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Fulgencio Castañar Ramos
Independiente (Biblioteca José Hierro)
Fulgencio tiene 1799 yo+
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EL TERRITORIO DEL MASTÍN, territorio del lector

Nos hallamos ante un relato unitario en el que su autor, Tomás Salvador González, con una extraordinaria habilidad y un paciencia propia de un orfebre, ha conseguido ensartar en una única historia numerosos relatos -algunos de muy corta extensión- interrelacionados de forma que, pese la disparidad de asunto y tono, cada uno de ellos aporta un elemento o matiz importante para la configuración del argumento.
La anécdota narrada es, en sí misma, como corresponde a un relato corto, muy simple, ya que se trata de la disolución de una amistad de tres jóvenes castellanos, a partir de un encuentro que quiere ser una reunión para fortalecer el trato entre ellos, ajenos los tres amigos, en el momento de la convocatoria, al paso destructor del tiempo y al peso del azar en la vida humana.
El relato consiste, pues, en una sarta de secuencias para narrar, seis años después, esa llegada a la cima a partir de la cual cada uno ha escogido una senda distinta. No obstante, muchas de las secuencias, sobre todo las iniciales, están escritas para presentar, por aquello de que las historias conviene empezarlas por el principio, como aconsejaba Lázaro de Tormes, el nacimiento de la amistad entre los jóvenes universitarios y la consolidación de la misma por afinidades estéticas, literarias y políticas. La tercera y última parte es la narración de una estancia en un pueblo próximo a Salamanca, Sanmorales, junto a otros amigos, y los incidentes que surgen especialmente los de la última noche; en ésta los jóvenes recalan en los bares de la zona universitaria salmantina sin que el azar les permita lograr una noche mágica, ya que los transporta, por un cruce, inesperado como todos, de los hilos del destino, a una casa de socorro.
Pese a que haya un anclaje realista de la acción y de los personajes, la obra se aleja totalmente de ese realismo de las apariencias para buscar otro más profundo; sin embargo, lo que atrae más al autor no es la historia en sí, sino el arte de contarla, como ya se habrá adivinado por lo que hemos dicho más arriba.
La relajación de los lazos de una amistad es la excusa para un trabajo literario en el que sobresalen varios aspectos: el ensamblaje constructivo, la variedad de tonos y de voces y el dominio del lenguaje. Todo ello no está utilizado para reforzar la historia -sólo adquiere aires dramáticos en los últimos momentos-, sino para inventar un juego para solaz del lector.
El novelista reparte la materia narrativa en forma de fichas construidas por medio de voces diversas y desde enfoques distintos; con ellas el lector tiene que reconstruir, mediante su engarce, los rasgos claves de los personajes y la progresión de la historia. Exige, por tanto, el novelista al lector una mente activa, creadora; ha de estar plenamente despierto para no dejarse engañar por las trampas, las pistas falsas, y no debe dejarse adormecer por los juegos fónicos, reiteraciones musicales, ni perderse en el laberinto de las enumeraciones caóticas.
Ha de coger, en cada secuencia, el hilo de Ariadna para seguir con la historia y ser capaz de percibir entre las todas voces una, la auténtica, -en la desorientación que produce la estructura laberíntica puede estar el único punto débil de la novela- porque, en ocasiones, los personajes secundarios levantan la voz como en esas piezas en que el coro se superpone al solista, y en otras, la memoria -la mala memoria- enmaraña los sucesos del pasado con la ruptura del tiempo, la enfatización de lo aparentemente secundario que, como puede imaginarse, no es tal ya que por eso permanece grabado en la memoria del sujeto que lo rescate de la región en que habita el olvido.
Estamos ante una obra escrita para lectores de novela que no tienen miedo a enfrentarse con los artificios del autor -ya sea la presencia de lo simbólico o el tono surrealista-; lectores con capacidad para olvidarse del entorno y no distraerse de la manos del novelista que, como los magos, puede sacarse de la manga, en cualquier momento, lo más inesperado. En el primer nada por aquí, nada por allá oculta la presencia destructiva del tiempo que el lector, atento a las palabras, no advierte, y luego se encuentra con el azar como elemento fundamental en la vida del ser humano capaz de generar lo lírico y lo grotesco, lo vulgar y lo absurdo; por esto no ha de sorprender que, en el momento menos esperado, se presente la tragedia, primero de una forma tangencial para propiciar el inicio del ascenso de la tensión -las chicas ahogadas en el río- y luego la muerte, en claroscuros nocturnos, parece acechar al grupo de protagonistas.
Aunque el autor se desmarca de las construcciones lineales tan frecuentes en las novelas que buscan el éxito masivo, popular, las complejidades constructivas no son el círculo marcado por un mastín con ladridos amenazadores; más bien, a nuestro parecer, el engaste de las secuencias es una propuesta para participar en la creación de una historia y de unos personajes, en la soledad enriquecedora de la imaginación propia, en ese campo sin límites y sin formas que es el territorio del lector.



 
 
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12/11/2014




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