde con la inspección eclesiástica que hacen los representantes del obispado a la capilla que han instaurado en el palacio las hijas de Don Fabrizio y que termina con el rechazo tanto del cuadro central que presidía el altar, por no tener, pese a que lo creyesen la spropietarias, una significación religiosa, y también por el rechazo de la mayoría de las reliquias que habían ido comprando a conventos y parroquias en apuros mediante una intermediaria de no muy digna reputación. Por lo demás, tiene mucho valor el arranque de la última secuencia en el que a Concetta, la hija mayor, le “parece estar viviendo en un mundo conocido pero ajeno; un mundo que ya había consumido toda su energía, y ahora solo contenía puras formas”. (p. 324) y el autor lo muestra artísticamente con la imagen con la que se cierra el libro: Concetta mandar tirar a la basura una reliquia del pasado, el guiñapo a que se había reducido Bendicò, el perro de caza al que tenía tanta estima Don Fabrizio y que, al morir, había sido embalsamado.
Igual que ocurrió en España, la alianza entre el Altar y el Trono es capital para el sostén del antiguo Régimen en el reino de las Dos Sicilias; aunque la capital está en Nápoles, los nobles sicilianos tienen al lugarteniente del rey en la isla como un baluarte represor frente a las posibles idea revolucionarias del pueblo y a la Iglesia como un freno utilizado desde el confesonario y el púlpito. Frente a los nuevos tiempos, con cambios sociales inevitables, los nobles, como Don Fabrizio, ven en la institución monárquica, la continuación y la perseverancia del “ orden, la continuidad, la decencia, el derecho, el honor;” y si la monarquía se apoya en la tradicional fidelidad de los sicilianos a la ideas religiosas, también es el rey “el único que defiende a la Iglesia” (p. 32), ante el nuevo posible orden de cosas que implica un peligro real para los bienes de la Iglesia por la alteración del orden y el desarrollo del germen revolucionario que puede dar la traste, como ocurrirá después, en 1870, con la pérdida del poder temporal del papa sobre los antiguos Estados Pontificios.
En la novela nos parece que tiene un alto valor significativo que la muerte de Don Fabrizio, tras un viaje a Nápoles, no ocurra en su palacio de Palermo, al que no puede llegar, sino en el hotel Tinacria, símbolo, por el nombre, de Sicilia; con lo que la muerte del noble está siendo presentada al lector como la muerte de lo más valioso de la nobleza siciliana. Pero ese carácter del final podríamos decir que aparece ya insinuado en el inicio de la novela con ese rotundo “Amén” latino con que se acaba el rezo del rosario en la primera línea de la novela. “Nunc et in hora mortis nostrae. Amén.”
Refuerza ese carácter de análisis de la decadencia la visión pesimista que tiene sobre la realidad el mismo protagonista hasta el extremo de que no sólo lo capta en la naturaleza - los rastrojos quemados por el sol – sino en lo que podía ser un momento de máxima alegría, el baile; el vals lo ve como un viento que arrastra el presente, los frescos del techo muestran la risa de los dioses de las alegrías de los humanos y a los asistentes masculinos, con los fracs negros, los asemeja con cornejas sobre lo putrefacto. (265 -66)
Si a los rasgos temáticos mencionados unimos la importancia de la estructuración temporal en que hemos hecho hincapié en los párrafos iniciales, podremos concluir que el tema principal es el poder destructor del tiempo mostrado a través de los avatares de una familia de la nobleza siciliana que, por las circunstancias históricas, a su vez, conlleva la destrucción del reino de las Dos Sicilias, con cuya desaparición al unirse por la fuerza de las armas al reino de la Cerdeña se da un paso gigantesco para la reunificación de Italia y se abre la posibilidad de cambios sociales, aunque, en determinados aspectos, todo parezca que sigue igual y para que así sea, la aristocracia los asume e, incluso, alguno de ellos, como Tancredi, el sobrino de don Fabrizio, arruinado, colabora con los revolucionarios y obtendrá cargos importantes en el nuevo Estado.
Sin embargo, esta transición de una sociedad anclada en el pasado, la que representan los Borbones en el reino de las Dos Sicilias, con capital en Nápoles, y lo que alumbra el nuevo Estado, anclado, en sus albores, en Turín, bajo la dirección del rey piamontés Víctor Manuel solo se alude, no se describe con detalle; el fin principal es, ante la tendencia modernizadora, mostrar cómo la nobleza de vieja raigambre es una clase social en trance de desaparición. De ahí que, pese a temer la pérdida de sus privilegios, el protagonista alabe la estrategia de su sobrino de incardinarse entre los grupos revolucionarios para conseguir que, pese a a los cambios, todo siga igual, y se puedan asegurar así la permanencia de los resortes económicos que todavía están en sus manos. Es preciso agarrarse a los cambios sociales; Tancredi, el joven sobrino, es consciente de ellos y lo expresa con nitidez “es preciso que todo cambie, para que todo siga igual”, aunque él, personalmente, por la ruina económica en que está su casa, buscará a Angélica, no solo por su belleza, sino por el creciente poderío económico que tiene su padre, un próspero comerciante que sabe aprovecharse de la decadencia de la nobleza para hacerse con sus feudos. Don Cologero Sedàra, el padre de Angélica, representa, frente a la decadencia de la aristocracia, el ascenso de una burguesía que, con el comercio y una explotación de la tierra, tienen, pese a su nula formación académica y, muchos menos, de conocimientos de esa cortesía social que tanto valora la antigua nobleza, una fortuna creciente, lo que, en definitiva, significa la primacía del dinero respecto a los antiguos valores señoriales.
Igual que en el Barroco, Lampedusa nos hace pensar en que el paso del tiempo todo lo destruye; tanto la belleza material que vemos en jardines poco cuidados y palacios de rica ornamentación pictórica como las instituciones humanas: todo es flor de un día y, así como la vida de las personas se caracteriza por la brevedad, también los señoríos, como ya viera Jorge Manrique, tienen su decadencia y su fin; sin embargo, le recuerdo, la rememoración que podemos hacer de ellos los da otro tipo de vida, la vida de la fama y hace que los evoquemos con nostalgia, y esto es lo que hace G. Tomasi di Lampedusa con el pasado familiar, hasta el extremo de que nos atrevemos a decir que muy bien pudiera haber hecho suyas las palabras de Manrique, “a nuestro parescer, cualquiera tiempo pasado fue mejor”.
Como, por razones históricas, las grandes figuras de la pasada nobleza han devenido en personas normales, de tres al cuarto, para sobrevivir no queda otra solución que soñar con el pasado y esas figuras, esos palacios, recreados por la fuerza de la palabra literaria, pese haber sido destruidos, se reedifican de nuevo y resisten al paso del tiempo; el arte hace que su desaparición no sea definitiva, pues, con la lectura, los podemos evocar, levantarlos de sus ruinas, sacar de nuevo brillo a sus oropeles y hacer que los habiten de nuevo sus moradores, aunque solo sea en nuestra imaginación; y, si uno no tiene mucha, la película de Luchino Visconti, pese a las diferencias estéticas inherentes a la diferencia de los medios literarios y fílmicos, pese a los añadidos y a las eliminaciones, para perpetuar la historia que nos relata G. Tomasi di Lampedusa es una ayuda extraordinaria.
 
 
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17/03/2014




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