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Fulgencio Castañar Ramos
Independiente (Biblioteca José Hierro)
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DE MIS LECTURAS. NOTAS DE AYER Y DE HOY
HEREJES, DE PADURA O LA DEFENSA DE LA LIBERTAD DE CONCIENCIA

Herejes, la última novela Padura, se puede inscribir en lo que se califica como “novela negra”, o “novela de investigación criminal” y en ella el autor recupera los aspectos básicos que conforman su serie de obras construidas en torno al personaje Mario Conde. Quiere esto decir que el lector que ya ha leído alguna de ellas se va a encontrar con unos elementos constructivos que le resultarán familiares: la acción situada en Cuba, básicamente en La Habana, un tiempo próximo pasado, un narrador omnisciente, una trama en la que hay que desentrañar un misterio, un personaje, Mario Conde, que fue teniente en la policía y que mantiene habilidades para descubrir asuntos encubiertos, y que, por otro lado, en muchos aspectos, puede representar el desencanto, la frustración y la pobreza en que viven tantos cubanos después de haber creído en las promesas de unos dirigentes que les ofrecían como real lo que luego no ha sido más que un sueño decepcionante. Consciente Padura de que somos tiempo, a su personaje le hace envejecer con unos rasgos básicos permanentes y otros aspectos que se van modificando con el paso de los años, aunque tenga la suerte de contar con un grupo fiel de amigos, con los que, de cuando en cuando, como sucede en otras novelas, come bien y vacía botellas de ron; son ellos los que le dan fuerzas para seguir viviendo aunque lo haga lleno de un pesimismo agrio, del que se libera a veces con la ironía, que le produce el conocimiento de la corrupción de quienes están en determinados niveles del poder, los negocios sucios, las drogas, los asesinatos y otras tropelías que el investigador se encuentra a medida que avanza en los casos en los que se ve envuelto, unas veces por peticiones de amigos, otras por sugerencia de antiguos jefes que permanecen en activo, un quehacer este al que se dedica sin dejar del todo a un lado ese oficio, la compra y venta de libros viejos, que apenas le da para malvivir.
Como, además de tiempo, somos memoria, el lector se encuentra también con algunas alusiones a episodios o circunstancias del pasado que se han reflejado en otras novelas de la serie que, en este caso, por si es la primera vez en que el lector se topa con el personaje que protagoniza la serie, la editorial se lo indica con un asterisco y una nota en la que se menciona el título en que aparece el asunto aludido.
Herejes es una novela en la que no hay una acción que dé unidad a la obra; son varias y se desarrollan en lugares y tiempos muy diferentes; para marcar más la entidad de cada ellas, el autor divide la obra en cuatro bloques, a los que, a cada uno de los tres primeros, denomina “libro”, (de Daniel, de Elías, de Judith) y a la última parte simplemente “Génesis”). Cada libro se subdivide en capítulos numerados, con la peculiaridad de que, en algunos, nos indica el lugar y el tiempo en que sucede la acción. El lugar principal en que ocurre la mayoría de los hechos novelados es La Habana y suceden en periodos temporales variados (1939, 1953-1957, 1958-2007, 2008, 2009; Miami, 1958- 1989). El otro lugar clave es la ciudad holandesa de Ámsterdam a la que traslada al lector, pero en años lejanos, 1645, 1647; a esto habría que añadir las andanzas de un personaje que, en 1647, inicia un viaje desde Polonia hacia Palestina, aunque este periplo –dolor, sangre y muerte- se menciona de una forma muy sumaria.
Una novedad de esta novela es que Padura inserta dos casos que Mario Conde ha de resolver; el primero aparece en el “libro de Daniel” y el asunto central está relacionado con las vicisitudes de un cuadro de Rembrandt que pertenecía a los Kaminsky, una familia judía, desde el siglo XVII y que lo entrega a un funcionario para conseguir asilo en Cuba en 1939 sin que logre su propósito. El segundo se narra en el “libro de Judith” y el asunto gira en torno a la desaparición de una joven que pertenece a la tribu urbana de los emo. Los asuntos de estas dos investigaciones son contemporáneos, aunque el novelista recurre, para una mejor comprensión de la trama, a hechos que se remontan a un pasado que se aleja hasta 1939, fecha en que el barco con judíos que huyen de los nazis, en el que viajan los padres y la hermana de Daniel, ha navegado desde Europa a Cuba con la pretensión de encontrar refugio en la isla sin que sean autorizados a desembarcar ni en Cuba ni en otros lugares de Norteamérica por lo que han de regresar a Europa pese al infortunio que les espera.
Pues bien, en el bloque segundo, el “libro de Elías”, Padura, como ya mencionamos, da un salto hacia el siglo XVII y traslada la acción a Ámsterdam para contarnos los problemas que tiene un joven judío, por la prohibición expresa de su religión, al querer entrar en el taller de Rembrandt para ser pintor y que, una vez lo consigue, el maestro utiliza su rostro para un cuadro religioso católico y, hace, además, como un ensayo previo, un pequeño retrato que es el cuadro que tendrá, desde entonces, la familia Kaminsky y con el que esperaban salvarse en 1939 los padres de Daniel.
A las tres partes denominadas “libros” hemos de añadir la cuarta, “Génesis”; esta supone el cierre de la acción que ocurre en el tiempo más inmediato al lector y lo hace el autor contándonos el impacto que produce en Mario Conde una carta que recibe de Ámsterdam dándole a conocer detalles del cuadro sobre el que versó su primera investigación en esta novela a lo que añade un documento en el que se recoge la persecución de los judíos en Polonia en el XVII en la que se ve envuelto el joven pintor judío que, para evitar un proceso de sus propios correligionarios por su dedicación a la pintura, había tenido que huir desde Holanda a este país.
Con esta exposición que acabamos de hacer sobre los asuntos claves de la trama novelesca estamos mostrando también lo que, a nuestro juicio, es un fallo constructivo de la obra, que no es otro que las escasas imbricaciones que hay entre las tres historias claves de la obra. No aparece en esta novela la fuerte conexión que había entre las tres historias que contaba Padura en su magistral novela El hombre que amaba a los perros. Hay, lógicamente, conexiones pero, a nuestro juicio, de escasa fuerza. Si las dos partes en que el autor centra la acción en la labor investigadora de Mario Conde tienen muchas similitudes entre ellas, el “libro de Elías” es un bloque diferente hasta en lo estilístico, pues el diálogo no tiene la relevancia, como fórmula para aportar datos, que tiene lo coloquial en los libros de Daniel y Judith.
Sin embargo, pese a lo ya señalado, nos parece una de las obras más valiosas de la serie relacionadas con Mario Conde por su contenido temático y no es por las partes en que aparece el ex policía como protagonista, sino por la otra, la que sitúa en el Ámsterdam del siglo XVII, en la que se han asentado muchos judíos provenientes, en gran parte, del exilio forzado a que se les obligó desde España y Portugal; han encontrado, tras ser expulsados, casi exclusivamente con lo puesto, de sus países de origen, una ciudad próspera, abierta, tolerante con las diferentes posturas religiosas, por lo que la consideran como la Nueva Jerusalén, el “buen lugar”, porque allí podían vivir su vida acaso como en ninguna otra ciudad del mundo. Allí un joven judío Elías Ambrosius se plantea y lo expondrá a uno de los personajes más relevantes de su religión si debe seguir los postulados que marcan sus líderes religiosos o seguir el dictado de su conciencia. Frente a las imposiciones de los líderes religiosos –especialmente de los que podríamos considerar como más rígidos en la interpretación de las normas-, el joven Elías optará por seguir el dictado que le dicta su razón y su libre albedrío, siendo consciente de que se separa voluntariamente de lo instituido en las normas de conducta marcadas por la Tora. Sabe perfectamente los riesgos que ha de asumir: ha de ser una afición secreta o ha de escoger vivir en otra ciudad y es esto último lo que elige antes de verse envuelto en un proceso en el que uno de los acusadores sería su propio hermano, partidario del cumplimiento estricto de lo marcado por la tradición rabínica y la Tora. Se convierte así en un hereje ante los dictados oficiales, aunque no puede admitir que si Dios le ha dado determinadas cualidades no puede considerarse como un pecado el desarrollarlas. Nos encontramos, pues, con una obra en la que se defiende abiertamente el derecho a ser diferente, a salirse de la norma impuesta por tradición cultural o por la fuerza, lo que conlleva el riesgo de asumir ser considerado como hereje. Lo llamativo del caso es que Padura lo ejemplifica con un caso dentro de una colectividad, la judía, y, en unas circunstancias, en las que la mayoría de la comunidad hebrea de Ámsterdam habían sufrido en sus propias carnes o en las de su padres la expulsión de Sefarad por ser diferentes y en la de sus antecesores o familiares cercanos la persecución a que les había sometido los miembros del la Inquisición española. La causa provenir de un pueblo cuyos lejanos ancestros habían sacrificado a un disidente de sus posiciones religiosas, Jesús de Nazareth. No en vano la novela arranca y termina con unas muestras históricas de ese rechazo a los judíos: el barco Saint Louis al que, en 1939, no se le deja desembarcar en Cuba, ni en Estados Unidos ni en Canadá y el posterior exterminio de los judíos que realizan los nazis; en la parte final el autor retrotrae el relato a la persecución y asesinato de judíos en Cracovia en 1647 que el novelista, para dar más fuerza a su obra copia, en parte, la relación que de los hechos aparece en un documento histórico.
Por oposición, en la novela encontramos un canto a la tolerancia como sería la descripción del ambiente de Ámsterdam y el de La Habana en la que crecerá el joven Daniel, tras el impacto por no poder rehacer su vida junto a sus padres y hermana que iban entre el pasaje del Saint Louis que tuvo que regresar a Europa. Daniel Kaminsky vive una adolescencia y juventud en una Cuba en la que ser judío no le importaba a nadie. Se integra en esa Habana tolerante con un grupo de amigos cubanos y decide seguir sus estudios en un instituto normal en vez de hacerlo en el centro de formación hebrea y luego da un paso más y llega, como un acto de su libre albedrío, a separarse de los ritos judíos e, incluso a recibir el bautismo antes de casarse por el rito católico, aunque luego, ya adulto y en Miami, vuelve, por decisión propia, a la religiosidad de sus mayores.
Frente a la sociedad permisiva encontramos la intolerante que impone, ya sea por el peso social y, sobre todo, por el poder, su forma de ver la vida y la obligación de vivirla de acuerdo con determinadas orientaciones. En este caso estaría no solo la condena a la política de los llamados “Reyes Católicos”, al nazismo, sino también al castrismo comunista que castiga sin apoyos económicos a quienes no profesan el ateísmo oficial como le ocurre, en la novela, a un miembro de la familia Kaminsky que permanece en la Habana. Pueden ser considerados también herejes los miembros de los diferentes grupos urbanos, sobre los que, en la tercera parte de la novela, recae el protagonismo al centrarse en el autor en la búsqueda que ha de hacer Mario Conde de una joven emo desaparecida. Y, por último, como herejes podríamos considerar al propio Conde y su grupo de amigos desencantados de los ideales de la revolución cubana.
Hay, obviamente otros temas menores, algunos relacionados con el arte, en los que no queremos entrar ahora para no alargar esta nota de lectura
En definitiva, estamos ante una obra muy interesante, en la que se fusiona, con apoyatura histórica, lo social y la novela negra, escrita con la habilidad expresiva propia de un maestro de la narrativa; resaltamos la descripción de ambientes y paisajes, la capacidad para reproducir el lenguaje coloquial,-con un limitado uso de modismos cubanos que no plantean demasiada dificultad para comprenderlos-, buen desarrollo de la trama y una construcción de un personaje principal que no es un dechado de perfecciones ni llega el novelista a exagerar la capacidad investigadora de Mario Conde, “el Conde”, como le llaman sus amigos, más allá de lo fácilmente admisible. Acaso le sobren a la narración algunas páginas como, por ejemplo, las que dedica a una cuestión menor: las dudas que Conde tiene en si, después de tantos años de relaciones satisfactorias sexuales y de convivencia parcial con Tamara, cuando ya han pasado de los cincuenta, debe casarse e instalarse en casa de la novia; nos parecen demasiadas páginas en torno al anillo de compromiso, para después que el sentido común de Tamara se imponga y decida que lo que está bien para qué cambiarlo.


 
 
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14/10/2015




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