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Fulgencio Castañar Ramos
Independiente (Biblioteca José Hierro)
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DE MIS LECTURAS. NOTAS D EAYER Y DE HOY

Intemperie, de Jesús Carrasco: el descubrimiento de un mundo inhóspito


Resulta sorprende la historia de la primera novela conocida de Jesús Carrasco de la que hemos sabido que ha sido un éxito en el exterior antes de publicarse en España; no sabemos si esto indica una buena gestión o una desconfianza inicial frente al mercado interior. Lo de las rápidas reimpresiones del texto en España podría hablarnos de la importancia de los ecos y del boca a boca, al tiempo que nos revela un indicio de las modernas formas de impresión, pequeñas tiradas con las que se evitan gastos de papel y almacenamiento y la rapidez en la impresión de cuanto es necesario. Pero estos aspectos relacionados con la recepción de la obra de Jesús Carrasco tienen mucho que ver con los valores de la novela. Y lógicamente, aunque a cada lector le puede le puede atraer algo especial, por su propia subjetividad, Intemperie tiene que tener algo atractivo, valioso, pues de lo contrario no tendría tanta aceptación. La incógnita de sus valores ha despertado nuestra curiosidad y por eso nos hemos dispuesto a leerla y, sinceramente, no hemos quedado defraudado.
A medida que se avanza en su lectura llaman la atención la desnudez de la trama, la aridez desoladora del paisaje, la soledad de los personajes y su lucha por la supervivencia y, sobre todo, -advertimos que son notas personales- la crueldad del ser humano en su vertiente masculina; hemos de subrayar esta nota, porque un rasgo fundamental de la historia narrada es que en ella está soportada, en lo referente a los actantes humanos, exclusivamente por figuras masculinas. El énfasis que ponemos en esta nota no es óbice para reconocer que aparecen también ciertas notas de solidaridad pese a las dificultades en que discurren las vidas de los escasos personajes, como la ayuda al tullido pese al peligro que puede suponer para los dos protagonistas principales.
Otros rasgos llamativos son la indeterminación de las notas espaciales y temporales que nos permitan fijarla en un ámbito determinado y en una época concreta. Aunque como toda realidad humana sujeta a una realidad física y envuelta en un eje temporal, de carácter lineal, nos parece sacada del mundo real, tangible: una creación de la fantasía narradora del autor. Hemos de añadir otro rasgo básico, la ausencia de nombres propios para referirse a la mayoría de los personajes. Esta referencia a las personas por un nombre común nos parece que ha servido para que el redactor de la contracubierta caiga, a nuestro parecer, en el error de considerarlos como arquetipos cuando son simplemente seres humanos, algunos desvalidos, en circunstancias muy especiales y que en nada se pueden asemejar ni poder ser tomados como modelos para el resto de los mortales en su misma edad o condición. Son seres que viven en circunstancias extremas por el ambiente tanto físico como social en que se encuentran y, como los de la novela picaresca, han de salir adelante con su propio ingenio en un medio hostil.
La sencillez de la historia podemos sintetizarla en tres o cuatro momentos significativos: la escapada de un chico de su entorno –un pueblo casi deshabitado- sin que el lector conozca inicialmente las razones de su huida; el encuentro casual con un cabrero de escaso rebaño –nueve cabras y un macho- y de escasas fuerzas por su avanzada edad y cuerpo engarrotado; juntos emprenden una marcha que es también una huida por una llanura sinuosa e inhóspita hacia el norte donde puede estar la esperanza en forma de prados y lluvia y el paraíso en forma de una vida libre de las asechanzas persecutorias de un alguacil cruel, violento, que opera fuera de su jurisdicción, sin apoyatura alguna legal ni, por desgracia, moral. Además, un par de momentos de clímax creciente, para la integridad física del niño y del cabrero formarían el contenido básico de la anécdota narrada.
Aunque la novela está construida con una técnica realista ya hemos aludido a que la acción está sacada del mundo real, nos parece que es pura fantasía anclada en un entorno físico muy especial que tiene más relación con el mundo que podemos visualizar en nuestra mente como fruto de las construcciones cinematográficas de ciertas películas de los duros desiertos mexicanos que con la geografía española. El hambre, la sed, el desamparo y el miedo serían acompañantes de unos protagonistas, el chico y el pastor, que viven a la intemperie, sin un techo protector.
La indeterminación temporal se asienta en un pretérito indefinido como tiempo verbal básico de la narración; un relato que arranca con el chico escondido en un hoyo en medio de una llanura yerma por una sequía prolongada y que avanza con los apuntes minuciosos de pequeñas acciones que sirven para situarnos en un entorno creado con una gran minuciosidad descriptiva; esa atención que presta a lo minúsculo, aparentemente insignificante, es un rasgo peculiar; esto hace que el drama avance con un lento transcurrir del tiempo lineal con lo que se intensifica el áspero proceso de supervivencia. El lector conoce casi exclusivamente el presente con ligeras alusiones a través del recuerdo del niño de lo que ha dejado atrás: un pueblo, antes próspero, hoy abandonado. No conoceremos su pasado próspero que ha devenido en miseria, como si, por los pecados de sus gentes, -los sermones del cura afloran no obstante como línea directriz en la conciencia del muchacho- hubiese sido víctima de una maldición bíblica y los dos protagonistas, el niño y el cabrero, acaso pudieran ser los únicos que se avanzan hacia una posible salvación después de un éxodo por un erial en el que se alude, a veces, a restos de rastrojeras que indican que hubo un tiempo en que la llanura fue un vasto campo productivo, “un mar de cereales”. Las alusiones al tren cuya vía cruza el valle y la moto del alguacil son casi los únicos elementos para datar la historia en una ambigüedad lejana temporal en la que el autor ha querido fijar los hechos de su relato
El éxodo es un camino de iniciación, de aprendizaje para el muchacho que huye al lado de un anciano que le protege con una solidaridad que consiste en compartir la pobreza, la escasez de bienes, en un ejemplo de solidaridad de los pobres. Un duro caminar, especialmente de noche, para evitar ser vistos, con la única ayuda de un burro para el trasporte de algunos bienes, un perro para recoger el corto rebaño, disminuido tras el primer encuentro con el alguacil y sus hombres; un éxodo sin medios: caminar a pie, casi descalzos, con zapatos sin suelas el chico, por caminos pedregosos de lajas hirientes –de escaso alimento para el disminuido rebaño- y por únicos refugios ruinas de construcciones hundidas, restos de un castillo y, lo más inmundo y hediondo, una hondonada convertida en muladar. Un mundo en el que la maldad de los adultos es un animal desbocabado y el viejo es el faro que le guía con sus consejos “guárdate de la gente de ese pueblo” y le enseña pautas prácticas de supervivencia.
Un caminar con el miedo como acompañante continuo por lo grabado que está en la conciencia del niño el abuso de autoridad, la crueldad gratuita del alguacil y sus esbirros, el deseo de venganza por la pieza perdida con el incendio del matorral que crece entre las ruinas del castillo por si el niño está escondido entre los arbustos, a lo que añade en ese pasaje la matanza de cabras y la paliza al cabrero. Y, como algo escondido para el lector, pero siempre viva en la conciencia del chico, la causa de la huida; un motivo que el autor desliza en varias alusiones breves que arranca con la turbación del chico en el momento en que, al orinar el viejo, le ve el glande mal escondido en el pantalón y acaba con la revelación del ambiente sórdido en que el padre borracho le lleva a casa del alguacil y le deja a la merced de sus deseos, para que lo tenga como un trofeo de caza más, al igual que los que adornan –cabezas de muflones, venados, toros- su estancia.
Como recursos literarios utilizados por el narrador omnisciente la frase corta, sembrada de recursos estéticos entre los que sobresale la presencia de un léxico poco conocido por su relación con actividades del mundo rural, como albardinar, cañahejas, balasto, serijo, coscoja, sirga, apersogado, caliche… en el que rechina., pecado minúsculo, la confusión repetida en que cae en varias ocasiones al identificar como una única realidad lo que son dos utensilios de esparto diferente para trasladar objetos sobre un animal, el serón y las aguaderas. Ese paisaje inhóspito aparece transfigurado al sembrarlo el narrador de metáforas que con frecuencia presenta en construcciones nominales entre puntos, aislándolas así del elemento al que se refiere que ya ha adelantado en la frase anterior. Personificaciones de elementos de la naturaleza, animalización degradadora del ser humano, perífrasis suavizadoras de la situación y sobre todo, la elusión de la dureza de las relaciones entre el abusador y la víctima son otros recursos destacables. Para dar intensidad al relato recurre a veces a la prolepsis con breves avances en los que anticipa, como un triste augurio lo que ha de venir, “ninguno de los dos presintió la brutalidad de lo que habría de venir después”.
Como el narrador le ofrece al lector el relato enfocado desde detrás del niño, para evitar herir la sensibilidad de éste le ofrece la acción al lector con el silencio elusivo de lo que ha ejecutado el viejo. “El viejo no le habló de que, cuando se encontró con el ayudante, éste estaba despierto. Que deambulaba (…) Que cantaba y rezaba (…) No le dijo lo que, en su delirio, el ayudante le había confesado: la moto, la sala de los trofeos de caza, el padre, la manta, el silo, los tributos, el dóberman, el niño. Los niños. (…) Tampoco le explicó (…) Ni una palabra sobre el remolino de saña posterior, ni sobre la expiación en el ara del sacrificio.” (p. 206)
Y, en ese mundo desolador, un vestigio de esperanza a través del pasaje simbólico final; el momento en que el chico descansa, recostado al amparo de las ruinas de una casa de peones camineros, y le sorprende el golpear de la lluvia sobre una chapa que hay en el suelo; mientras llueve el chico, ya sin nadie en quien apoyarse, sin la compañía ni el magisterio ni el amparo del viejo, ve caer la lluvia “mirando cómo Dios aflojaba por un rato las tuercas de su tormento”.
Como puede verse, estamos ante una novela que pone delante de lector unos personajes y situaciones que no son usuales en la narrativa española y nos hace ser optimista ante futuras obras de este escritor.



 
 
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21/04/2014




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