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Fulgencio Castañar Ramos
Independiente (Biblioteca José Hierro)
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DE MIS LECTURAS. NOTAS DE AYER Y DE HOY

¿MUERTE DE LA NOVELA EN EL SIGLO XXI?

Los números tienen poder mágico y actúan sobre las personas con efectos desconocidos. Nos hemos acostumbrado a poner al tiempo números y, al principio de este siglo, con eso de que se iba a cambiar la serie numérica en la que estábamos incardinados, se levantaron pronósticos -¿lo recuerdan ustedes?- sobre cuestiones baladíes y sobre las más profundas; se revisó todo lo que se había hecho en el periodo al que se ha llamado siglo XX y lo que se puede conseguir en el presente siglo XXI. La novela no ha quedado al margen de los augurios; así, mientras unos entonaron los gorigoris de sus funerales, otros se apresuraron a notificar que las próximas ficciones, porque los tiempos que se avecinan han de ser más serios, pragmáticos y no se podrá perder el tiempo en imaginarios calenturientos, tendrán fuertes componentes ensayísticos. Lo más gracioso, para quienes nos movemos en la quietud de la vida de los pueblos y, por tanto, aún no hemos notado el acelerón de la historia ni mucho menos su fin, es que muchos parecían vestirse con los atuendos solemnes de Rappel en los cursos de las universidades de verano y lo decían con tal seriedad que, ya sean jovencitos o entrados en años, si no supiésemos que el papel exige esa pose, diríamos que se creen, como todos los que cada final de año lanzan augurios para el siguiente, sus propias predicciones. Como se las creía el señor Ortega y Gasset cuando en los años veinte del siglo pasado pronosticaba el fin de la novela, o como, cuando en los finales de los setenta, se despotricaba contra el realismo y la narratividad con tal fuerza que quienes lanzaban esas prédicas parecían enterradores que deseaban acabar con lo que se había hecho antes y ponerle la cruz sobre la tumba.
Quienes vivimos en un pueblo vemos a veces a dos o tres personas que construyen, de consuno, una ficción a partir de determinados datos de la cercana y común realidad y lo hacen de forma muy diversa a otro grupo que se halla no muy lejos de ellos y con el mismo motivo de conversación; por ejemplo, he oído múltiples versiones a partir de la versatilidad de la fortuna, cambios rápidos entre lo bueno y lo malo, el placer y el dolor, el vitalismo y la presencia de la muerte... Sí, imagínense que, a partir de la intervención del azar en un movimiento de una pierna humana se pone a girar la rueda de la fortuna e, inmediatamente, quienes antes estaban en un coche situado en un plano inclinado próximo a un pantano haciendo gimnasia erótica en unos segundos están luchando por sobrevivir, porque el vehículo ha caído en un lago. Personajes, acción, tiempo, punto de vista, temas y otros componentes de la técnica narrativa son utilizados de forma muy diversa por los fabuladores de cada grupo. Cada uno aportaba datos diferentes para confluir en un final de muy diversa significación. En definitiva, que, aunque a los popes sagrados de la cultura les parezca que el fin de la novela es algo que se ve venir, para quienes vivimos al margen de la existencia -hoy sólo existe lo que aparece en la televisión- el contar historias es algo connatural al ser humano y siempre le apasionará saber qué es lo que ha pasado, no sólo a sus vecinos, sino que cualquier otra historia podrá engancharles si el narrador sabe despertar el interés por medio de la acción y de sus personajes. La indagación sobre el presente o sobre el pasado -ahí está esa impresionante novela de Vargas Llosa La fiesta del chivo- y también las ficciones sobre la sociedad del futuro, como las que encontramos en Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, siempre serán cuestiones abiertas a la curiosidad del ser humano y en ellas, mañana igual que ayer y hoy, se podrán situar miles de anécdotas sugestivas. Mientras la utopía sobre la tierra no se haga realidad siempre habrá dramas humanos que merecerán y deberán ser contado a los demás; en unos casos serán acciones trascendentes protagonizadas por personajes hercúleos, dignos de admirar; en otros la acción puede ser ejecutada por personajes insignificantes como somos la mayoría de los mortales. Esto no quiere decir que todas las novelas tengan que tener la dura existencia humana como eje de la acción novelesca; pueden muy bien los novelistas que, en vez de fijarse en la épica que subyace bajo la piel de cada emigrante que pasa el Estrecho en patera, fije su objetivo sobre la buena vida de la gente guapa, o le hinque el diente a los límites entre la novela y la realidad, entre lo divino y lo humano o satirice lo que quiera poner en solfa...; sean todas bienvenidas si saben enganchar con la acción y, tras jugar con los distintos elementos que componen una novela, construir una obra de arte.
Como no estoy yo tan seguro de que mi idea sobre la pervivencia de la novela sea cierta y no puedo hablar con la rotundidad que he visto en algunos gurús del mundo de la ficción narrativa, les aconsejo que lean novelas, ahora que las hay; no sea que se acaben y sea difícil hacerse con ellas. Lean novelas –acaso después puedan dar el salto a los libros de poesía, teatro, ensayo-; es indiferente el modo, el lugar, la hora, incluso, hoy que se hablan de sistemas electrónicos, escojan el que esté a su alcance o se acomode mejor a su edad, a su estado físico; y una sugerencia, si son ustedes habitantes de una gran urbe, aprovechen el tiempo que van en el metro para acortar la distancia con la lectura; les aseguro que podrán escapar de esa boca negra, acaso por El Túnel, de Sábato, y, si se encuentran a gusto en la oscuridad, podrán adentrarse en El corazón de las tinieblas, de Conrard; si se estropea la refrigeración, vayan preparados con La mar nunca está sola, de Robert Saladrigas… Escojan lo que escojan, algo podrán sacar de provecho para la vida o para su enriquecimiento personal, porque, desde antiguo se viene recordando, como hacen el autor del Lazarillo y el mismo Cervantes, la frase de Plinio de que “no hay libro, por malo que sea, que no tenga alguna cosa buena”.
Aunque uno tiene sus dudas, acaso pueda afirmarse que la novela no morirá, mientras el hombre tenga curiosidad –ojalá sea sana curiosidad- por las vidas ajenas.


 
 
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30/01/2017




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