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Fulgencio Castañar Ramos
Independiente (Biblioteca José Hierro)
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DE MIS LECTURAS. NOTAS DE AYER Y DE HOY

EL AMANTE LESBIANO, de José Luis Sampedro: UNA DEFENSA DE LOS DIFERENTES

Para quienes seguimos con interés la narrativa de José Luis Sampedro no nos han sorprendido algunos aspectos de sus últimas creaciones narrativas. En ellas está presente el peso de la edad en el enfoque de los problemas que plantea -no en el aspecto de decadencia creadora-, pues desde sus ochenta años ya superados ve la vida, como es lógico, con una perspectiva muy diferente a la nuestra y, además, esta situación le permite disponer de una libertad a la hora de enfrentarse con los temas y las técnicas literarias de que no disfrutaba antes.
Ha sido esta situación personal la que le permite ponerse el mundo por montera y tratar temas que están fuera de circulación entre los académicos -el amor homosexual en La vieja sirena- y, por otro lado, consecuente con su postura de compromiso solidario con los demás pretende aportar algo de su experiencia vital a sus lectores, consciente, sin embargo, de que el afán por lo material nos hace olvidar que lo único que nos va a llenar en los momentos finales, cuando ya todo nos sea innecesario, es el amor que hayamos sido capaces de sentir y dar a los demás.
En El amante lesbiano va más allá y desde el título osa aludir a una forma de entender la sexualidad que rompe con las normas impuestas por la moral tradicional y, además, ya sorprende al apuntar hacia una dirección que no suele contemplarse al tratar sobre la sexualidad: frente a la tajante división de los sexos en masculinos y femeninos que nace de la presencia de determinados cromosomas y de un tipo de genitales, él sostiene que hay unas subdivisiones que aporta el cerebro que no siempre coinciden con el sexo masculino o femenino como aparentemente se pudiera afirmar a partir de los órganos sexuales y la tesis que defiende en la novela con el caso de Mario, el protagonista, es que “hay machos que se sienten hembras y hembras que se sienten machos” (p. 142) y, entre las múltiples variantes finales, por utilizar su lenguaje, Sampedro desarrollará dos tipos Dominante y Sumiso, pero en una dirección distinta a la tradicional, según señala, “el modelo oficial sólo tolera la castidad o la dominación del varón y la sumisión de la hembra en la pareja heterosexual. Los demás experimentos de la Vida se ven forzados a adaptarse, fingir, frustrarse o sufrir las etiquetas de “pecadores” o ”pervertidos”.” En el texto para clarificar más la idea apostilla a continuación, “Como escribió Lorrain, “llaman vicio al placer que la sociedad no tolera”. (p. 143).
El autor construye la novela en dos bloques muy desiguales entre sí; en el primero, que podríamos calificar como de virtual, nos ofrece el largo proceso que sostiene el protagonista hasta reencontrarse consigo mismo, lo que no es otra cosa que el descubrimiento y realización plena de su propia sexualidad que se mueve en el plano de las diferencias que apunta el título; el segundo supone una traslación de los acontecimientos narrativos al plano de la realidad y, también, de broche verosímil a la historia.
La perspectiva escogida para ofrecer al lector la materia narrada es la propia de un punto de vista interno, por lo que las emociones, sentimientos y recuerdos, que serán la parte fundamental junto con las explicaciones racionales a la situación peculiar de la sexualidad del protagonista, le serán entregadas al lector desde el yo de quien vive, sufre, y, al final, goza, las diferentes peripecias que componen la trama. Y el autor le hace enfocar lo narrado desde ese instante límite en el que la vida roza el último confín y aún tiene vigor para rehacerse, en el plano de la memoria, antes de diluirse en los dominios de la muerte. Se desarrolla, pues, la historia, en ese instante en que se produce la transición de la vida a la muerte y, según algunas teorías, hay tiempo para dar un repaso fugaz a lo que ha sido el proceso vital; situación que Buero Vallejo utilizó en La detonación y que también han utilizado otros novelistas.
Pese a que el autor parte de ese encadenamiento de asociaciones mentales que pueden producirse en el cerebro no recurre, como fórmula constructiva, de forma sistemática a esas asociaciones caprichosas que podían establecerse entre las neuronas. No hay un uso continuo de la técnica del fluir de conciencia que dio lugar a obras tan complejas como algunas de los años del experimentalismo -Juan Goytisolo, Germán Sánchez Espeso, por citar a algunos de los novelistas que las utilizaron- en las que el tiempo discurre en continuo zigzag y obliga al lector a insondables quebraderos de cabeza para reconstruir el hilo argumental, ni se desata en una escritura surrealista como la de Cela en Madera de boj en la que la anécdota se hace pedazos en miles de añicos y, al lector, sólo le queda la hipnosis que le produce la belleza de la palabra; ni siquiera plantea la reconstrucción del pasado a través de los juegos de la memoria que utiliza el mismo Sampedro en su obra más ambiciosa, Octubre, Octubre.
Sampedro reconstruye el proceso evolutivo de Mario, cuenta su historia -en eso consiste el arte de narrar- de una forma casi completamente lineal pues, a partir del momento en el que descubre la caja de postales o el arcón de los recuerdos, los encuentros permitirán al lector seguir el curso de los sucesos con leves retrocesos y rápidos saltos hacia el presente; es decir, la trayectoria vital, centrada exclusivamente en lo concerniente al periplo que le lleva a su cima amorosa, va a ser reconstruida con leves cortes con lo que se facilita la comprensión de los aspectos significativos de la infancia, el paraíso inocente en tierras norteafricanas, juventud, encuentro en su adolescencia con Farida -mujer casada amiga de sus padres y luego su mentora y maestra dominadora-, ruptura matrimonial, y también el reencuentro con personajes claves en su vida como su madre, su tío Juan, el conocimiento de la personalidad de su padre, que es especialista en cultura árabe, ...
En contraste con numerosas apoyaturas realistas que nos descubren algunos aspectos parciales del Madrid de los años treinta, con frecuencia sólo apunta o menciona lugares de su paraíso de inocencia en África exclusivamente con el nombre -con el vacío que pueden traer para la mayoría de los lectores la mayoría de los nombres africanos que inserta- o con descripciones impresionistas: “puñado de casuchas, calles vacías, aire polvoriento, ceniza de sueños frustrados.” (p. 38) Esto aporta cierta ambigüedad espacial, desprendimiento de lo terreno, y a ello se une también otra de carácter temporal, pues se postergan los elementos temporales en esa búsqueda de la autenticidad en que se halla el protagonista, búsqueda que se realiza, además, con una elusión total del entorno exterior al protagonista. El autor prescinde de los acontecimientos externos para adentrarnos progresivamente en la espesura de las galerías de Mario, cuya intimidad se plasma, además, fuera de lo temporal, pues pronto se le advierte al lector que se han parado los relojes y el protagonista se siente fuera del tiempo.
Una consecuencia de esa situación virtual en que suceden las vivencias de Mario es el rápido encadenamiento de las secuencias gracias a elipsis continuas y porque la transición de unas vivencias a otras se desarrolla por encadenamiento verbal de forma que la asociación caprichosa, en algunos instantes, de las neuronas le permite yuxtaponer espacios muy distantes entre sí como en el plano onírico ocurre, sin que al lector le resulte anómalo pues, una vez transcurrido el salto, el proceso continúa de forma lógica ya que la sintaxis no se resiente del salto espacial o temporal que, casi siempre, para hacerlo más natural, el autor apoya en un elemento material, como pueden ser una caja de postales y el arcón de las prendas usadas que funciona como baúl de los recuerdos.
En cuanto al redescubrimiento de la “otra historia de Mario”, “la culminación de mi ser”, que dice él mismo, es todo un proceso gradual que Sampedro se encarga de descubrir con una gran minuciosidad en cada una de las distintas fases que van desde el mismo arranque, la conciencia de su diferencia -que justificará por el peso de la herencia ya que su padre también lo es- hasta la cima del encuentro con la amada y una relación íntima con ella. El proceso se apoya en teorías arábigas - el peso de Rumí, la mística sufí, el vitalismo árabe ya estaban presentes en obras anteriores de Sampedro- y lo ejecuta en paralelismo con el proceso de ascesis que relatan los místicos españoles hasta llegar a su encuentro con Dios, con lo que no ha de extrañar que toda la imaginería que aparece en los tratados de santa Teresa sobre la vía unitiva, purgativa y contemplativa tengan alguna traslación a un proceso amoroso en el que Mario aspira a encontrarse con Farida, su diosa dominadora la cual no se entrega a él hasta que no le considera digno de ella, según las particulares ideas que ella ha descubierto en una concepción de la sexualidad, la “ipsoterapia”.
Un lenguaje erótico-místico, acumulación de metáforas y ambigüedad, en un principio, en alguna de ellas, -hazme tu pan y tu espada- serán algunos de sus rasgos expresivos. La desacralización de las imágenes religiosas será un recurso técnico muy usual, pues adviértase, lo recalcamos una vez más, que se trata de un largo camino amoroso en el sentido más absoluto del término amor y el paralelismo de un sujeto sadomasoquista con los místicos, aunque choque, Sampedro lo justifica porque las monjas y frailes de nuestros conventos asumen unos ejercicios en los que está presente un dolor y un sufrimiento que los demás lo vemos como tal, pero que ellos, por el dominio cerebral, no lo sienten así, porque es la vía necesaria para conseguir su gran objetivo que no es otro que hacerse merecedores de la unión con el Amado.
Junto a este lenguaje, en el que la exclamación es usual como fórmula para exponer la alegría más íntima, está una morosa delectación en lo sensual; así abundan las sensaciones táctiles en la descripción de los primeros contactos de la ropa femenina con el cuerpo de Mario que nos recuerda a algunas páginas de Felipe Trigo cuya figura nos parece ver aletear en varios pasajes y, sobre todo, en la concepción general del propósito del autor -salvadas las distancias-: un deseo de revelar al público los misterios del amor como fuente de la Vida, con mayúsculas en ambos escritores. No obstante, la erotización del lector que buscaron algunos seguidores de Trigo la evita Sampedro, pues cierra las situaciones con muchísimo tacto sin que por ello quiera decir que evita decir lo que juzga imprescindible para el desarrollo del proceso erótico en curso como serían las alusiones a erecciones y derrames ya sean provocados por un proceso fisiológico normal o por la caricia, ni mucho menos la minuciosidad descriptiva de los procesos en los que el sufrimiento físico se convierte en fuente de satisfacción sexual. Aunque la exultación del protagonista sea mucha, el autor sabe contenerse y evita párrafos que podrían resultar turbadores en determinadas conciencias de lectores; lo que no quiere decir que no resulten duros y desagradables a más de uno y haya quien se vea obligado a abandonar la lectura; lo harán más por las situaciones que ha de pasar el personaje que por el lenguaje procaz, pues siempre lo evita el narrador, lo harán por el rechazo visceral que les pueda producir el paralelismo del proceso de Mario con ritos sacros -bautismo, comunión...- o unas imágenes de procedencia bíblica o por comparaciones con el santoral -san Sebastián azotado y asaeteado-, puesto que no encontramos en el autor una actitud provocadora ni voluntad de zaherir sentimientos íntimos de ninguno de los lectores.
Esto no quiere decir que no haya en la tesis de Sampedro un propósito claro de crítica a la moral oficial dogmática, como señalamos al principio. En esto sí que es tajante, pues, frente a la condena social, Sampedro defiende que una situación de este tipo en una persona que no puede interpretarse como pecado de ninguna forma porque cree que es el resultado de una evolución natural, producida por el azar, por lo que si hay pecado la culpa ha de recaer sobre Dios por hacer al hombre mal (p. 46); pero no es preciso llegar a esos extremos pues se encarga de destruir la existencia de Dios al convertirlo en una idea personal propia de cada sujeto que si tiene una existencia generalizada en las distintas mitologías no prueba su existencia sino la necesidad de su invención ( (p. 46)
También hay una presencia de un lenguaje que emparenta con la lírica culta del siglo XV y de los cancioneros y la captación de sensaciones gustativas, olfativas que acaso tengan que ver con Gabriel Miró, no en vano el entorno alicantino le resulta muy grato a Sampedro.
Ese deseo de equilibrio que le lleva a andar con tiento para no caer del alambre al abismo de lo pornográfico, quizás sea lo que le obliga a rebajar la calidad del texto pues el autor recurre en demasía a un diálogo en el que el nivel léxico disminuye la capacidad expresiva del narrador y, sobre todo, para explicitar ideas cuya exhibición a través de situaciones vividas por el protagonista sembrarían de oscuridad el contenido, Sampedro inserta numerosos excursos ideológicos que tienen tanto en la novela como de cara al lector, o al menos eso nos parecen a nosotros, un claro afán didáctico.
Quizás lo más sorprendente sea que nos encontramos ante una novela de pura cepa española en la que resalta una veta, la del vitalismo arábigo, que fue excluida de nuestro acerbo cultural por la imposición de la ascesis cristiana que frente a la liberación de los instintos impuso la represión como norma de vida y espiritualidad. Por otro lado, El amante lesbiano nos parece una novela en la que se defiende la sensualidad humana y está escrita para hacer reflexionar más que para proponer goces a los sentidos, con lo que se la puede encajar en esa línea de novelas a contra corriente, las de corte intelectual, como La mar nunca está sola, de Robert Saladrigas, que tan poco frecuentes son en nuestra narrativa, más dada a la anécdota frívola que a la honda preocupación humana; son las de esta última clase las que, por ahondar en el análisis de la condición humana, adquieren un carácter universal.
En El amante lesbiano no sólo defiende al hombre en general, sino que se centra en la defensa de aquellos que son diferentes, en los que también puede haber una gran cantidad de amor, pues son capaces de sufrir y soportar vejaciones que frívolamente nos atreveríamos a llamar innobles, pero que, para Sampedro, tienen una interpretación muy diferente, pues en su sumisión encuentra una muestra de su poder sobre el Dominante. En suma, una obra más en la que José Luis Sampedro muestra su interés por llegar a lo más profundo del ser humano, a ese lugar en el que se encuentra la clave de muchas aberraciones y también, como en esta historia, la fuente de un intenso amor, que, pese a ser diferente al de la mayoría, tiene en la naturaleza humana, igual que los demás, su más honda razón de ser.


 
 
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17/11/2014




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