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Fulgencio Castañar Ramos
Independiente (Biblioteca José Hierro)
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DE MIS LECTURAS. NOTAS DE AYER Y DE HOY.

El mágico aprendiz, de Luis Landero: o la fuerza del amor

La tercera salida de Luis Landero a los arduos campos de la narrativa española supone, al menos eso nos parece a nosotros, un reencuentro del escritor consigo mismo. Creemos que el extraordinario y justificado éxito de Juegos de la edad tardía (1989) le abrumó a la hora de emprender su segunda novela, Caballeros de fortuna; (1994); a nuestro parecer el peso de una crítica vigilante sobre la espalda del escritor en los momentos en que empuñaba el bolígrafo le imposibilitó dar rienda suelta a los demonios que recorrían su mente con la misma soltura que en su primera novela.
Para querer estar a la altura de las circunstancias y no encasillarse con su uso narrativo escogió un punto de vista poco frecuente en nuestro panorama narrativo- la primera persona del plural- a la hora de contar una historia. Sin embargo, aquellos observadores sentados en la plaza sólo tenían en común el deseo morboso de indagar en las vidas ajenas; a ese grupo narrador de curiosos le faltaba credibilidad para abordar el enfoque de la vida moderna que el lector requiere; el análisis de la interioridad o lo que ocurre tras los muros no puede ser relatado por un grupo de curiosos inactivos, por mucho que puedan saber de lo que ocurre en el pueblo; esos narradores estaban muy lejos de la fuerza del narrador colectivo que, por ejemplo, Sender incorpora en algunos fragmentos de varios capítulos en Siete domingos rojos (1932) al narrar la épica del proletariado militante en enfrentamientos directos con la burguesía; allí formaban una colectividad activa. En cambio, Landero, con los saltos temporales y la transición del pueblo a la capital y de está de nuevo al pueblo, tarda en coger vuelo para el oportuno entrecruzamiento de vidas; sin embargo, después la obra adquiere más fuerza y, también, más valor del que, a nuestro parecer, la crítica le reconoció en su momento.
En El mágico aprendiz, (1999) aunque el narrador omnisciente hila sin prisa la madeja con la cual tejerá después las aventuras empresariales de Matías Moro y sus compañeros de oficina, no encontramos el envaramiento que produce la preocupación por la mirada crítica, -es más, en la tercera parte les lanza más de un puyazo a los críticos literarios-, pues ya en esas primeras páginas borda los minúsculos entornos de esos personajes grises que luego tendrán el valor de lanzarse a más altos empeños; en esa tranquilidad expositiva bulle la relajación del autor en el juego literario. Es el mismo sosiego, la cadencia ternaria y , de cuando en cuando, el rebuscamiento del adjetivo sorprendente que nos atrajo cuando empezamos a conocer la vida de Gregorio en Juegos...; entonces nos llamó la atención porque suponía una ruptura con muchas de las obras que se aplaudían e, incluso, se premiaban; esa narrativa que después han tenido tanto interés en publicar las editoriales para atraerse a unos lectores jóvenes a los que hay que entregar, en un lenguaje simplón y lleno de frases hechas, unas vidas juveniles en el tráfago de la locura del fin de semana.
El peso del azar y del amor en la vida del hombre son acaso los motores máximos que emplea Landero en el planteamiento y desarrollo de la vida de Matías Moro; son estos dos factores los que le hacen dar un giro importante en su existencia anodina -lo considera como “experto en ideas efímeras”- pese a que él opondrá, una y otra vez, con agónica reiteración, una actitud abúlica, propia de un ser mediocre, como freno a ese impulso que le viene del exterior y que, en definitiva, no es sino un encadenamiento de causas en el que el personaje es tanto víctima, en cuanto que rompe su lánguida monotonía, como motor para los demás.
Más importancia que el azar tiene el amor en el desarrollo de los hechos, hasta el extremo de que si la denominación no estuviese viciada y no llevase en sí una carga de desprestigio, la calificaríamos como una excelsa novela de amor. En una época en la que el amor ha sido sustituido por el sexo, calificarla de novela de amor puede parecer cursi. Sin embargo, digan lo que digan quienes han vuelto la espalda a Bécquer, “el amor es fuerza tan grande/ que fuerza toda razón,/ una fuerza de tal suerte/ que todo seso convierte/ en su fuerza y afición, una porfía forzosa/ que no se puede vencer/ cuya fuerza poderosa/ hacemos más poderosa/ queriéndonos defender./”
En la línea que marcan estos versos del cancionero medieval es en la que hay que situar el amor de Matías por Martina y la gracia de Landero reside en alejarse de las expectativas que puede tener el lector acostumbrado al realismo tradicional y, mucho más, si se habla de esas relaciones de pareja que se encuentran en el llamado realismo sucio.
La pasión amorosa que siente una persona gris, casi en los cincuenta, de vida sedentaria, hacia una joven cándida e inocente, que aún no ha cumplido los veinte, es de tal intensidad que le obliga a dar un giro a su vida, le embarca en la creación de una empresa sin abandonar su actividad de oficinista en la asesoría jurídica en que trabaja. Matías se ve arrastrado a dejar la comodidad de sus tardes placenteras por una quehacer en el que no sólo se encuentra incómodo sino que, además, el paso del tiempo es acumulación de gastos y minoración continua de sus ahorros sin que, por otra parte, tenga otra satisfacción que enseñar a Martina el manejo del ordenador para que, algún día, pueda llevar las tareas burocráticas de la empresa, ya que le ha asignado el puesto de secretaria. Con esto resaltamos que Luis Landero busca la originalidad en el tratamiento de la relación amorosa, de ahí que introduzca al personaje en un continuo desear y nunca le permite llegar al regodeo sensual, además ha de tener un largo desarrollo, que es casi imprescindible hoy día para que una novela o película pueda alcanzar éxito de masas. En épocas de lolitas la relación de esta pareja, Matías y Martina, parece irreal; pero a Landero no le preocupa la copia de la realidad, sino que esa relación pueda tener consistencia literaria. Pero el milagro del amor no afecta sólo a Matías, también su compañero Pacheco, por amor a su novia, aprende a tocar la flauta y cada semana compone un poema que le ha de recitar en el parque.
Aunque el novelista apunta como una causa secundaria el deseo de favorecer a unas personas, inmigrantes ilegales que no tienen medios para hacer frente a la vida, es un factor que no llega a desarrollar plenamente, como si temiese rozar aspectos propios de una novela de denuncia que se suele denostar equivocadamente por su carácter social sin tener en cuenta que las novelas son malas no por su contenido, sino por no saber dar a los temas escogidos una forma artística plausible. Esta presencia de aspectos externos que podían servir para situar mejor la novela en un contexto social e histórico determinado no la prolonga el autor, sólo alude a pequeños detalles, como si el peso de lo contingente pudiera debilitar el calado de fondo de la novela.
Es preciso apuntar que para Landero el relato novelesco se sustenta en el carácter de los personajes y él suele poblar sus novelas de unos personajes que no son fáciles de encasillar; busca en su creación una serie de rasgos que rompan lo que al lector le pueda resultar familiar y, aunque los presenta con alusión a pocos rasgos físicos, por sus actos los hemos de conocer. Y es su actuar lo que se ve, ya sea en síntesis biográfica, ya sea en lo que aportan a la trama novelesca. Pueblan por tanto las páginas de El mágico aprendiz una galería de tipos llamativos, seres que en algún sentido se salen de lo corriente y en cuya presentación se demora Landero sin importarle retrasar el ritmo narrativo. Acaso el inventor Méndez y Chun Fú pudieran parecer superfluos pues luego no los inserta en el sistema de producción de la empresa de embalajes en que confluyen todos los demás, pues si bien doña Josefina -su vida de anciana está basada en la nostalgia de los éxitos lejanos en el mundo de la canción- no es operaria, sí participa con una actuación musical en el acto inaugural.
El tratamiento paródico que da a la épica de finales del milenio -la lucha por la expansión empresarial a partir de unos ahorros mínimos- y su insistencia en las pequeñas cosas como medio para encontrar la felicidad nos permite asegurar que Landero no emplea algunos de sus componentes sólo como motivo literario -el quijotismo que nace del amor-, sino que es un elemento integrador de su visión de la vida y en el autor debe haber un fondo ético que le lleva a ridiculizar a quienes quieren imitar la cultura del pelotazo. Si Cervantes parte de las novelas de caballería, Landero se fija como objeto a criticar en esos libros divulgativos de incitación al éxito que, según aseguran, a veces llegan al estrellato de los más vendidos en Estados Unidos. Y puestos a aludir a ese ingrediente humorístico, los palos de Luis Landero van tanto para ecologistas desmesurados como para los políticos que buscan la foto y también para esos críticos literarios que todo lo ven desde la deformación de su actividad.
Los personajes principales de Landero en esta obra son héroes grotescos que, si bien no están abocados a la muerte como los trágicos del teatro griego, están llamados al fracaso y así la mitificación de los triunfadores americanos a los que Pacheco quiere imitar al pasar por el callejón de la calle del Gato no pueden convertirse en propietarios de multinacionales, sino que sus sueños se evaporan con el despertar; en vez de héroes del dinero, Matías y sus compañeros tienen tan mala fortuna que ni consiguen clientes y, lo que es más desolador ni siquiera consiguen una triste subvención que les diese alas, por algún tiempo, en su sueño que, en el fondo, no es sino la ruptura de la medianía con que estamos hechos la mayor parte de los seres humanos o, dicho con términos cernudianos, el contraste entre el deseo y la realidad. La empresa de embalajes nacida de un impulso quijotesco y asentada en el mundo suburbano, ha de cerrarse y, en un paralelismo con Cervantes, Landero los hace abrir otra, muy diferente, -cría de avestruces- en el campo; pero los dientes de los tiburones de los negocios, de los que ellos se han querido aprovechar en un momento, les darán las dentelladas que les pone de nuevo en su vida cotidiana, la monotonía del oficinista.
Una prosa transparente, con marcadas cadencias rítmicas en determinados momentos, algunas anticipaciones y juegos temporales y la gracia de los personajes secundarios plenos de vida, hechos a partir de una sustancia insólita -doña Josefina, Ortega y su preocupación por el exceso de palabras y las partidas de mus de Franco- hacen que El mágico aprendiz sea una obra atractiva pese a la morosidad narrativa con que trata el autor muchos pasajes -en algún caso como el tercer relato de la creación de la empresa nos parece inoperante pues ya el lector conoce todos los detalles-. La amplitud del desarrollo es un aprueba más de que Landero se despreocupa de las tendencias de esa narrativa de diseño que quieren algunas editoriales y se recrea en el juego con las palabras para que luego los lectores podamos disfrutar de su ingenio narrativo.


 
 
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10/04/2015




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