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Fulgencio Castañar Ramos
Independiente (Biblioteca José Hierro)
Fulgencio tiene 1799 yo+
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DE MIS LECTURAS. NOTAS DE AYER Y DE HOY
GENTE DE PASO, DE A.P. BOLÍVAR, O LA TRASCENDENCIA DE LO COTIDIANO

Lo primero que llama la atención de esta novela es la insistencia del autor en presentar, con frase corta, seca, cortante, tanto las acciones como los objetos cotidianos que presenta. No busca lo novelesco, lo atractivo, lo maravilloso, lo que pueda sorprender constantemente la atención del lector, ni se siente atraído por el impacto emotivo, sino que se fija en aquellos elementos de un entorno que pueden ser incluso vulgar, tan cercano a nosotros que no nos damos cuenta de que es eso lo que constituye lo fundamental de nuestra entidad por ser un elemento clave para ella cuanto la rodea. No andaba por territorios muy lejanos Azorín, de quien decía Ortega y Gasset que en su obra se encontraban “primores de lo vulgar”.
La obra consta de dos bloques de contenido y estética diferentes. El primero es narrativo en su totalidad y se centra en el presente, en el tiempo en que vive quien lo relata. El plano de la acción gira alrededor de un fragmento de la vida de un joven periodista que viaja en automóvil a la búsqueda de datos de lugares y personas para la confección de un reportaje sobre las bibliotecas populares durante la guerra en el campo republicano. En este trabajo el foco lo pone en la aportación de una pareja, Wenceslao Mendizábal y Aurora Ríos, en pro de la alfabetización y distribución de libros en el frente. Además de la información libresca, el reportaje se ha de basar en la realidad por lo que, viaja a la búsqueda de elementos relacionados con el espacio donde desarrolló la pareja su acción para poder ilustrar con fotos, -algunas de las cuales incorpora en blanco y negro- la labor cultural realizada. Su pretensión es culminar el proceso de acumulación de materiales con una entrevista al superviviente que vive en una residencia, al otro lado de los Pirineos, en Le Perthus. Las vivencias del periodista, como si estuviesen contadas directamente por él al final de cada jornada, constituyen lo esencial de este bloque que consiste en el viaje desde el centro de España -supongamos que habla de Madrid- hacia las proximidades de la frontera francesa, en Cataluña; se detiene algunos días en lugares del frente de Aragón para después, como punto geográfico más lejano, continuar hacia Gerona y su provincia y, en algún momento, traspasar unos kilómetros la frontera en busca de la residencia en que vive, ya sus últimos años, uno de los maestros que enseñaba a leer en el frente de batalla, el protagonista masculino de su reportaje.
El otro bloque de la novela se sitúa en el pasado y carece de la unidad estilística del anterior, pues está formado por el material que el periodista reúne para la redacción del reportaje; en él domina más que lo narrativo la información extraída de libros, anotaciones de la entrevista, formularios administrativos… Junto a este frío acopio de notas, el periodista se encuentra con un documento de carácter diferente, las anotaciones en que Aurora Ríos relata una experiencia personal, algunas décadas después de la guerra; en este caso se trata de un viaje por la selva amazónica peruana, una travesía por el río Purús. Materia que, aunque desconectada con el eje central del reportaje, sirve para completar el trazado vital de la protagonista femenina del mismo.
Los dos bloques se ofrecen al lector de una forma independiente, separados en capítulos distintos que, a partir del segundo, se entregan al lector de forma alternativa; la transición de asuntos se capta al instante con el título o alusiones temporales o a aspectos materiales que retrotraen al lector al núcleo del reportaje en elaboración; el cambio de contenido se marca con una notable diferenciación estilística que, por si fuera poco, se acompaña, a veces, con notas explicativas a pie de página, ajenas totalmente al género narrativo.
Tras lo ya dicho, el lector comprenderá que nos hallamos, en lo referente al primer bloque, ante una novela de viaje, de técnica episódica en la que la unidad se teje en torno al periodista –uno cualquiera, sin nombre para universalizar al personaje- que, en cada capítulo, refleja su experiencia, el resumen de lo que ha sido el desarrollo de lo vivido ese día. No hay lo que sería un hilo argumental, sino que lo que se relata es lo acontecido y el lugar en que se ha desarrollado la acción y las personas, con frecuencia innominadas, que han intervenido por haberse cruzado con ellas el periodista; este, en algún caso, actúa como un simple observador que, por ejemplo, graba las discusiones de los que se sientan en una mesa cercana del restaurante o anota la conversación con alguno de los interlocutores que ha encontrado en su caminar. Esta fragmentación del relato cobra sentido si lo relacionamos con el título, “gente de paso”. Personas, lugares, preocupaciones y paisajes que conoce el periodista o con las que trata en ese transitar por tierras aragonesas y catalanas. Seres anónimos en su hábitat cotidiano, sin que tengan relación los asuntos o conflictos que puedan vivir unos con los de los otros. Algo aparentemente sin trascendencia, pero que nos da una imagen de las preocupaciones cotidianas de la gente de nuestro tiempo. Son, por su simplicidad, apuntes de pequeños reportajes sobre gente sin importancia, pero con capacidad para contarnos el vivir, los problemas de cada día, captados, por la vista y el oído, de un periodista que lo es en cada momento; su viaje se convierte así en una crónica, en píldoras, del vivir de los españoles a finales del siglo XX.
Pero el título encierra, en cuanto al tema principal, un calado existencial importante, pese a que el hombre, en un caso de clara obnubilación mental, no lo quiera considerar casi nunca: el carácter efímero de la existencia humana; un tema que enlaza con la filosofía en boga tras el gran desastre de la II Guerra Mundial, el existencialismo. Se muestra aquí, pese a la situación abocada a un próximo final del protagonista, sin dramatismo, sin las tintas negras que esa corriente filosófica -literaria puso, durante un tiempo, de moda incluso en la vestimenta de aquellos años. El periodista, al que en el primer capítulo se le diagnostica un final próximo, prosigue su quehacer cotidiano sin traumatismo alguno, pese a que el cuerpo se revuelva contra él en algunas ocasiones; lo hace consciente de que el ser del hombre en el mundo es un tránsito, un viaje por el río que nos lleva, como escribió Sampedro; él es como los demás, un ser al que, como a otros personajes de la novela, el autor no le asigna nombre alguno que lo distinga de los demás, forma parte de ese colectivo al que apunta el título, “gente de paso”.
Aquí la guerra la encontramos como un eco; su carácter destructor aparece con las bombas y la muerte, pero queda, como un hálito de esperanza, la lucha utópica que desarrollan cuantos trabajan por la extensión de la lectura; un esfuerzo ilusorio pues convierte así al libro, la biblioteca, en suma, la cultura, en un medio para superar al adversario. “Los libros y la educación seguían siendo- dice años después- las armas más poderosas para combatir la intolerancia y la violencia”. Aunque esa labor no alcance los objetivos anhelados, pues la pareja de protagonistas ni sus compañeros de lucha no logran el éxito, la victoria, sino que, por otras razones, el rumbo del conflicto bélico lleva a la pareja de bibliotecarios al fracaso, con destinos divergentes al final de la guerra. Ese carácter de ser para la muerte, lo efímero del ser humano, A.P. Bolívar lo marca al principio y lo reitera, como cierre al final. Principio y fin; alfa y omega; el caminar de la cuna a la sepultura que diría Quevedo. Pero no solo las personas anónimas, sino también los objetos, lo que nos rodea; muchos detalles de acciones nimias, insignificantes en sí mismas, aquí son reseñadas como valiosas; con esto vemos que el autor las realza para mostrar la inconsistencia en que se apoya la firmeza del ser que se cree el rey de la creación y que, aunque se crea muy importante, no es más que un componente más de esa colectividad que forma la multitud que forma la humanidad entera, todos somos “gente de paso”.
Wenceslao Mendizábal y Aurora Ríos, los maestros dedicados a la alfabetización de los soldados, son dos personajes de clave, en nomenclatura de Michel Butor; son entes de ficción pese a que el autor, con la reproducción de alguna fotografía, juegue a darle una corporeidad para que resulte más creíble su entidad física, le da una imagen fotográfica al lector para que los asuma más fácilmente como personas reales, a lo que da consistencia el que estén tomadas de la prensa de su tiempo. Lo más importante de ellos, junto a su obra de difusión cultural, es que se mueven entre una galería de nombres de personas históricas, muchas de las cuales son conocidas por los libros de historia; son los escritores y profesionales del libro que nombró el Gobierno republicano para la conservación de los bienes culturales, libros –Biblioteca Nacional y salvación de las bibliotecas particulares en peligro de destrucción- y obras de arte, como las obras del Museo del Prado; una acción esta de suma importancia en la que, en el traslado de algunos cuadros a Valencia, A.P. Bolívar hace intervenir Aurora Ríos siguiendo las indicaciones de Timoteo Rubio. Algunos de los intelectuales que se mencionan, los que permanecieron, en un exilio interior, en España tras la victoria de los franquistas, tuvieron que ver lo que Dionisio Ridruejo, en Escrito en España –pero publicado en Argentina– denominó “el reinado de los mediocres”: el ascenso, en la posguerra, que otorga el poder franquista a personas de escasa entidad científica por su conformidad con el sistema al situarlas en la cúspide de las instituciones para su control. Por la novela vemos discurrir el quehacer de personalidades como las de María Brey, Antonio Rodríguez Moñino, María Moliner, Tomás Navarro Tomás, Josep Renau… algunos de los cuales, cuando consiguen salir de España en los años cincuenta y sesenta, ocuparán cátedras de relevancia en universidades norteamericanas. Como nota aparte hemos de señalar que no olvida el autor alguna referencia a la labor de Antonio Machado en su etapa valenciana.
La novela aparece ceñida a un realismo tan a ras de tierra que todo tiene credibilidad; sin embargo, el autor inserta quiebros que rompen la verosimilitud con la inquietud de lo misterioso, con la presencia, eso sí mínima, de lo real maravilloso y la plasmación de lo irreal en un sueño. Destaca la presencia de lo coloquial, parcela en la que muestra una extraordinaria capacidad para la captación del lenguaje oral al mostrar el novelista muchos matices del habla de los personajes de variada procedencia geográfica, incluso hispanoamericana; como a muchos de ellos solo los vamos a conocer por su habla, será la lengua el elemento caracterizador de su personalidad en la breve presencia que van a tener con el lector. Como débito anotamos la falta de anclajes espaciales verificables en la geografía real en muchos momentos; esto hace que el lector no pueda tener una base segura en que apoyarse para seguir el itinerario de ese viaje del periodista, por lo que se perderá tratando de seguirle el rastro en la geografía aragonesa y en las zonas limítrofes catalanas. Hay claves descriptivas que apuntan a determinados lugares. En este sentido, lo que nos parece menos aceptable es que rompa el paralelismo ficción-realidad al situar parte de los últimos momentos de la acción en un lugar de la costa gerundense, Sant Agusti, que no viene en los mapas oficiales de carretera y que tampoco te puede indicar cómo llegar hasta él, si se lo preguntas con corrección a Mr. Google.
Pero dejemos esta minucia aparte. Como refuerzo para dotar de verosimilitud al desarrollo de la ruta por la que avanza el periodista, A.P. Bolívar recurre al tratamiento lineal del tiempo; no obstante, hay algunos momentos en los que recurre a la retrospectiva, por ejemplo, para explicarnos el germen del núcleo sentimental de la novela, el encuentro con Sophie; este se produjo durante un viaje de trabajo que el periodista había hecho con anterioridad a una isla del océano Índico; por otra parte, el encuentro con un antiguo compañero de estudios les lleva a recordar el tiempo pasado, -lo que posiblemente utilice el autor para contraponer el material de observación, personas y paisajes, de sus viajes con material autobiográfico- y, como una historia de su infancia, nos narra el caso del vecino que le contaban, allá en su adolescencia, sus padres para que sacase algún provecho de ella, la historia de los “tumbados”.
Aunque la novela acaba de aparecer –tiene fecha editorial de diciembre de 2016- la acción –y suponemos que, quizás, la escritura de la misma- hay que retrotraerla al pasado; acaso hasta la última década del siglo XX, no solo por la alusión a Arsenio López Huertas como Delegado del Gobierno en Madrid, sino también por los materiales que maneja el periodista, básicamente cuaderno de notas, lápiz y bolígrafo, cámara de fotos y grabadora; se advierte la ausencia de materiales puestos de moda posteriormente con las nuevas tecnologías.
Por el final de siglo saltó a las discusiones de las revistas literarias la propuesta de algunos santones de nuestra cultura sobre la conveniencia de que la novela tendiese a diluirse en los confines del ensayo si no quería desaparecer; algo que nos parecía ilógico, pues el placer de la narración parece como algo inherente al hombre de ahí su persistencia desde los momentos iniciales que se remontan a los siglos oscuros de la humanidad; mientras que el ensayo aporta unos conocimientos, que, pese a que puedan ser cuestionados, caminan hacia el ámbito de lo intelectualmente asumible o rechazable y la satisfacción, por tanto, que pueda producir podríamos denominarla intelectual, la obra nos lleva, en cambio, hacia un ámbito en el que dominan más los componentes emocionales.
En esta novela encontramos yuxtaposición de elementos narrativos y expositivos, sin que se fusionen; al lector le queda muy claro que unos pertenecen al ámbito de la ficción y que los otros, pese a que aparezcan juntos, al campo de la historia cultural; nos referimos a ese numeroso grupo de escritores que, desde Valencia, trabajó en pro de la cultura democrática y de la defensa de la República y fue capaz de sacar a la calle, durante toda la guerra, un revista tan valiosa como Hora de España.
En resumen, nos hallamos ante una obra que nos muestra que el novelista tiene una amplia gama de posibilidades y las muestra a través de la ficción; por un lado encontramos, entregado por el reportero que protagoniza la novela, un proyecto propio de novela policiaca, con un fragmento de un capítulo que entrega con tipografía diferente; y por otro hace algo que le gustaba a Max Aub como era insertar fragmentos de las obras de unos personajes de ficción cuya vida daba como real con apoyatura en relatos o pinturas de sus personajes; en Gente de paso A.P. Bolívar nos da el cuaderno de la expedición por el río Purús que Aurora Ríos escribe y envía a su hija desde el Brasil para contarle una experiencia en la que pasa situaciones dramáticas.
Albricias para todos por el nuevo autor y para Alas Ediciones que se ha aventurado a darlo a conocer. Y para el autor, un deseo: que el nuevo paso lo dé en firme.



 
 
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03/02/2017




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