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Fulgencio Castañar Ramos
Independiente (Biblioteca José Hierro)
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DE MIS LECTURAS: NOTAS DE AYER Y DE HOY

El cuarzo rojo de Salamanca o los desastres de la guerra (Tusquets. 1993)

Aunque era conocido por sus críticas cinematográficas y, sobre todo, por sus dos ensayos sobre Unamuno -ya un anuncio de su interés por lo salmantino- su primera novela aparece cuando nada hacía sospechar que el ensayista encerraba un narrador. Juan Ángel Juristo es uno de los primeros en avisar sobre su irrupción en el campo de la narrativa. Lo hace en la presentación de las novedades para la feria del libro de aquel año y su artículo aparece en la revista El Urogallo, en el número correspondiente al mes de junio de 1993. Aunque el aviso es breve, y acaso de oídas, lo anoto: “a tener en cuenta la primera novela de Luciano G. Egido El cuarzo rojo de Salamanca, una evocación realista del ambiente de una ciudad de provincias.” La ambigüedad del enunciado podía hacer pensar que se trataba de tiempos vividos por el autor y lo del carácter realista revela un desconocimiento de la obra, pues, si bien es cierto que hay una realidad profunda como elemento sugeridor de la historia, no podemos clasificar la obra, como veremos después, sólo con el adjetivo “realista.”
Esta novela presenta una serie de estampas en las que están grabadas, con la desorientación, la angustia, el miedo, el dolor y la muerte, los desastres de la guerra. Aunque se centre en la llamada en los manuales de historia como “Guerra de la Independencia”, muy bien podía ser, en el fondo, cualquier otra, pues el autor sobrenada sobre las causas políticas y sociales a no ser la del un genérico patriotismo que, como resaltará con la comparación de varios episodios entre sí, tiene un carácter contradictorio. Se trata de la historia de España y, más concretamente, estos episodios serían el motín de Aranjuez contra Godoy y el alzamiento contra José Bonaparte el dos de mayo en Madrid. Esta ausencia en el análisis del conflicto fundamental que genera la acción novelesca no tiene mucha importancia porque, a nuestro parecer, lo que el autor pretende es mostrar la devastación material que la guerra produce en una ciudad llena de monumentos extraordinarios y, además, el incontable número de vidas humanas que siega sin sentido; la guerra siempre supone, según el personaje narrador, la entronización del caos, el imperio de la nada.
El autor, con un enfoque generalizador, sitúa el ojo del huracán de ese conflicto en Salamanca, ciudad que, desde ese instante, se convierte, ya lo resaltaré después, en el centro de su territorio novelesco, en el lugar sobre el que volverá continuamente en un deseo inagotable por revelar los secretos de su pasado, cuyo conocimiento y estudio se ha convertido, desde tiempo atrás, sin duda, en la pasión intelectual de la vida de Egido. Los acontecimientos que va a narrar el novelista se los ofrece al lector a través de un narrador cronista que, si bien muestra su interés por confirmar las fuentes de su información, en ocasiones inserta detalles que son propios de un narrador omnisciente. Se trata de unas memorias en las que la vida, los recuerdos y datos proporcionados al protagonista por informantes ajenos se entrecruzan con los suyos propios para mostrarnos una colección de vivencias que muy bien podemos definir con la expresión de grabados similares a los de Goya en su serie los desastres, sobre la España de aquel tiempo.
Lo narrado lo podemos subdividir en dos ámbitos, el privado -el entorno personal y familiar del memoralista, un joven universitario- y el público, social y político que lo conforman los avatares derivados de la presencia de las tropas extranjeras en la ciudad y de las reacciones de la población ante ellas. Se centra el autor en los diferentes asentamientos del ejército francés en la ciudad en plan de dominador al que, por tanto, hay que expulsar y, para ello, fue preciso recurrir a la ayuda de las tropas inglesas. Para que la obra tenga mayor fuerza, en el primer ámbito, el personal, Luciano G. Egido arma el conflicto en el choque ideológico entre el joven narrador, patriota enardecido, y su padre, un médico convencido de la bondad de las ideas ilustradas para conseguir la felicidad y el progreso social; es decir, un choque entre miembros de dos generaciones. Por un lado, el padre, que encarna a un pequeño grupo social de carácter culto, confía en el racionalismo propio del “siglo de las luces” y, en cambio, el hijo, con quien está el pueblo llano, detesta todo lo que huela a francés. El autor consigue dar mayor intensidad a la trama con un segundo conflicto a nivel personal: el amor que siente el narrador por su hermana, la cual, por simpatía con su padre, siente tal atracción por lo galo que acabará desafiando a toda la ciudad al enamorarse de un brigadier invasor y acudir engalanada a las fiestas que organizan las altas jerarquías militares.
Como la realidad histórica es el fondo sobre el que trabaja Egido -y un minucioso estudio de las transformaciones urbanas de la ciudad es lo que sirve para crear el espacio novelesco- la obra arranca con el primer momento en que se turba la vida de la ciudad: el paso, a principios de siglo, de las tropas francesas para ocupar Portugal. Ese paso consentido y esa entrada jubilosa se convertirán, pocos años después, en odio y combate, cuando se convierte en intento de dominación; es entonces cuando se desata la lucha por conseguir su expulsión, un objetivo que se consigue fugazmente y la estancia posterior de los franceses, tras una reconquista a los ingleses, trae consigo una tremenda ola de represiones que acabará con todo aquel que se había manifestado como activo antifrancés. Lo lamentable es que esa violencia se había desatado antes, al conseguir expulsarlos por primera vez, contra los salmantinos afrancesados. La destrucción de una buena parte de grandes obras arquitectónicas para construir un fortín en que defenderse desata la ira de la ciudadanía que, en ausencia de todo control, se venga sanguinariamente en aquellos que habían apoyado o sentían inclinación por las ideas procedentes de una Francia que nada tenía que ver con el imperialismo napoleónico. En este sentido la obra es una magnífica reconstrucción de esos años semiapocalípticos que vivió la ciudad de Salamanca, en tanto urbe repleta de prodigios arquitectónicos, como, sobre todo, en tanto colectividad humana que vivió seis años de violencia y caos. La base histórica, fría y seca, que le proporcionan los historiadores y cronistas locales queda superada al ensamblar los datos con la recreación de la vida de los ciudadanos entre los que destaca ese joven universitario que se mueve entre el odio y cierta desorientación existencial al ver el entorno que lo rodea.
Junto a algunos personajes reales, históricos, de los que tuvieron la malaventura de vivir esas circunstancias de angustia, lucha y dolor, a los que vemos fugazmente en actos puntuales, el autor crea todo un tejido humano para dar vida a la ciudadanía. La mayor parte serán personajes secundarios, planos, con los que el autor juega hábilmente en una tarea que podemos considerar como de siembra y recolección. Los presenta juntos y luego, de cuando en cuando, nos cuenta su forma de vivir, de actuar, de pensar, también de una forma casi conjunta. En lenguaje cinematográfico, diríamos que el autor utiliza el contraste entre planos generales en los que muestra los grandes movimientos de las masas con primeros planos de unos cuantos personajes secundarios que simbolizarían el sentido general de buena parte de las masas sin ser, en ningún momento, personajes típicos. Algunos de estos personajes están trazados con visos de verosimilitud, de realismo, pero los más, porque al autor no le interesa reproducir fielmente una verdad histórica sino la artística, están trazados con rasgos hiperbólicos sumamente definidores. Entre ellos está Merceditas, con su manía de pintar exclusivamente, a lo largo de toda su vida, la fachada de la catedral nueva; con el papel en la mano aparece don Porfirio, un clérigo que quiere convertirse en cronista fiel de cuanto ocurre en la ciudad y busca, directamente o por informantes, el dato exacto tanto de los efectivos de los ejércitos invasores como de los caídos en la contienda por parte de cada bando; en uno de los conventos está sor María de los Ángeles, de una belleza tal que llena el convento de olor a hembra hasta el extremo -fíjense en lo hiperbólico- de que hace enloquecer a los capellanes en primavera e incluso, cito textualmente, ”los caballos se emporraban cuando cruzaban a lo largo de los muros del monasterio”. (p. 24)
Como contraste al celo exclusivo que el narrador tiene por todo lo salmantino, porque cree que la ciudad le pertenece por haber nacido en ella y admirar su belleza, está su tía Adela, que, envuelta continuamente en un estado casi alucinatorio por sus grandes borracheras, desea la destrucción de la ciudad y, recluida continuamente, ajena a las preocupaciones, generales, recibe al atardecer, en tertulia, a los muertos. Un personaje extraordinario que ya muestra bien a las claras la ruptura con el realismo que Egido desarrollará con más rotundidad en obras posteriores y que sirve para resaltar otro de los conceptos fundamentales del novelista: el presente es una creación del pasado con cuyos artífices hay que estar en continua unión; ahí está la familiaridad de tía Adela con los difuntos, sean del bando que sean. Esa unión con los salmantinos del pasado -se aluden a alguno de ellos a partir de lápidas que se encuentran en el claustro de la catedral- es una obsesión del autor. A quienes nos encanta Salamanca y paseamos, de cuando en cuando, por sus calles y plazas nos puede ocurrir que, al captarla solamente con la mirada, pensemos que esa belleza prodigiosa es el fruto de la naturaleza y que, por tanto, surgió por arte de magia en el pasado y ahí permanece para nuestro placer, olvidando que es el fruto de sueños, de dolores y esperanzas que acompañaron a los escultores de las piedras y a quienes sostuvieron con su empeño casi titánico cuantos esfuerzos eran necesarios -muertes incluidas- para que pudieran erguirse hacia el cielo tantas maravillas.
En esa galería de sus numerosos personajes secundarios que muestran las diferentes formas de actuar, vivir y gozar de los ciudadanos, ve Lázaro Carreter en la crítica que publicó al aparecer la novela, un rasgo diferenciador respecto a los novelistas de esa década, pues hay tal cantidad que indica que Egido tiene “un poder generador absolutamente inusitado en estos tiempos”. (ABC Cultural del 9-4-93, p. 9) Entre todos los secundarios aparecen dos que son, a nuestro parecer, una muestra evidente de la casi devoción que Luciano G. Egido siente por Unamuno, no en vano le ha dedicado dos ensayos. Son dos personajes que extrae de esa novelita genial de don Miguel, San Manuel Bueno, mártir. Uno es Blasillo el tonto, que aquí pasa repitiendo una y otra vez, como un leimotive esperanzador, “Dios aprieta, pero no ahoga” y el otro es un cura, don Manuel, al que destaca entre el conjunto de los clérigos por ser el único que cree en Dios y le extrapola también ese alzar de la hostia tras la consagración que tanto entusiasmaba a Angela Carballino. Aquí ese alzar aparece dotado también de una fuerza mágica, como las palabras finales de Divinas palabras, de Valle Inclán, ya que el autor le asigna la fuerza suficiente para impedir la lapidación del padre del protagonista que las masas turbulentas estaban dispuestas a llevar a cabo por ser un afrancesado. Pero no sólo está presente Unamuno, del que además se apropia de su visión de la intrahistoria para recrear la vida de aquellos años con el trasfondo de una base histórica sumamente documentada; también hay préstamos literarios de Fray Luis -cuyo encarcelamiento recordará en La piel del tiempo-, y, además, numerosas puyas a la literatura cursi de Meléndez Valdés y sus seguidores.
Pero si de puyas se trata las más aceradas y acerbas son las que dirige, una constante en la obra del autor, al sector clerical masculino; como cualquiera puede imaginar están en la línea del anticlericalismo español -sexo y dinero- y en parte coincidentes con las que se pueden encontrar en algunos pasajes de otra primera novela sobre ese mismo periodo que es obra de un autor maduro y que también apareció aquel mismo año; me refiero a Eminencia o la memoria fingida, magnífica creación de Javier Alfaya. Otro sector sobre el que desgrana sus dardos críticos es el mundo universitario, en el que se han de distinguir los que van contra el profesorado de los que afectan al mundo estudiantil. Y si la locura erasmiana permite atacar a todos los sectores sociales, aquí habría ecos del genial humanista en los discursos de tía Adela, la cual en “su lucidez etílica” no deja títere alguno con cabeza. No podemos cerrar este párrafo sin anotar, en un escritor que siente predilección por lo narrativo, la presencia de Cervantes, desde los dos primeros párrafos con que abre la novela a esa quema de libros ilustrados que ocurre en casa del protagonista con la biblioteca de su padre. Por el tema hemos de aludir a la deuda con Galdós al presentar, a través de un testigo que estuvo en la capital o de noticias impresas, los hechos del motín de Aranjuez, -sobre el que también unos años antes había presentado su versión José Luis Sampedro en Real sitio- y el levantamiento del dos de mayo.
Como base de esta obra y de toda su narrativa, el amor por las palabras, por la expresión cuidada, no exenta a veces, de lo que a nosotros nos parece cierto rebuscamiento léxico y de alguna confusión a la hora de puntuar las subordinadas de relativo. Una riqueza verbal que puede ser bastante connatural con la expresión natural de Egido, pues en alguna de las entrevistas hemos leído su crítica a la pobreza de lenguaje de los medios y de la literatura actual. Rasgo permanente de su escritura es el párrafo amplio, con vuelo; no le interesa sólo la acción en sí, sino todo su entorno, de ahí que la gran capacidad de observación mental que tiene el novelista se manifiesta con una extraordinaria riqueza de adjetivación, -con frecuencia ternaria- así como del engarce de ideas que también se complace en adherir acciones, vivencias, observaciones con periodos ternarios e incluso superiores. Ritmo lento, propio de quien quiere apresar la esencia de cuanto relata al lector y transmitírselo con mimo, celo y cierta inquietud que se advierte en ese continuar la idea cuando parece que está terminada y no se atreve a poner el punto y aparte, porque hay otro detalle que añadir, un matiz que apuntar , una metáfora que adherir para realzarlo o una comparación para que se pueda recrear mejor en la mente de quien lea ese objeto que crea, esa acción que narra o esas sensaciones que quiere transmitir, ya sean acústicas, de color, - a veces lo resuelve con sinestesias- cinestésicas, y, con frecuencia que supera lo usual, de olores, como nos demostrará después, en El corazón inmóvil, con uno de los personajes narradores. Rasgos estilísticos estos que luego confirmará en sus obras posteriores incluida también lo que Antonio Ortega le critica al presentar a los lectores de El Urogallo, en el número correspondiente a los meses de octubre-noviembre de 1993, las primeras novelas de diferentes autores “a veces, excesiva verbosidad”. Pese a esto coincidimos con él cuando asegura “deslumbrante e intenso comienzo literario.”
Aunque la historia está contada con un carácter eminentemente lineal por estar basada en la memoria aparecen, desde el párrafo inicial, frases en las que sintetiza un acontecimiento que luego se demora en narrar con minuciosidad, porque el autor se recrea gustosamente en la construcción de cuanto rodea al personaje en cada momento. “Yo no recuerdo cuantas veces vinieron y se fueron los franceses, ni cuantas veces los ingleses vinieron y se volvieron a ir, en una intermitente sucesión de invasiones extranjeras que dejaban nuestra ciudad exhausta, doliente y humillada”. Es una anticipación de toda la historia y en el fondo oculta realmente las veces que tanto franceses como ingleses estarán como ejércitos ocupantes en Salamanca. Y si anticipa y retarda, la novela es fruto de un largo esfuerzo creador en el que la búsqueda de recursos literarios está siempre presente para evitar la expresión ramplona, directa y emparentada con el coloquialismo hasta el extremo de que apenas aparecen los diálogos a lo largo de la novela.
Como un anticipo de su obsesión continua, Salamanca y la recreación de un callejero destruido por los acontecimientos que narra son el espacio central de la novela, aunque también los personajes deambulan y cabalgan por la campiña meseteña, ya sea como mundo feliz y paraíso perdido de la infancia de algún personaje o como acompañante el narrador de los ejércitos de voluntarios, ya sean universitarios o de quienes se unen a las huestes del guerrillero Julián Sánchez para hostigar a los franceses en la medida de sus posibilidades. Belleza de la piedra de las canteras de Villamayor y belleza de la palabra para contradecir ese tópico de que una imagen vale más que mil palabras. La piedra se ha convertido aquí en palabra en el tiempo para darnos un gran fresco de seis años horrorosos en la vida de Salamanca y de los salmantinos de aquellos inicios del siglo XIX, muchos de los cuales perecieron en ese periodo de 1808 a 1814, de infausta memoria, pero que es preciso contarlo para que el lector vea que la narración, superando la aridez de la historia, puede convertirse en una fuente de placer estético y en un medio para conocer, de una forma intensa y emotiva, el drama del pasado.
Como remate final quiero anotar las palabras con que Lázaro Carreter termina la elogiosa crítica antes mencionada: “Como síntesis telegráfica, una novela subyugante. O mucho me equivoco, o va a ser recordada. Como toda gran obra primera, se ha constituido en un muro ante el autor para su segunda salida.” Acaso los elogios que recibió y el galardón del Premio Miguel Delibes le dieron fuerza para poder saltar ese alto muro que se había puesto el novelista ante sí como un reto a superar. Y lo saltó con sonoro aplauso y eso que esta novela, fue considerada como una de las mejores novelas del año en que se publicó (1993).



 
 
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01/02/2015




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