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Fulgencio Castañar Ramos
Independiente (Biblioteca José Hierro)
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DE MIS LECTURAS. NOTAS DE AYER Y DE HOY

EN LA ORILLA, DE RAFAEL CHIRBES: LOS PROBLEMAS DE LA ESPAÑA ACTUAL COMO MATERIA NOVELABLE





El escritor valenciano Rafael Chirbes, atento a los problemas de su tiempo, desde su observatorio de Beniarbeig, toma los aspectos más candentes de la sociedad española actual, la crisis económica y los dramas que consigo conlleva, como eje de su última novela publicada, En la orilla (Anagrama, Barcelona, 2013); una obra, que ha sido muy bien recibida tanto por la crítica como por los lectores –elegida mejor novela del 2013 por los lectores de El País- y ha sido galardonada con diversos premios y acaba de ser elegida finalista al premio que otorga la Cátedra Vargas Llosa, de Lima, en el Perú. Aunque la leí el verano pasado, creo que, por su valor literario y por su rico contenido, merece que reflexionemos un poco sobre ella y animemos a que tenga más lectores.
Para contar la historia el novelista recurre a varias técnicas, desde la presencia del narrador omnisciente, a las estructuras dialogadas, pero lo básico es el monólogo interior, pero no de un solo personaje, sino de varios que, como en una coral, suman sus voces para formar un todo. La obra adquiere así un tono polifónico. Quiere esto decir que, a través de varias voces -de tonos, procedencia geográfica y léxico muy distintos- nos va a ofrecer la situación ruinosa en que quedan diversos personajes afectados por la crisis y, lo que es más importante, la pérdida de valores que ha traído el afán por el enriquecimiento rápido que ha predominado en los últimos tiempos en la sociedad española y, muy especialmente, en la costa; por observación directa, el autor ha situado la acción en un lugar, que, como la Orbajosa, de Galdós, no existe en el mapa, pero que, para el novelista, es el referente de la voracidad especuladora que existe en todos los parajes de la costa mediterránea española y, muy especialmente, en la valenciana; igual que Galdós, Rafael Chirles ha creado el entorno de Olba, Misent y sus alrededores –a los que sitúa no lejos de Alcasser y Picasent, p. 148– e, igual que el creador de los Episodios Nacionales, hizo con la localidad provinciana antes mencionada, Chirbes repite ubicación en esta última novela, pues el mismo entorno valenciano ya había sido el utilizado en Crematorio, con una trama diferente, pero con un propósito similar: mostrarnos la progresiva degradación de la sociedad moderna en la que, acaso como manifiesta un personaje, cada vez podemos tener más comodidades, pero “somos menos personas”.
Antes de continuar, conviene señalar que el título, En la orilla, nos lleva a las márgenes de un pantano, próximo a la costa, al que se han arrojado los desechos materiales; y, en los tiempos que vivimos, en todas partes, la sociedad española se ha caracterizado por el auge desmesurado de la construcción y sus detritus, los escombros, se han ido vertiendo donde resultaba más barato sin pensar en el daño ecológico que se producía. Pero la desecación del pantano no es exclusiva de ahora, había arrancado después de la guerra; en aquel tiempo nos menciona el autor en la novela –pero que responde a la historia real de la España de posguerra- se donó extensas parcelas a camaradas excombatientes y a generales que se habían significado en la represión de quienes habían luchado en defensa de la legalidad republicana y, con las parcelas iba anexa la autorización para que pudiesen proceder los agraciados al aterramiento de las zonas del humedal colindante para convertirlas, en muchos casos, en explotaciones cítricas a gran escala. Luego, en los últimos tiempos, los naranjos serán arrancados por modernas maquinarias para dar paso a la especulación al modificar las calificaciones de los terrenos de rústicos en urbanizables.
En la orilla, no presenta Rafael Chirbes la lucha épica que vemos en Cañas y Barro, de Blasco Ibáñez; en esta última ficción el hombre, carente de tierras y medios de producción, se afana, con un denodado esfuerzo físico personal, por extender el campo de cultivo para poder sobrevivir mejor; una épica del pasado que hoy –según un comentario del protagonista- sería considerada como un atentado ecológico. Esa albufera que encontramos en la novela de Chirbes aparece como un lugar desprotegido en el que se puede arrojar impunemente cuanto estorba y se hace con el menor coste económico. Mas el autor transciende ese espacio y da al pantano un carácter simbólico y su importancia es tal que está presente en numerosas páginas de la novela. Los escombros que se arrojan a él son el resultado de todo lo que la ambición, la codicia y el ansia por el enriquecimiento rápido como única meta se llevan tras sí; y lo que se convierte en material de derribo, de desecho, de despojo es el amor, la amistad, la honradez, el placer por la obra bien hecha, la fidelidad, la familia, en definitiva, valores humanos que siempre han sido claves en cualquier sociedad, lo que es una clara muestra del grado de degradación a que se ha llegado en las últimas décadas. Y como estos aspectos son los que critica duramente el novelista, el marjal se convierte, indirectamente, en el auténtico protagonista de la novela y convierte así a la ficción de Chirbes en el reflejo fiel de algunos de los grandes problemas a los que ha abocado la crisis a la sociedad española.
La obra está estructurada en tres partes en las que, en las dos primeras, juega el novelista con la anteposición temporal, pues la primera, “El hallazgo”, sucede, temporalmente el 26 de diciembre de 2010; mientras que la acción de la segunda, titulada “Localización de exteriores”, arranca una docena de días antes, el 14 de ese mismo mes. La tercera “Éxodo”, la más breve de todas, carece de la data con que se abren las dos anteriores, y por la indeterminación de lo narrado, lo mismo podríamos situarla como simultánea de la acción central como posterior. Lo más llamativo es que no tiene un carácter puntual, como las dos anteriores, cuyas acciones tienen un fin, sino que la podemos considerar como una acción durativa, que se prolongan en el tiempo tras la finalización del texto narrativo.
En “El hallazgo” vemos el paisaje desolador que ha dibujado la crisis y está contada, con aires de objetividad, por un narrador omnisciente. Al ritmo frenético y al pulular de obreros de diferentes nacionalidades, al ruido de las máquinas y al continuo transitar de vehículos con materiales para las obras, se contrapone el silencio, la quietud, la ausencia de obreros –por ser extranjeros la mayoría ha tenido que regresar a sus países de origen-; el lento caminar de los parados que buscan como sobrevivir y por doquier encuentran letreros en los que se anticipa al que quiera demandar un empleo que están las plantillas completas, que no necesita mano de obra y, obviamente, otros con viviendas en venta, en alquiler… La acción desarrollará un frustrado día de pesca de un parado marroquí que encuentra en el pantano un hallazgo tan desagradable y problemático que le hace abandonar el lugar empujado por la repulsión que le provoca y el asco de lo encontrado le obliga a vomitar e, incluso, a desprenderse de las piezas ya pescadas.
La segunda parte, “Localización de exteriores”, el autor nos presenta la repercusión de la crisis, en la persona, en la familia y en la sociedad, a través de la voz y las vivencias de varios personajes; predomina, pues, la subjetividad, la voz interior de varios sujetos que padecen la crisis; el más importante de estos es Esteban, un valenciano de sesenta años, gran conocedor desde su infancia del humedal; en ese día, 14 de diciembre de 2010, busca un lugar apropiado para llevar a cabo una acción liberadora, tanto para él como para su anciano padre, de la degradación a que han llegado sus vidas: la del padre es una degradación física –en silla de ruedas, sin habla, incapaz, por tanto, de valerse de sí mismo-, y la de Esteban es económica y moral como consecuencia de la quiebra de la carpintería familiar por la estafa que le ha hecho un amigo en cuya empresa constructora había invertido sus ahorros de toda la vida y que, al estallar la burbuja, ha desaparecido sin dejar rastro. No se considera un inocente, porque era como los demás, también él quería aprovecharse de la onda expansiva de la construcción y le estalló en las manos. “Ni siquiera he perdido por mis propios deméritos, sino porque Tomás Pedrós no ha colmado las expectativas, porque me enredó él o quise enredarme o me dejé enredar.” (p. 170).
L soledad en la búsqueda le dará tiempo a Esteban para contarnos muchos detalles de su vida familiar marcada por la represión que sufrió su familia desde el comienzo de la guerra del 36 por sus ideas republicanas: su abuelo murió, poco después de comenzar, fusilado junto a las tapias del cementerio y su padre fue un derrotado de la guerra civil; al regresar pretendió, en vez de entregarse, vivir oculto en el marjal, pero, por la familia, su cedió en su propósito y hubo de cumplir tres años de condena una vez acabada la guerra; el fracaso de sus ideales le ha llevado a vivir casi siempre encerrado en casa “Cuando salió de la cárcel prefería dar paseos solitarios por Montdor. Por no verlos, se quejaba. Después se encerró en casa porque seguramente no había manera de no verlos.” (p. 159). Para hacer más verosímil la situación de la familia muestra el ambiente represivo que impusieron los vencedores de la guerra y su anuencia con los sectores eclesiásticos.
Por la libertad de pensamiento que permite el monólogo, con un lenguaje sencillo, directo, escueto, sin rebuscados adornos estéticos, Esteban da saltos, con frecuencia, de un tiempo lejano al presente; unas veces rememora asuntos relacionados con su familia, otras con sus amigos, otras sobre los dominadores en la economía local en el pasado, apoyados en la pistola en la sobaquera y la camisa azul. Esta rememoración de vivencias o exposición de conocimientos sobre la vida colectiva las hace sin nexos de transición, únicamente con el espacio en blanco como separador de secuencias; de cuando en cuando, vuelve al espacio físico que ocupa ese día de diciembre de 2010 y nos da algunos detalles físicos o el espacio le da pie para recordar algún episodio de su vida en ese lugar., Mezcla, pues, diversos asuntos y también recurre a formas expresivas diferentes, así de la frialdad y el lenguaje seco, cortante, con que menciona las relaciones, en algunos fragmentos, con su padre, pasa, en ocasiones, por ejemplo, aquellos en que hace las alusiones a lo sexual, a una expresión descarnada, directa, sin los velos con que los clásicos cubrían las partes pudendas; me refiero, por citar algún caso, al lenguaje utilizado por el protagonista al referirse a las provocaciones que se hacen los jóvenes, sexo a distancia, en los chats de internet. Más notoria es la diferencia expresiva cuando se insertan pequeños aportes, de la charla de Esteban con Liliana, la sudamericana que ha cuidado a su padre parapléjico que pasa el día en una silla de ruedas; además del lenguaje, son, generalmente, estos retazos muestras de las diferencias –olores, sabores, costumbres- entre el paraíso que la naturaleza tiene en los trópicos americanos y el mundo hispano; Liliana presenta a los emigrantes venidos del América como seres expulsados del paraíso. “Son las circunstancias las que nos expulsan. Los hombres han hecho malo el paraíso y yo creo que eso Dios que todo lo puede, no va a poder perdonarlo.” (p. 216).
Más larga es y, acaso más importante por su actualidad, es la reconstrucción de vidas ajenas, especialmente, de la élite empresarial y económica de Olba; el autor lo hace a través del monólogo de Esteban pero a través de la inserción de conversaciones con sus amigos, mientras juegan, en el bar Castañer, una partida de dominó o de cartas, tras la comida. Entre todos aportan datos para configurar la imagen, por ejemplo, del mencionado Tomás Pedrós, creador de empresas y dominador de una gran parte de los medios productivos del entorno de Olba; antes omnipresente y ahora, desaparecido, tras dejar heridas en cuantos se relacionaron directa o indirectamente con él y también culpable de grandes desatinos medioambientales, como son tantos huertos de cítricos que yacen con las raíces al sol al haberlos convertido en solares para urbanizaciones; al no construirse éstas se quedarán, posiblemente durante mucho tiempo, convertidos en abandonados eriales, yermos improductivos, mudos testigos de la crisis de estos últimos años.
El núcleo central de esta segunda parte gira sobre la especulación que surge de la atracción del mar y la necesidad de ingentes construcciones para saciar esa necesidad creada tanto en la gente del interior como en personas de otros países. Y no es solo la voz de Esteban mientras busca esos exteriores en los que, según confiesa, “preparo el momento, padre, me encargo de devolverte al lugar en que quisiste quedarte, y por nuestra culpa no te quedaste” (p. 214). Hay otras voces de su entorno que, como contrapunto aparecen transcritas en cursiva; una de ellas es la de Julio; un padre de familia, con tres hijos menores, parado, que, con cuatrocientos veinticinco euros de ayuda –no cobra el paro pues trabajó en negro en la carpintería de Esteban- y los seiscientos que gana su mujer, tiene que enfrentarse a la batalla diaria de la supervivencia; una batalla que básicamente es la preocupación por el sustento diario. Otra voz es la de la mujer de otro trabajador, Álvaro, que sufre los cambios que ha sufrido su marido una vez que se ha quedado sin trabajo. Y, para rizar el rizo del dominio de la técnica expresiva, el autor inserta otro monólogo en el que presenta las confesiones de un empleado de una gasolinera que ha convivido varios años con una prostituta y le cuenta a clienta que ha salido de trabajar en un almacén, el dolor que siente por haberle abandonado, mientras ella, sin saber por qué, le escucha pensando en su marido, Joaquín, y sus hijos y, por otra parte, intenta reconstruir cómo pudo ser esa convivencia y acaba confesándole algunas de sus intimidades como lo que ha cambiado su vida desde que su marido está en el paro. Más detalles nos dará el propio Joaquín al mostrarnos como sus sueños, elaborado cuando tenía sueldo fijo, pluses y horas extraordinarias trabajando con lo que uno de sus compañeros llama el perfume del siglo XXI –la basura–, sueños que son similares a los de otros muchos trabajadores de cualquier parte de España –comprarse una casa- han quedado sin realizarse al ser despedido de la carpintería de Esteban, adonde había recalado tras su etapa de basurero. También hará hincapié en la abundancia de detritus que genera la sociedad de la opulencia, el olor agrio de la basura.
Además de estas voces encontrará el lector la del padre de Esteban, pero ésta nos la ofrece el autor, no de forma oral, sino escrita en el reverso de una calendario de 1959 y oculta entre los papeles y albaranes antiguos y por ella conoceremos la dignidad del carpintero que, además de su amor a la obra bien hecha, se mantiene fiel a sus ideas en un medio hostil como es el mundo de los vencedores de la guerra civil.
Cierra el novelista, en esta segunda parte, la serie de monólogos complementarios al de Esteban con el de Liliana, la mujer sudamericana que, hasta que pudo pagarla, acudía a casa del carpintero a hacer la limpieza y a ocuparse del padre inválido. Además de mostrarnos algunos detalles de su relación con Esteban comprenderemos, con su caso personal, la vida azarosa de esas mujeres que se vienen desde América del Sur a España para sacar adelante a sus familias y muchas tienen que recurrir a medios que nunca hubiesen imaginado –prostitución, tráfico de drogas, limpiar culos a viejos dependientes…- para poder ahorrar para sacar adelante a su familia y a la de sus padres; y, cuando consiguen traerse al marido y a los hijos, lo que les espera no es un paraíso eterno, pues pronto empiezan los problemas; la crisis afecta primero a los emigrantes extranjeros y, desde que en nuestro país no hay oportunidades de trabajo para todos, la vida de estas personas se convierte una antesala de ese infierno. Cierra así Chirbes lo que inició en las primeras páginas: el estallido de la burbuja trae no solo desesperación a españoles, sino que se lleva por delante el pequeño bienestar de quienes habían llegado desde lejanos países en busca de una vida mejor para los suyos.
En esta larga segunda parte vemos que el principal relator de la historia no sólo es víctima de un empresario mayor, sino también es verdugo, pues quienes trabajaban con él, por su error o por su ambición, han de pagar también las consecuencias de lo que a Esteban, el dueño de la carpintería, le ha preparado el destino. Se hunde su barco y también los que iban con él han de pagar las trágicas consecuencias.
En este repaso a los aspectos de estructura de la novela señalaremos que, en la tercera parte, titulada “Exodo”, el lector encuentra, por fin, con voz propia, al empresario que ha ido conociendo en la parte central de la novela por las alusiones de los demás personajes; el autor se lo muestra a través de una rememoración, que hace Tomás Pedrós desde la tumbona en que descansa, bien acomodado, en un lugar, indeterminado, lejano, que pudiera ser una costa caribeña o acaso de un país del lejano oriente. Y, mientras toma el sol, en una especie de duermevela, mezcla sus vivencias con las de otro promotor que, mientras disfruta de la buena vida –sexo comprado a jóvenes prostitutas extranjeras, drogas, bebidas fuertes y buenas comidas- echa cuentas sobre las ganancias que le deja cada hora por la explotación de los emigrantes, esclavos modernos, que utiliza para diferentes actividades, básicamente para empresas constructoras de los que se queda con el 25 por ciento de lo que ganan. Desde su paraíso lejano añora lo que pudo ser duradero y, en cambio, resultó efímero, flor de un día, y lo hace con variadas metáforas en las que están afloran nítidas alusiones, con aire elegíaco, al ubi sunt tomadas de Jorge Manrique.
En el aspecto de técnica literaria, subrayaremos que los monólogos no están concebidos como voces propias, aunque tengan algunos matices individualizadores, sino que, a nuestro parecer, es la misma voz, la del autor, la que se desdobla en otras voces sin que, en muchos casos, haga nada por disfrazarlo con alusiones cultas, en diferentes idiomas, que sobrepasan, con creces, lo que pudiera ser la cultura de quien lo narra. Lo llamativo es que, en estos monólogos, especialmente en los de Esteban, el protagonista, intercala, primero, fragmentos de extensión variable, (no digo párrafos, porque no los subdivide) que responden a otras voces, pues son expresiones, frases de carácter oral que recuerda de otros personajes, sin que en ningún momento le preocupe que, con esas inserciones, se rompa la verosimilitud, pues están conectados sin un signo de puntuación, que, con una pausa larga, marque claramente al lector la separación entre lo que son las voces de dos personajes distintos. Luego, al dar mucha importancia a estructuras dialogadas, dentro del monólogo, si las separa o indica el personaje a quien pertenece la voz.
No hace falta insistir en que es el tratamiento del monólogo interior lo más llamativo de su técnica. No intenta mostrar el funcionamiento del pensamiento, en un momento determinado, del personaje, no enfoca al personaje, excepto en el corto monólogo final, en instantes dubitativos, en estados de inconsciencia o falta de dominio sobre su mente, sino que lo que hace es presentarle en momentos de lucidez, en pleno dominio de su capacidad discursiva y por esto el autor pone en la mente de los personajes, unas veces la descripción de lo que le rodea, otras la narración de acciones, pero, sobre todo, predomina la reflexión sobre la mera contemplación; por eso, junto a los apuntes del entorno y de las acciones, proliferan las evocaciones del pasado, los juicios sobre personas o acontecimientos que, en definitiva, muestran la actitud del autor –aunque aparezca oculto tras la máscara del personaje- hacia ello. De ahí que nos atrevamos a subrayar que lo que predomina es una actitud ética de Chirbes que condena los pasos que llevan a los personajes al ese enriquecimiento sin límites que se convirtió o se ha convertido en la sociedad presente en un objetivo para muchas personas; para alcanzarlo no se respetan valores morales en las relaciones humanas e, incluye, además, con especial relevancia, los atentados al medio ambiente. La moneda del enriquecimiento sin reparar en límites morales ni sociales ha tenido también el reverso del empobrecimiento de una gran parte de la a población; lo aclara bien el novelista con la imagen de los que salen del supermercado con las bolsas llenas y los que buscan en los contenedores las bandejas de comida arrojada a ellos por tener la fecha caducada. Y es también Chirbes el que repasa, en un compromiso ético y social, la historia de una España rural dominada por los falangistas, concluida la guerra civil.
Como creemos haber mostrado, los problemas que han acuciado a la sociedad española en los últimos años y perduran en la actualidad son el centro de atención del autor; es la realidad del último momento lo que prima como núcleo temático; es, pues, una obra que versa sobre la realidad de nuestro días; sin embargo, por el desarrollo de la trama no podemos considerarla como realista, pues no hay una línea de acciones físicas que narrar, y, por esto, las voces relatoras no continúan, como, por ejemplo hizo, en la segunda mitad del siglo XIX, Wilkie Collins en La Dama de blanco, sino que, lo que cada uno relata, viene a acumularse a los aspectos que hemos conocido por quienes les han precedido en el uso de la palabra. Y, respecto al motivo que lleva al pantano a Esteban para la localización de exteriores el autor no lo indica abiertamente, sino que desgrana, de tarde en tarde, algunas ideas que apuntan a la muerte como liberación final de las angustias existenciales que aquejan al protagonista y que, obviamente, están relacionadas con lo narrado en la primera parte. E, igual que Camilo J. Cela tiene, en La Colmena, la cafetería de doña Rosa, como punto de engarce de la mayoría de los protagonistas, Chirles lo hace con la carpintería como punto de enlace para los narradores, pero no como espacio físico, sino a partir de las relaciones laborales y económicas que se han creado entre el empresario y varios trabajadores o sus familias. Esto nos lleva a la conclusión de que no hay una serie de acciones enlazadas, una trama, sino que, al tomar el autor la vida de un conjunto personas en un pequeño entorno, opta por una acumulación de hechos dispares, que no relata al modo tradicional sino que lo hace de una forma sintética y exige al lector la obligación de completar el rompecabezas que hábilmente ha trazado con la estructuración.
A primera vista, al abrir la novela, pudiera parecer que, por la marcada preferencia del escritor por los amplios párrafos, diera la impresión de texto pesado; sin embargo, la fuerza de la palabra y el léxico directo, desnudo -ya dijimos que demasiado directo al referirse a actos sexuales-, y, sobre todo, el contenido enganchan al lector; y lo envuelven y le obligan a avanzar en la lectura, con un ritmo frenético por la ausencia de las pausas. Enfrascado en la lectura es posible que no advierta el que, pese a la presencia del narrador interno, no use mucho la presencia de la primera persona verbal como fórmula narrativa, sino que la alterna con la tercera e, incluso, en menos ocasiones, sin marcas de transición, con la segunda, lo que demuestra una gran habilidad narradora. El lenguaje trasparente, sin muchas florituras decorativas, parece acortar la amplitud de los párrafos que, a veces, son de varias páginas, pues el lector se sumerge en la profundidad del texto y avanza por él sin necesidad de salir a la superficie para tomar aire. Nunca se adormece uno en la placidez de las aguas, porque el autor nos aturde, de cuando en cuando, con la rotundidad de la palabra o la dureza de lo narrado. Rafael Chirbes, mago de la palabra, nos embauca con un nada por aquí, nada por allá y, cuando nos damos cuenta, hemos concluido una secuencia y saltamos, acaso sin respirar siquiera, a la siguiente. Facilidad expresiva que no todos los novelistas poseen, pero que esconde también una dura labor de creación para poder saltar de unos núcleos temáticos a otros sin que se canse, o al menos esa es la impresión nuestra, el lector.

No hace falta decir, como resumen, que nos encontramos ante una gran novela, en la que el autor se muestra atento a los males de nuestro país, con especial atención a los que nos afectan en el momento presente, y los narra con maestría artística al incorporar algunos aspectos renovadores en la forma de contar, especialmente en Crematorio y En la orilla, dos obras que convierten a su autor, sin duda, en uno de los mejores y más ambiciosos narradores del momento presente en lengua española.




Adenda tangencial: Quiero mostrar mi agradecimiento a mi amigo Andrés Ruiz Merino, entusiasta de Rafael Chirbes, por haberme proporcionado la posibilidad de llenar momentos de ocio en los últimos veranos con la lectura de las dos últimas novelas de este excelente escritor.


 
 
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24/03/2014




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