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Fulgencio Castañar Ramos
Independiente (Biblioteca José Hierro)
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DE MIS LECTURAS. NOTAS DE AYER Y DE HOY

Las Vueltas, un poemario rock, de Félix Vera (Alas Ediciones, Santander)

No es desde el fondo de ese cajón en el que antiguamente se acostumbraba a depositar los papeles más íntimos de donde nos llega este libro; una colección de poemas, como la de este volumen que surgen entre los años 1997 y 2003, el final de un siglo y el comienzo de otro, no se ha podido guardar en un cajón de madera ni metálico, porque, por la edad del autor, los cuadernos y carpetas son materiales un tanto obsoletos y los nuevos tiempos han traído una tecnología diferente por la que los jóvenes se han sentido atraídos y la han convertido en la enseña de su generación; por eso creemos que han de haber dormido en un archivo informático, en una subcarpeta de documentos propios, oculto su contenido con un título que, por si alguien curioseaba en su ordenador, nada pudiese hacer sospechar que eran lo que en otras generaciones hubiesen llamado “intimidades”.

Porque intimidades, compuestas de sueños, anhelos, fracasos, amores, ideas personales sobre la vida y la muerte… todo ello envuelto y estremecido con un contexto de música rock es el contenido del poemario que sale más de una década después de su composición.
Tras dejarlos reposar nos llegan ahora como fruto de una depuración, acaso sería mejor decir selección, y llegan al público como confesiones de un ayer que se fue empujado por la corriente vital de un río cuya fuerza impide nadar contra corriente. Un acto de generosidad –la poesía supone en la mayoría de los casos una entrega de sí mismo– y de remembranza de una etapa de la vida que, en la que, como nos ha pasado a todos, la soledad nos hace bailar con las palabras y el tiempo se alarga perezosamente como si fuera inacabable; mas después, el joven se ve arrastrado por la vorágine laboral y el entorno le hace correr para no perder el tren que le lleva al puesto de trabajo, y, cuando va a llegar a la estación en que se ha de bajar, le “dan ganas de llorar”, porque, sin darse cuenta, se ha hecho adulto sin que haya tenido tiempo para advertir que la hosca realidad se ha tragado lo sueños juveniles. Atrás quedan, desdibujadas con extrema rapidez, las ensoñaciones que habían nacido, a veces, del desconsuelo, en algunas ocasiones, de la esperanza en otras, también de la rebeldía y ¿cómo no? de la frustración…, porque la vida nunca sale al encuentro con las gratas envolturas con que uno, en las horas de aletargamiento, con la vista turbia por las imágenes acarameladas que acaba de ver en la oscuridad del cine, las sueña.

Menos mal que, en la duda, también en la desesperanza y, sobre todo, cuando el joven que entonces era el autor, sentía que la ilusión estaba al alcance de la mano, la música y las palabras le abrieron la puerta a la poesía y en ella encontró ayuda para convertir lo desagradable, frío y áspero en una entrañable placidez que brotaba, ahora sí, sobre el papel de la punta de un bolígrafo y, al esculpirlo, se convertía en un poema. La pasión, la velocidad, la incitación, el ansia de libertad y el ejemplo de muchas canciones le quitaron la atadura de la rima y el sonsonete de algunos estribillos repiqueteaba en su mente para empujarle a jugar con los ritmos. Fue, posiblemente así, cómo la palabra, a la que hasta ese momento, apenas había apreciado por tenerla tan a mano, se convierte en el vehículo por el que va a ser capaz de adentrarse en las galerías más escondidas del su identidad, de lo más profundo de su ser y algunos asuntos o temas de sus conversaciones con amigos va a quedar esculpido en un conjunto de poemas que, poco a poco, va a ir creciendo.

Esto es lo que va a encontrar el lector en el poemario de Félix Vera, el verbo cotidiano que da forma y volumen a un sentimiento y esa vivencia interior, moldeada con tantos recursos poéticos como puede tener a mano quien tiene habilidad para jugar con el lenguaje y sentido del ritmo. La semilla tarda algún tiempo en germinar y el brote, recién nacido, aflora débil, con timidez ante lo desconocido, pero el impulso vital empuja a vencer las dificultades que puede encontrar en la capa terráquea; así el monstruo inicial del poema, sea idea, imagen, sensación, sentimiento, se incuba en el interior hasta que lo amorfo, revuelto y oscuro, se revuelve una y otra vez para, lentamente, adquirir una forma propia que se transforma en una melodía, a veces casi imperceptible, como un susurro que poco a poco se torna inteligible en las palabras que componen los primeros versos; luego crece y la vivencia y lo soñado se entremezclan y adquiere su identidad, como poema. La plasmación, mental o gráfica, impedirá que el paso de las horas se lleve ese sentimiento entre el polvo de los recuerdos. Esa búsqueda de la palabra y del ritmo es uno de los medios por el que podemos evocar esas interioridades, el grato don de evocar los sueños. “¡Ay, qué grato regalo de los dioses/ es el soñar”, nos dice Félix Vera para entregarlo, hecho verso, a los demás; así los poemas nos permiten conocer algunas batallas de la vida, seguir las huellas de su caminar, y también podemos ver cómo el poeta estira la mano hacia la dicha y esta se deshace entre las sombras y el desconsuelo, acaso por la infancia perdida, solo se evapora con la música, por ejemplo, envuelta en nostalgia, de Dulce Pontes. Y antes de que todo el impulso juvenil se lo lleve el viento, tiene la dicha de verlo, como una realidad distinta, transformado en arte en el poema.

El poemario Las Vueltas está estructurado en tres partes: “La vida”, La locura” “Lo que he visto”; las dos primeras están encabezadas por versos de canciones y la tercera por un par de versos de León Felipe. El poemario tiene como lema inicial una cuarteta de Asfalto:”Ahora quiero que entiendas/ que solo soy uno más/ y si me ves de vuelta/ me falta mucho por llegar.” El libro, para que tenga sentido el subtítulo de “poemario rock” se cierra con una banda sonora en la que el autor indica los títulos de algunas canciones y los de los intérpretes que las han popularizado para que el lector se sienta inmerso en el entorno de la creación del libro.

En la primera parte encontramos la búsqueda de las ilusiones del pasado que el paso del tiempo ha borrado y de las que solo queda un desvaído recuerdo, la soledad del hombre en el mundo, el anhelo del deseo erótico, las ansias de volar para realizarse, la escasez de fuerzas para enfrentarse a la vida en el momento del tránsito, cuando llega “la hora de que un hombre tome sus decisiones y siga solo el camino para él trazado”, en definitiva, temas universales, como la lucha contra el tiempo, contra la sociedad y contra uno mismo.

La inconsciencia, dice el filósofo, es lo que nos permite ser felices; para el poeta es la locura la parte del poemario en que encuentra la dicha, pero nunca es constante, porque el amante tiene que sufrir, en más momentos de lo que quisiera, el mal de ausencia por la separación a que se ven obligados por el destino. “No podría volver a vivir/ la dicha de ayer mismo/ mirando ese mar tan azul/ aspirando nuestras últimas/ bocanadas de felicidad”. Pero la separación, aunque traerá dolor, cuando el amor es fuerte, no ha de llevar siempre congoja, sino que se puede tornar en fuente de dicha con la evocación de la felicidad disfrutada, ya sea en medio de la naturaleza, en el entorno de los lagos Enol y Ercina, pedaleando a orillas deI Inn, tumbado a orillas del Tiétar y también, ¿por qué no?, en un paseo por el Madrid de los Austrias.

En la tercera parte la presencia de la música aparece por doquier; el impacto de los conciertos, antes soñados –-por la distancia del pueblo a la urbe–- que vividos. Si para el poeta el heavy metal es el género musical más impactante, acaso porque supuso un primer estallido de libertad, es también, en alguna ocasión, motivo de desencuentros en sus relaciones con las adolescentes de su edad. Sin embargo, como para tantos miembros de su generación, es un elemento básico, indispensable, un constituyente más de su ser, acaso tan necesario como el aire para respirar.
“He llorado…./por lo que fui…/ por lo que no llegué a ser…/por todas las canciones que me hicieron libre”. Es este el epílogo con el que cierra el poemario, con un título, en inglés, significativo: “Forever free”.

Una colección de poemas trasparente, con un lenguaje nuevo, libre de ataduras métricas y también de los formalismos tipográficos; la profundidad de los pensamientos no está reñida con el humor que consigue, con frecuencia, con la ruptura del sistema en los versos finales. La dispersión de los núcleos temáticos es, sin duda, consecuencia de la multiplicidad de estados anímicos propios de los instantes por los que pasaba el creador.

Esperamos que la inspiración no le abandone ni se desanime con el trabajo a la hora de cincelar los poemas. El artista, además de tener cualidades naturales, no puede realizarse sin la insistencia en la labor tanto de creación como de pulido del monstruo inicial. Es de desear que Félix Vera no espere tanto tiempo para dar a los lectores su próxima entrega; aunque comprendemos que cada creador te toma su tiempo y la vida cotidiana tiene unas exigencias que nunca sacia la poesía. Por eso creemos que el poeta es el más generoso de los creadores literarios porque da lo más íntimo de sí mismo sin recibir nada a cambio.


 
 
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19/01/2017




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