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Fulgencio Castañar Ramos
Independiente (Biblioteca José Hierro)
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portrait-dummy Fulgencio Castañar Ramos     veralandia.lectyo.com
DE MIS LECTURAS. NOTAS DE AYER Y DE HOY
GENTE DE PASO, DE A.P. BOLÍVAR, O LA TRASCENDENCIA DE LO COTIDIANO

Lo primero que llama la atención de esta novela es la insistencia del autor en presentar, con frase corta, seca, cortante, tanto las acciones como los objetos cotidianos que presenta. No busca lo novelesco, lo atractivo, lo maravilloso, lo que pueda sorprender constantemente la atención del lector, ni se siente atraído por el impacto emotivo, sino que se fija en aquellos elementos de un entorno que pueden ser incluso vulgar, tan cercano a nosotros que no nos damos cuenta de que es eso lo que constituye lo fundamental de nuestra entidad por ser un elemento clave para ella cuanto la rodea. No andaba por territorios muy lejanos Azorín, de quien decía Ortega y Gasset que en su obra se encontraban “primores de lo vulgar”.
La obra consta de dos bloques de contenido y estética diferentes. El primero es narrativo en su totalidad y se centra en el presente, en el tiempo en que vive quien lo relata. El plano de la acción gira alrededor de un fragmento de la vida de un joven periodista que viaja en automóvil a la búsqueda de datos de lugares y personas para la confección de un reportaje sobre las bibliotecas populares durante la guerra en el campo republicano. En este trabajo el foco lo pone en la aportación de una pareja, Wenceslao Mendizábal y Aurora Ríos, en pro de la alfabetización y distribución de libros en el frente. Además de la información libresca, el reportaje se ha de basar en la realidad por lo que, viaja a la búsqueda de elementos relacionados con el espacio donde desarrolló la pareja su acción para poder ilustrar con fotos, -algunas de las cuales incorpora en blanco y negro- la labor cultural realizada. Su pretensión es culminar el proceso de acumulación de materiales con una entrevista al superviviente que vive en una residencia, al otro lado de los Pirineos, en Le Perthus. Las vivencias del periodista, como si estuviesen contadas directamente por él al final de cada jornada, constituyen lo esencial de este bloque que consiste en el viaje desde el centro de España -supongamos que habla de Madrid- hacia las proximidades de la frontera francesa, en Cataluña; se detiene algunos días en lugares del frente de Aragón para después, como punto geográfico más lejano, continuar hacia Gerona y su provincia y, en algún momento, traspasar unos kilómetros la frontera en busca de la residencia en que vive, ya sus últimos años, uno de los maestros que enseñaba a leer en el frente de batalla, el protagonista masculino de su reportaje.
El otro bloque de la novela se sitúa en el pasado y carece de la unidad estilística del anterior, pues está formado por el material que el periodista reúne para la redacción del reportaje; en él domina más que lo narrativo la información extraída de libros, anotaciones de la entrevista, formularios administrativos… Junto a este frío acopio de notas, el periodista se encuentra con un documento de carácter diferente, las anotaciones en que Aurora Ríos relata una experiencia personal, algunas décadas después de la guerra; en este caso se trata de un viaje por la selva amazónica peruana, una travesía por el río Purús. Materia que, aunque desconectada con el eje central del reportaje, sirve para completar el trazado vital de la protagonista femenina del mismo.
Los dos bloques se ofrecen al lector de una forma independiente, separados en capítulos distintos que, a partir del segundo, se entregan al lector de forma alternativa; la transición de asuntos se capta al instante con el título o alusiones temporales o a aspectos materiales que retrotraen al lector al núcleo del reportaje en elaboración; el cambio de contenido se marca con una notable diferenciación estilística que, por si fuera poco, se acompaña, a veces, con notas explicativas a pie de página, ajenas totalmente al género narrativo.
Tras lo ya dicho, el lector comprenderá que nos hallamos, en lo referente al primer bloque, ante una novela de viaje, de técnica episódica en la que la unidad se teje en torno al periodista –uno cualquiera, sin nombre para universalizar al personaje- que, en cada capítulo, refleja su experiencia, el resumen de lo que ha sido el desarrollo de lo vivido ese día. No hay lo que sería un hilo argumental, sino que lo que se relata es lo acontecido y el lugar en que se ha desarrollado la acción y las personas, con frecuencia innominadas, que han intervenido por haberse cruzado con ellas el periodista; este, en algún caso, actúa como un simple observador que, por ejemplo, graba las discusiones de los que se sientan en una mesa cercana del restaurante o anota la conversación con alguno de los interlocutores que ha encontrado en su caminar. Esta fragmentación del relato cobra sentido si lo relacionamos con el título, “gente de paso”. Personas, lugares, preocupaciones y paisajes que conoce el periodista o con las que trata en ese transitar por tierras aragonesas y catalanas. Seres anónimos en su hábitat cotidiano, sin que tengan relación los asuntos o conflictos que puedan vivir unos con los de los otros. Algo aparentemente sin trascendencia, pero que nos da una imagen de las preocupaciones cotidianas de la gente de nuestro tiempo. Son, por su simplicidad, apuntes de pequeños reportajes sobre gente sin importancia, pero con capacidad para contarnos el vivir, los problemas de cada día, captados, por la vista y el oído, de un periodista que lo es en cada momento; su viaje se convierte así en una crónica, en píldoras, del vivir de los españoles a finales del siglo XX.
Pero el título encierra, en cuanto al tema principal, un calado existencial importante, pese a que el hombre, en un caso de clara obnubilación mental, no lo quiera considerar casi nunca: el carácter efímero de la existencia humana; un tema que enlaza con la filosofía en boga tras el gran desastre de la II Guerra Mundial, el existencialismo. Se muestra aquí, pese a la situación abocada a un próximo final del protagonista, sin dramatismo, sin las tintas negras que esa corriente filosófica -literaria puso, durante un tiempo, de moda incluso en la vestimenta de aquellos años. El periodista, al que en el primer capítulo se le diagnostica un final próximo, prosigue su quehacer cotidiano sin traumatismo alguno, pese a que el cuerpo se revuelva contra él en algunas ocasiones; lo hace consciente de que el ser del hombre en el mundo es un tránsito, un viaje por el río que nos lleva, como escribió Sampedro; él es como los demás, un ser al que, como a otros personajes de la novela, el autor no le asigna nombre alguno que lo distinga de los demás, forma parte de ese colectivo al que apunta el título, “gente de paso”.
Aquí la guerra la encontramos como un eco; su carácter destructor aparece con las bombas y la muerte, pero queda, como un hálito de esperanza, la lucha utópica que desarrollan cuantos trabajan por la extensión de la lectura; un esfuerzo ilusorio pues convierte así al libro, la biblioteca, en suma, la cultura, en un medio para superar al adversario. “Los libros y la educación seguían siendo- dice años después- las armas más poderosas para combatir la intolerancia y la violencia”. Aunque esa labor no alcance los objetivos anhelados, pues la pareja de protagonistas ni sus compañeros de lucha no logran el éxito, la victoria, sino que, por otras razones, el rumbo del conflicto bélico lleva a la pareja de bibliotecarios al fracaso, con destinos divergentes al final de la guerra. Ese carácter de ser para la muerte, lo efímero del ser humano, A.P. Bolívar lo marca al principio y lo reitera, como cierre al final. Principio y fin; alfa y omega; el caminar de la cuna a la sepultura que diría Quevedo. Pero no solo las personas anónimas, sino también los objetos, lo que nos rodea; muchos detalles de acciones nimias, insignificantes en sí mismas, aquí son reseñadas como valiosas; con esto vemos que el autor las realza para mostrar la inconsistencia en que se apoya la firmeza del ser que se cree el rey de la creación y que, aunque se crea muy importante, no es más que un componente más de esa colectividad que forma la multitud que forma la humanidad entera, todos somos “gente de paso”.
Wenceslao Mendizábal y Aurora Ríos, los maestros dedicados a la alfabetización de los soldados, son dos personajes de clave, en nomenclatura de Michel Butor; son entes de ficción pese a que el autor, con la reproducción de alguna fotografía, juegue a darle una corporeidad para que resulte más creíble su entidad física, le da una imagen fotográfica al lector para que los asuma más fácilmente como personas reales, a lo que da consistencia el que estén tomadas de la prensa de su tiempo. Lo más importante de ellos, junto a su obra de difusión cultural, es que se mueven entre una galería de nombres de personas históricas, muchas de las cuales son conocidas por los libros de historia; son los escritores y profesionales del libro que nombró el Gobierno republicano para la conservación de los bienes culturales, libros –Biblioteca Nacional y salvación de las bibliotecas particulares en peligro de destrucción- y obras de arte, como las obras del Museo del Prado; una acción esta de suma importancia en la que, en el traslado de algunos cuadros a Valencia, A.P. Bolívar hace intervenir Aurora Ríos siguiendo las indicaciones de Timoteo Rubio. Algunos de los intelectuales que se mencionan, los que permanecieron, en un exilio interior, en España tras la victoria de los franquistas, tuvieron que ver lo que Dionisio Ridruejo, en Escrito en España –pero publicado en Argentina– denominó “el reinado de los mediocres”: el ascenso, en la posguerra, que otorga el poder franquista a personas de escasa entidad científica por su conformidad con el sistema al situarlas en la cúspide de las instituciones para su control. Por la novela vemos discurrir el quehacer de personalidades como las de María Brey, Antonio Rodríguez Moñino, María Moliner, Tomás Navarro Tomás, Josep Renau… algunos de los cuales, cuando consiguen salir de España en los años cincuenta y sesenta, ocuparán cátedras de relevancia en universidades norteamericanas. Como nota aparte hemos de señalar que no olvida el autor alguna referencia a la labor de Antonio Machado en su etapa valenciana.
La novela aparece ceñida a un realismo tan a ras de tierra que todo tiene credibilidad; sin embargo, el autor inserta quiebros que rompen la verosimilitud con la inquietud de lo misterioso, con la presencia, eso sí mínima, de lo real maravilloso y la plasmación de lo irreal en un sueño. Destaca la presencia de lo coloquial, parcela en la que muestra una extraordinaria capacidad para la captación del lenguaje oral al mostrar el novelista muchos matices del habla de los personajes de variada procedencia geográfica, incluso hispanoamericana; como a muchos de ellos solo los vamos a conocer por su habla, será la lengua el elemento caracterizador de su personalidad en la breve presencia que van a tener con el lector. Como débito anotamos la falta de anclajes espaciales verificables en la geografía real en muchos momentos; esto hace que el lector no pueda tener una base segura en que apoyarse para seguir el itinerario de ese viaje del periodista, por lo que se perderá tratando de seguirle el rastro en la geografía aragonesa y en las zonas limítrofes catalanas. Hay claves descriptivas que apuntan a determinados lugares. En este sentido, lo que nos parece menos aceptable es que rompa el paralelismo ficción-realidad al situar parte de los últimos momentos de la acción en un lugar de la costa gerundense, Sant Agusti, que no viene en los mapas oficiales de carretera y que tampoco te puede indicar cómo llegar hasta él, si se lo preguntas con corrección a Mr. Google.
Pero dejemos esta minucia aparte. Como refuerzo para dotar de verosimilitud al desarrollo de la ruta por la que avanza el periodista, A.P. Bolívar recurre al tratamiento lineal del tiempo; no obstante, hay algunos momentos en los que recurre a la retrospectiva, por ejemplo, para explicarnos el germen del núcleo sentimental de la novela, el encuentro con Sophie; este se produjo durante un viaje de trabajo que el periodista había hecho con anterioridad a una isla del océano Índico; por otra parte, el encuentro con un antiguo compañero de estudios les lleva a recordar el tiempo pasado, -lo que posiblemente utilice el autor para contraponer el material de observación, personas y paisajes, de sus viajes con material autobiográfico- y, como una historia de su infancia, nos narra el caso del vecino que le contaban, allá en su adolescencia, sus padres para que sacase algún provecho de ella, la historia de los “tumbados”.
Aunque la novela acaba de aparecer –tiene fecha editorial de diciembre de 2016- la acción –y suponemos que, quizás, la escritura de la misma- hay que retrotraerla al pasado; acaso hasta la última década del siglo XX, no solo por la alusión a Arsenio López Huertas como Delegado del Gobierno en Madrid, sino también por los materiales que maneja el periodista, básicamente cuaderno de notas, lápiz y bolígrafo, cámara de fotos y grabadora; se advierte la ausencia de materiales puestos de moda posteriormente con las nuevas tecnologías.
Por el final de siglo saltó a las discusiones de las revistas literarias la propuesta de algunos santones de nuestra cultura sobre la conveniencia de que la novela tendiese a diluirse en los confines del ensayo si no quería desaparecer; algo que nos parecía ilógico, pues el placer de la narración parece como algo inherente al hombre de ahí su persistencia desde los momentos iniciales que se remontan a los siglos oscuros de la humanidad; mientras que el ensayo aporta unos conocimientos, que, pese a que puedan ser cuestionados, caminan hacia el ámbito de lo intelectualmente asumible o rechazable y la satisfacción, por tanto, que pueda producir podríamos denominarla intelectual, la obra nos lleva, en cambio, hacia un ámbito en el que dominan más los componentes emocionales.
En esta novela encontramos yuxtaposición de elementos narrativos y expositivos, sin que se fusionen; al lector le queda muy claro que unos pertenecen al ámbito de la ficción y que los otros, pese a que aparezcan juntos, al campo de la historia cultural; nos referimos a ese numeroso grupo de escritores que, desde Valencia, trabajó en pro de la cultura democrática y de la defensa de la República y fue capaz de sacar a la calle, durante toda la guerra, un revista tan valiosa como Hora de España.
En resumen, nos hallamos ante una obra que nos muestra que el novelista tiene una amplia gama de posibilidades y las muestra a través de la ficción; por un lado encontramos, entregado por el reportero que protagoniza la novela, un proyecto propio de novela policiaca, con un fragmento de un capítulo que entrega con tipografía diferente; y por otro hace algo que le gustaba a Max Aub como era insertar fragmentos de las obras de unos personajes de ficción cuya vida daba como real con apoyatura en relatos o pinturas de sus personajes; en Gente de paso A.P. Bolívar nos da el cuaderno de la expedición por el río Purús que Aurora Ríos escribe y envía a su hija desde el Brasil para contarle una experiencia en la que pasa situaciones dramáticas.
Albricias para todos por el nuevo autor y para Alas Ediciones que se ha aventurado a darlo a conocer. Y para el autor, un deseo: que el nuevo paso lo dé en firme.

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2017-02-03

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DE MIS LECTURAS. NOTAS DE AYER Y DE HOY

MADERA DE BOJ, de Camilo J. Cela, o la hipnosis por la palabra

No extraña que al leer lo que se ha publicado con motivo de la aparición de la última novela de Camilo J. Cela todo sean elogios a una forma de escribir, que se nos haga hincapié en las conexiones de esta obra con las anteriores del mismo autor, en el carácter vanguardista, en la escritura surrealizante; el talento de Cela como escritor lo tiene demostrado de sobra con gran parte de su obra anterior por lo que expresiones de admiración tras la publicación de Madera de boj han de ser admitidas dentro de lo normal, pese a que uno sea escéptico ante eso de que su narrativa, como dice la propaganda de esta novela, sea “el modelo de escritura del siglo XXI”; pero lo que sorprende es que en ninguno de los que se deshacen en elogios ante la novela meta el diente en la obra; no es, sin duda, por la falta de penetración de los comentaristas -alguno son primeros espadas de la crítica, otros de las letras- sino que el intríngulis de la obra es tal que no se puede desentrañar en una crítica de rápida redacción, de esas que en las redacciones exigen para dar la nota al público antes que los demás. Después de redactar el artículo he visto que la crítica de Senabre en El Cultural (3-9 de octubre de 1999) difiere de los comentarios aludidos, pues intenta desentrañar aspectos de la obra.
Estas eran, como decía, las reflexiones que me hacía al conocer la noticia de la aparición de la obra, ver la propaganda y leer las primeras impresiones de algunas figuras del mundo de las letras. A partir de la tendencia de las últimas novelas de Cela a una escritura libre, cada vez más libre -una buena excusa para acumular materiales heterogéneos sin una trabazón interna- me preguntaba mientras me hacía con el libro, (vivo en un pequeño pueblo castellano) ¿estaremos realmente ante una obra extraordinaria o ante el final del talento creador de Cela? Tras leer con interés la obra, creo que, sin duda, no puede hablarse de agotamiento de la capacidad creadora del novelista, porque la obra se caracteriza tanto por la acumulación de un centón de hechos como por la creación de numerosos personajes -con la categoría de vivos unos, con la de difuntos muchos- presentados de una forma inconexa, engarzados entre sí a la buena de Dios, con esa forma extraña que tiene de trabajar la memoria cuando está nuestra mente libre de las trabas que le imponen el rigor lógico, el encadenamiento entre causa y efecto, la sucesión temporal o, entre otras formas de estructuración, los criterios espaciales. Pero Cela no ha caído en lo que sería la libertad total de la mente, el caos mayúsculo, sino que ha encadenado discursos fragmentarios sobre personajes, hechos, lugares y los presenta, de forma entrecortada, por entregas, en frases cortas, en las que, con frecuencia, la coma es la frontera que marca los límites, el salto de un asunto a otro, la transición de materia, el cambio de tono.
Con esta ruptura de la puntuación convencional se puede tener una idea de la obra: amazacotamiento, confusión, pesadez y la libérrima voluntad del autor de saltarse los convencionalismos sancionados por la RAE en aras a la creación artística que ha de ir por los campos que quiera conducirla su creador. Y también, por lo apuntado antes, es una muestra, a mi juicio, el juicio de un lector de pueblo, de esos que vamos a pie, de la incapacidad organizativa o de la falta de interés o de las ganas de trabajar del escritor parar poner orden en ese magma informe que entrega al lector.
Me baso para hacer esta afirmación en que es el mismo Cela quien se coloca a sí mismo como narrador con lo que rompe la barrera de la ficción y de la realidad o, si queremos, se intercala en el mundo eterno de lo artístico a sabiendas de que él ya tiene un asiento imperecedero en el olimpo de los narradores españoles del siglo XX. Allá en la tercera parte (págs. 216-217) se manifiesta lo que hasta ese momento podía ser una sospecha; hay referencias directas al propio novelista, familia, y vida, además en primera persona, del escritor D. Camilo J. Cela; antes ya nos había puesto sobreaviso al decirnos que el narrador es de Iria (pág. 161); sin embargo, no mantiene a lo largo de toda la obra el mismo punto de vista ya que al principio muestra un distanciamiento respecto a su persona al relatarnos que un personaje “fue compañero de colegio en los jesuitas de Vigo del famoso escritor padronés don Camilo José Cela”. (págs. 35-36).
Esto nos lleva a que, si tenemos presente la separación entre los conceptos de novela y realidad, estamos delante de una obra en la que el autor ha convertido en materia literaria algunos aspectos de su vida combinándolos con otros muchos; unos son fruto de su propia imaginación, otros materiales proceden de su indagación sobre la gente del entorno de Finisterre, -el Fisterra oficial- que es el marco espacial en el que sitúa la mayor parte de los personajes y acciones apuntadas, mencionadas o aludidas en la obra. Un rasgo clave de la construcción de esta obra es la falta de desarrollo tanto de los personajes como de las acciones, pues el narrador se limita a bosquejar una larga galería de tipos del mundo rural gallego, presentes en esta vida corpórea o deambulando como espíritus, sin que ninguno de ellos tenga un tratamiento pormenorizado y su actuación pueda convertirse en el eje vertebrador de los núcleos temáticos básicos de la obra. En la primera parte surgen como a borbotones, luego reaparecen, aquí allá, para intentar hacer una pirueta, siempre la misma porque son personajes planos de los que se retoma casi de una forma monótona el mismo perfil; al final, para dar cierta idea de encuadramiento, el autor termina con el mismo personaje que inició el relato.
Es la costa occidental gallega el ámbito físico en el que se encuadra la mayor parte de las acciones; en algunos momentos el narrador, por esa coincidencia con el autor, se desplaza momentáneamente hacia Extremadura, por mencionar la patria de Pascual Duarte; en otros instantes, una alusión le permite dar un salto y cruzar el Atlántico; en unos casos con referencias a viajes a Sudamérica que hacen algunos personajes, o el brinco puede estar motivado, por ejemplo, por una alusión a las negras de Nueva York; también habría que mencionar que desplaza, en ráfagas fugaces, la atención del lector hacia otros parajes, ya sean de España, hacia Castilla para hablar de las ancianas de Arévalo, o hacia Europa, por ejemplo, Inglaterra (Leed), de donde procede James E. Allen, uno de las criaturas de la obra; pero, en general, podría sostenerse que es la geografía costera occidental gallega sobre la que Cela ha apoyado casi todas las acciones -la mayoría mínimas, pocas pueden calificarse como anécdotas completas- que llevan a cabo sus múltiples personajes; entre ellos hemos de situar también a alguna persona conocida de este mundo real en que vivimos sus lectores, como la anécdota de la infancia de Carlos Luis Álvarez, Cándido, (p. 234-235), un suceso que le ocurrió cuando veraneaba en una colonia organizada por la Asociación de la Prensa de Madrid en el castillo de Ameixenda, a finales de los años cuarenta.
Una relación minuciosa de esos elementos biográficos a que nos referimos tardaremos en saberlo; “no he de ser yo el que lo explique”, nos dice el narrador en la página 286; cuando, en el futuro, algún estudioso de Cela los desentrañe es posible que encontremos que uno de los aspectos de la aportación de su segunda esposa a su vida se le revela al lector en esa frase en la que afirma que “Marina la de don Gerardo mudó una inercia en alada eficiencia” (p. 78) en el caso de que sea ella la aludida; también quizás pueda aclarar si el hartazgo de sardinas mencionado en las páginas 216 y 217, con el tronar de ventosidades de algunos comensales, corresponde a una de las muchas sardinadas en que participó don Camilo en sus días de ocio en la costa de su tierra.
Esa geografía por la que deambula el narrador y sus personajes no aparece descrita en la mayor parte de las ocasiones, sino sólo nombrada; el uso del nombre propio es casi exclusivo de tal forma que se podría crear un mapa muy completo con todas las referencias; un mapa tan complejo como sería el resultado de unir varios de los existentes entre los que hay que situar hasta los náuticos, pues, en algún momento, marca líneas de navegación y, sobre todo, muestra piedras o roqueras peligrosas para los barcos cuando están próximos a la costa; supongo que el nombre propio con el que las denomina es aquel con el que son conocidas en la comarca cada una de ellas, pues es frecuente la mezcla del gallego con el castellano.
Los retornelos de la memoria son los vaivenes que utiliza como núcleos estructuradores; no es sólo uno como pudiera pensarse de la reiterada presencia de los barcos que han encallado y encontrado su fin, y el de muchos de sus marineros, frente a la llamada, con razón, “Costa de la muerte”. Es cierto que uno de los trabajos de don Camilo ha sido el de contabilizar los barcos que han ido a parar a las rocas afiladas de Finisterre o de sus alrededores; acaso alguno lo interprete como un homenaje o como una simple colección de breves obituarios, porque los datos que da de ellos son muy escuetos y sin que haya una gradación temporal en la inserción; el número de barcos aludidos es tal que en la mayoría de las páginas inserta uno y en algunas dos, pero en forma de breves telegráficos; así en la página 239 nos cuenta que “el pesquero Marqués de Pola naufragó más allá de La Coruña, murió un marinero y desaparecieron tres” y tras alusión a una ermita que se ve desde una isla y a la posible conversión de los hombres en animales (enumera lagartos, murciélagos, sapos o lo que sea) añade “Lauriña y Margarida naufragó en punta Xornelo al pie del monte de Caldebarcos”.
Más que la presencia de la muerte al autor le atrae jugar con los límites entre los vivos y los muertos, entre los mortales y los espíritus -”Cirís de Fadibón pedicó al diablo en lo alto de Cabernalde montándolo a canchapernas” ( p. 13)-; así inserta una serie de personajes, todos ellos apuntados sucintamente, pero el número es tan crecido que muy bien lo podemos considerar como otro elemento estructurador. El autor sigue con su afición a pintar lo jocoso y a bautizarlos con nombres estrafalarios -Mermelada Baamonde-, para suscitar la sonrisa del lector, entroncando así con esa serie de tipos carpetovetónicos que ha entregado en numerosos artículos periodísticos y libros anteriores.
Junto a barcos que se estrellan y personajes atípicos en actitudes atípicas, sean vivos o difuntos, hay que situar también recetas de curanderos, oraciones de la religiosidad popular gallega, refranes, y una siembra diseminada de pensamientos que el narrador entrega en ingeniosas metáforas, en llamativas comparaciones. Esos vaivenes de la memoria liberada de la traba del intelecto son la excusa para una reiteración de motivos con variantes como fórmula de conexión entre todos los elementos con que teje la narración. En cada una de las cuatro partes en que divide el texto es fácil encontrar la alternancia de ingredientes escatológicos con otros que son de carácter vitalista; aquí se alude al deseo de gozar y la carne roza con la pasión y al lado vemos la desesperación del suicida; junto a esta puede aletear, en alguna ocasión, un hálito de ternura; lo que es innegable es que junto a la abundancia de referencias a lo sexual, ya sea en órganos o en acciones, late, a veces oculto por la pátina de un humor en el que se juega con la desacralización, un poso de negro desengaño que tendría su reflejo en las aspiraciones humanas que siempre están más cerca de los sueños que de la realidad; su símbolo esa casa con las vigas de una madera ininflamable, la de boj, la cual, ni el narrador ni su familia consiguen construir.
Por otro lado, la división en cuatro partes nos parece caprichosa; la única justificación la declara en el subtítulo de cada una de ellas; en la primera hace muchas referencias al rugby, en la segunda al tenis, en la tercera a artes prohibidas y en la cuarta al criquet. Mas como el texto es una aglomeración de elementos y personajes dispares y chocantes, podía el autor muy bien haberla establecido por cualquier otro lugar; únicamente señalar que la ruptura entre las partes la ha establecido a partir de las variaciones sobre un mismo motivo: un camino sembrado cruces de piedra y de pepitas de oro.
El texto es eminentemente narrativo con la inserción de prescripciones sobre asuntos sanitarios, refranes, dichos populares; como la puntuación es anticonvencional y se decanta por el uso de la coma como signo separador, el lector encuentra varias páginas seguidas en las que toda la materia se le presenta sin un punto y aparte. De cuando en cuando enclava un pequeño diálogo que, en realidad, en repetidas ocasiones, es un pseudo diálogo ya que el autor pone en boca de un personaje innominado una crítica al desorden de la obra y la consiguiente réplica del autor negando la aseveración de su crítico. (págs. 14, 50, 89,132, 137, 175, 204, 220, 229 y 283).
Esta defensa del desorden y de la confusión -en algún momento admite que está algo desordenado, “pero tampoco demasiado”- no es una variación de un motivo más; nos parece que es el punto de partida para la exposición de una teoría sobre la novela como reflejo de la vida y la imposibilidad de aprehender la realidad, si no es a partir de esa multiplicidad de elementos, puesto que “la vida no tiene argumento, cuando creemos que vamos a un sitio a hacer determinadas heroicidades la brújula empieza a girar enloquecidamente y nos lleva cubiertos de mierda a donde le da la gana, a la catequesis, al prostíbulo, al cuartel o directamente al camposanto” (págs. 294-295). Idea que reitera en la página siguiente rechazando como estética de los modernos a partir del rechazo al realismo; “el planteamiento el nudo y el desenlace, que son las tres normas que se deben tener presentes, el modelo es Emilio Zola o doña Emilia Pardo Bazán” (p. 296). Una dicotomía, vanguardismo exagerado o relato decimonónico, que nos parece propia de quien ha perdido la memoria de los extremos inevitables a los que se llevó en aras de un experimentalismo esteticista y en el que el propio Cela quiso ir más allá que los más osados de los jóvenes con su Oficio de tinieblas, un culo de saco por el que vio que no se podía continuar y era preciso dar la vuelta y volver a la narratividad que antes se había detestado.
Estamos, pues, ante una interpretación de la novela que nos parece inaceptable, lo mismo que si a la obra la quiere su autor aplicar la clasificación de crónica, como hace en la página 176; en incluso, el narrador se atreve a ir más lejos ante la gesta de un personaje que llegó a nuncio de Su Santidad en Centroamérica: se queja, porque no le dicen el nombre, por lo tanto, concluye, “así no se puede escribir la historia” (p. 288). La acción de narrar supone un intento de comunicación entre el que narra y el que escucha o lee; y esa comunicación sólo será aceptable si hay una gradación del interés que sostenga cautivo de la palabra del narrador al oyente como nos dice Virgilio en la Eneida: callaron todos y estaban pendientes de relato de Eneas. Sin una mente estructuradora que organice el relato, por muy bonitas que sean las metáforas, desternillante el humor, por muy encantadora que sea la magia de algunas anécdotas... todo puede quedar reducido a palabras sueltas, frases aisladas; el lector o el oyente, que siempre se considera en inferioridad de condiciones respecto al conocimiento del mundo, suele abandonar el brillante torbellino de palabras que no le aporta una luz en el negrura del caos; prefiere las piruetas del circo a los artificios basados aparentemente sólo en la combinación de los signos lingüísticos; hoy día el lector de a pie tiene muchas formas para llenar su ocio y ya no se deja adormecer ni tampoco hipnotizar por un relato en el que sólo encuentra la musicalidad de las palabras, brillantez en metáforas, ingenio en pensamientos aislados.
Sin embargo, en Madera de boj no hay esa pura artificiosidad por lo ingenioso en sí mismo; hay valores que van más allá de ese desengaño vital, de ese escepticismo ante lo solemne y de esa propensión a reírse de todo, especialmente de las aspiraciones del individuo y a jugar con lo sagrado; téngase presente que uno de los personajes se queda ciego por tirarse un pedo mientras rezaba el padrenuestro. En esta obra se encuentra un caudal de conocimientos -como ya he anticipado antes al referirme a los dichos populares, fórmulas sanadoras, refranes, recetas gastronómicas...- sobre el mundo rural gallego que puede dar pie a un tratado sobre la vida y creencias tradicionales del campesino gallego; hay una extraordinaria riqueza verbal que llega al extremo de fusionar sin discontinuidad el castellano con el gallego, el habla culta con la popular; hay un preocupación por la palabra como se muestra en las continuas muestras de diferencias en las formas de denominar a animales, objetos...; se encuentra también una ritmo y una musicalidad que se trasluce en numerosas cadencias, en enumeraciones lógicas que el autor rompe, cuando le parece, con el disparate, en busca de la sonrisa; y, sobre todo, una actitud libérrima ante la obra de arte literaria y es en esa actitud, por los extremos a los que llega, en la que encontramos un signo del agotamiento de la capacidad fabuladora de quien ha sido una de las figuras más notables de la narrativa española del siglo XX.
Estas impresiones han sido las que nos surgían durante la lectura. Las expectativas creadas estos años pasados desde que hizo hincapié en el empeño en que trabajaba en Madera de boj nos lanzaron a su lectura como el pescador que cifra un aspecto de su dicha en la pesca del rorcual, sin embargo, acaso porque somos de interior, hemos sido incapaces de conseguirlo. Acaso sea consecuencia de vivir en un pueblo y tener cierta pasión por el orden sin conocer los consejos y las advertencias de don Camilo: “la preocupación por el orden es enfermiza; esto va demasiado bien ordenado pero no he de ser yo el que lo explique, ¡allá usted!, yo no le llevo la contraria a nadie porque estoy ya muy escarmentado.” (p. 283)
Como a mí no me parece que lo del orden en esta obra sea cierto, lo afirmo a la pata la llana, como decimos en mi pueblo; mi admiración por el autor no me lleva hasta el extremo de comulgar con ruedas de molino; sería falso si dijese lo contrario por alabar a quien no necesita de los elogios de un simple lector de pueblo. “El adulador se alimenta de carroña y es como la hiena o como el gusano de los apestados, y el adulado es igual que el marido cabrón, que puede consentir y eso acarrea infamia”. (p.226)
Como se ve no quiero tener nada que ver con al ejemplo que pone don Camilo. Lo que no quiere decir que no deje de reconocer la genialidad de su escritura y el peso de su obra en nuestra narrativa; la encuentro hasta en La mala muerte, de Fernando Royuela, una novela a la que me refería al escribir sobre El amante lesbiano, de José Luis Sampedro en otro lugar de este blog.
Tal vez sea que uno se ha quedado en el siglo pasado. O eso es lo que dice alguno de mis amigos. Y no crean ustedes que ahora hablaré de mí, no; de mis amigos. En cuestiones de literatura no nos ponemos muchas veces de acuerdo; charlamos en el bar y, a veces, alguno se sube de tono; es posible que, cuando nos oiga algún joven, de los que viene a pasar el fin de semana en el pueblo, piense que somos refractarios a lo nuevo. Sin embargo, si las paredes hablasen, les dirían que apreciamos el vino bueno, venga de donde venga; y sobre novelas les oirían decir algo similar. Quizá sea por el peso de lo rural; la gente de pueblo tarda en habituarse a las aportaciones de la técnica; mis paisanos y yo, en vez de dejarnos subyugar por los hallazgos de nuevos materiales y esos diseños flipantes de lo virtual, nos quedamos con la sencillez natural del cuarzo rojo de Salamanca y en vez de interesarnos por las aventuras de los caballeros motorizados del reino de Kronen, preferimos los embustes de Marcelo Olías, el peluquero que, por grandes que sean, no nos molestan, pues ya sabemos que siempre nos toma, aunque nos quede poco, el pelo; tan bien es verdad que nos incordian, inquietan y subyugan -lo digo para que se vea que, en los villorrios, no todo es tranquilidad como suele decirse- las aventuras que nos cuenta, en la taberna, un catalán, de palabra clara, que se ha establecido por aquí, al que, por dárselas de ligón, llamamos el Pijoaparte; a veces, con un vaso de vino en la mano, se nos engaña más fácilmente y seguimos con interés, por ejemplo, una historia de lluvia amarilla que nos cuenta uno que dice que estuvo con los maquis -menos lobos, le digo yo, que tú eres más joven- y, para terminar la noche, -es el momento del acabóse con que se suele rematar el rato de parranda- hay uno que se arranca, tras unos cuantos rasgueos de guitarra, con unos cantes que él se atreve a calificar -la verdad es que no llega a tanto- como de Antonio Molina. Y, naturalmente, como estamos contentos con lo poco que tenemos, no aspiramos a sueños inalcanzables; no lo digo por hablar, no; he hecho una encuesta y nadie me ha dicho que haya soñado alguna vez con una casa fabricada con madera de boj.

Y sepan los que han leído estas reflexiones que, de algunas de las que de aquí en adelante salieren y llegaren a nuestras manos, ya saben que estamos lejos de la Corte, les tendremos informados.

(Madera de boj, de Camilo J. Cela, Espasa-Calpe, Madrid, 1999)

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2017-01-31

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DE MIS LECTURAS. NOTAS DE AYER Y DE HOY

¿MUERTE DE LA NOVELA EN EL SIGLO XXI?

Los números tienen poder mágico y actúan sobre las personas con efectos desconocidos. Nos hemos acostumbrado a poner al tiempo números y, al principio de este siglo, con eso de que se iba a cambiar la serie numérica en la que estábamos incardinados, se levantaron pronósticos -¿lo recuerdan ustedes?- sobre cuestiones baladíes y sobre las más profundas; se revisó todo lo que se había hecho en el periodo al que se ha llamado siglo XX y lo que se puede conseguir en el presente siglo XXI. La novela no ha quedado al margen de los augurios; así, mientras unos entonaron los gorigoris de sus funerales, otros se apresuraron a notificar que las próximas ficciones, porque los tiempos que se avecinan han de ser más serios, pragmáticos y no se podrá perder el tiempo en imaginarios calenturientos, tendrán fuertes componentes ensayísticos. Lo más gracioso, para quienes nos movemos en la quietud de la vida de los pueblos y, por tanto, aún no hemos notado el acelerón de la historia ni mucho menos su fin, es que muchos parecían vestirse con los atuendos solemnes de Rappel en los cursos de las universidades de verano y lo decían con tal seriedad que, ya sean jovencitos o entrados en años, si no supiésemos que el papel exige esa pose, diríamos que se creen, como todos los que cada final de año lanzan augurios para el siguiente, sus propias predicciones. Como se las creía el señor Ortega y Gasset cuando en los años veinte del siglo pasado pronosticaba el fin de la novela, o como, cuando en los finales de los setenta, se despotricaba contra el realismo y la narratividad con tal fuerza que quienes lanzaban esas prédicas parecían enterradores que deseaban acabar con lo que se había hecho antes y ponerle la cruz sobre la tumba.
Quienes vivimos en un pueblo vemos a veces a dos o tres personas que construyen, de consuno, una ficción a partir de determinados datos de la cercana y común realidad y lo hacen de forma muy diversa a otro grupo que se halla no muy lejos de ellos y con el mismo motivo de conversación; por ejemplo, he oído múltiples versiones a partir de la versatilidad de la fortuna, cambios rápidos entre lo bueno y lo malo, el placer y el dolor, el vitalismo y la presencia de la muerte... Sí, imagínense que, a partir de la intervención del azar en un movimiento de una pierna humana se pone a girar la rueda de la fortuna e, inmediatamente, quienes antes estaban en un coche situado en un plano inclinado próximo a un pantano haciendo gimnasia erótica en unos segundos están luchando por sobrevivir, porque el vehículo ha caído en un lago. Personajes, acción, tiempo, punto de vista, temas y otros componentes de la técnica narrativa son utilizados de forma muy diversa por los fabuladores de cada grupo. Cada uno aportaba datos diferentes para confluir en un final de muy diversa significación. En definitiva, que, aunque a los popes sagrados de la cultura les parezca que el fin de la novela es algo que se ve venir, para quienes vivimos al margen de la existencia -hoy sólo existe lo que aparece en la televisión- el contar historias es algo connatural al ser humano y siempre le apasionará saber qué es lo que ha pasado, no sólo a sus vecinos, sino que cualquier otra historia podrá engancharles si el narrador sabe despertar el interés por medio de la acción y de sus personajes. La indagación sobre el presente o sobre el pasado -ahí está esa impresionante novela de Vargas Llosa La fiesta del chivo- y también las ficciones sobre la sociedad del futuro, como las que encontramos en Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, siempre serán cuestiones abiertas a la curiosidad del ser humano y en ellas, mañana igual que ayer y hoy, se podrán situar miles de anécdotas sugestivas. Mientras la utopía sobre la tierra no se haga realidad siempre habrá dramas humanos que merecerán y deberán ser contado a los demás; en unos casos serán acciones trascendentes protagonizadas por personajes hercúleos, dignos de admirar; en otros la acción puede ser ejecutada por personajes insignificantes como somos la mayoría de los mortales. Esto no quiere decir que todas las novelas tengan que tener la dura existencia humana como eje de la acción novelesca; pueden muy bien los novelistas que, en vez de fijarse en la épica que subyace bajo la piel de cada emigrante que pasa el Estrecho en patera, fije su objetivo sobre la buena vida de la gente guapa, o le hinque el diente a los límites entre la novela y la realidad, entre lo divino y lo humano o satirice lo que quiera poner en solfa...; sean todas bienvenidas si saben enganchar con la acción y, tras jugar con los distintos elementos que componen una novela, construir una obra de arte.
Como no estoy yo tan seguro de que mi idea sobre la pervivencia de la novela sea cierta y no puedo hablar con la rotundidad que he visto en algunos gurús del mundo de la ficción narrativa, les aconsejo que lean novelas, ahora que las hay; no sea que se acaben y sea difícil hacerse con ellas. Lean novelas –acaso después puedan dar el salto a los libros de poesía, teatro, ensayo-; es indiferente el modo, el lugar, la hora, incluso, hoy que se hablan de sistemas electrónicos, escojan el que esté a su alcance o se acomode mejor a su edad, a su estado físico; y una sugerencia, si son ustedes habitantes de una gran urbe, aprovechen el tiempo que van en el metro para acortar la distancia con la lectura; les aseguro que podrán escapar de esa boca negra, acaso por El Túnel, de Sábato, y, si se encuentran a gusto en la oscuridad, podrán adentrarse en El corazón de las tinieblas, de Conrard; si se estropea la refrigeración, vayan preparados con La mar nunca está sola, de Robert Saladrigas… Escojan lo que escojan, algo podrán sacar de provecho para la vida o para su enriquecimiento personal, porque, desde antiguo se viene recordando, como hacen el autor del Lazarillo y el mismo Cervantes, la frase de Plinio de que “no hay libro, por malo que sea, que no tenga alguna cosa buena”.
Aunque uno tiene sus dudas, acaso pueda afirmarse que la novela no morirá, mientras el hombre tenga curiosidad –ojalá sea sana curiosidad- por las vidas ajenas.
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2017-01-30

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DE MIS LECTURAS. NOTAS DE AYER Y DE HOY

Las Vueltas, un poemario rock, de Félix Vera (Alas Ediciones, Santander)

No es desde el fondo de ese cajón en el que antiguamente se acostumbraba a depositar los papeles más íntimos de donde nos llega este libro; una colección de poemas, como la de este volumen que surgen entre los años 1997 y 2003, el final de un siglo y el comienzo de otro, no se ha podido guardar en un cajón de madera ni metálico, porque, por la edad del autor, los cuadernos y carpetas son materiales un tanto obsoletos y los nuevos tiempos han traído una tecnología diferente por la que los jóvenes se han sentido atraídos y la han convertido en la enseña de su generación; por eso creemos que han de haber dormido en un archivo informático, en una subcarpeta de documentos propios, oculto su contenido con un título que, por si alguien curioseaba en su ordenador, nada pudiese hacer sospechar que eran lo que en otras generaciones hubiesen llamado “intimidades”.

Porque intimidades, compuestas de sueños, anhelos, fracasos, amores, ideas personales sobre la vida y la muerte… todo ello envuelto y estremecido con un contexto de música rock es el contenido del poemario que sale más de una década después de su composición.
Tras dejarlos reposar nos llegan ahora como fruto de una depuración, acaso sería mejor decir selección, y llegan al público como confesiones de un ayer que se fue empujado por la corriente vital de un río cuya fuerza impide nadar contra corriente. Un acto de generosidad –la poesía supone en la mayoría de los casos una entrega de sí mismo– y de remembranza de una etapa de la vida que, en la que, como nos ha pasado a todos, la soledad nos hace bailar con las palabras y el tiempo se alarga perezosamente como si fuera inacabable; mas después, el joven se ve arrastrado por la vorágine laboral y el entorno le hace correr para no perder el tren que le lleva al puesto de trabajo, y, cuando va a llegar a la estación en que se ha de bajar, le “dan ganas de llorar”, porque, sin darse cuenta, se ha hecho adulto sin que haya tenido tiempo para advertir que la hosca realidad se ha tragado lo sueños juveniles. Atrás quedan, desdibujadas con extrema rapidez, las ensoñaciones que habían nacido, a veces, del desconsuelo, en algunas ocasiones, de la esperanza en otras, también de la rebeldía y ¿cómo no? de la frustración…, porque la vida nunca sale al encuentro con las gratas envolturas con que uno, en las horas de aletargamiento, con la vista turbia por las imágenes acarameladas que acaba de ver en la oscuridad del cine, las sueña.

Menos mal que, en la duda, también en la desesperanza y, sobre todo, cuando el joven que entonces era el autor, sentía que la ilusión estaba al alcance de la mano, la música y las palabras le abrieron la puerta a la poesía y en ella encontró ayuda para convertir lo desagradable, frío y áspero en una entrañable placidez que brotaba, ahora sí, sobre el papel de la punta de un bolígrafo y, al esculpirlo, se convertía en un poema. La pasión, la velocidad, la incitación, el ansia de libertad y el ejemplo de muchas canciones le quitaron la atadura de la rima y el sonsonete de algunos estribillos repiqueteaba en su mente para empujarle a jugar con los ritmos. Fue, posiblemente así, cómo la palabra, a la que hasta ese momento, apenas había apreciado por tenerla tan a mano, se convierte en el vehículo por el que va a ser capaz de adentrarse en las galerías más escondidas del su identidad, de lo más profundo de su ser y algunos asuntos o temas de sus conversaciones con amigos va a quedar esculpido en un conjunto de poemas que, poco a poco, va a ir creciendo.

Esto es lo que va a encontrar el lector en el poemario de Félix Vera, el verbo cotidiano que da forma y volumen a un sentimiento y esa vivencia interior, moldeada con tantos recursos poéticos como puede tener a mano quien tiene habilidad para jugar con el lenguaje y sentido del ritmo. La semilla tarda algún tiempo en germinar y el brote, recién nacido, aflora débil, con timidez ante lo desconocido, pero el impulso vital empuja a vencer las dificultades que puede encontrar en la capa terráquea; así el monstruo inicial del poema, sea idea, imagen, sensación, sentimiento, se incuba en el interior hasta que lo amorfo, revuelto y oscuro, se revuelve una y otra vez para, lentamente, adquirir una forma propia que se transforma en una melodía, a veces casi imperceptible, como un susurro que poco a poco se torna inteligible en las palabras que componen los primeros versos; luego crece y la vivencia y lo soñado se entremezclan y adquiere su identidad, como poema. La plasmación, mental o gráfica, impedirá que el paso de las horas se lleve ese sentimiento entre el polvo de los recuerdos. Esa búsqueda de la palabra y del ritmo es uno de los medios por el que podemos evocar esas interioridades, el grato don de evocar los sueños. “¡Ay, qué grato regalo de los dioses/ es el soñar”, nos dice Félix Vera para entregarlo, hecho verso, a los demás; así los poemas nos permiten conocer algunas batallas de la vida, seguir las huellas de su caminar, y también podemos ver cómo el poeta estira la mano hacia la dicha y esta se deshace entre las sombras y el desconsuelo, acaso por la infancia perdida, solo se evapora con la música, por ejemplo, envuelta en nostalgia, de Dulce Pontes. Y antes de que todo el impulso juvenil se lo lleve el viento, tiene la dicha de verlo, como una realidad distinta, transformado en arte en el poema.

El poemario Las Vueltas está estructurado en tres partes: “La vida”, La locura” “Lo que he visto”; las dos primeras están encabezadas por versos de canciones y la tercera por un par de versos de León Felipe. El poemario tiene como lema inicial una cuarteta de Asfalto:”Ahora quiero que entiendas/ que solo soy uno más/ y si me ves de vuelta/ me falta mucho por llegar.” El libro, para que tenga sentido el subtítulo de “poemario rock” se cierra con una banda sonora en la que el autor indica los títulos de algunas canciones y los de los intérpretes que las han popularizado para que el lector se sienta inmerso en el entorno de la creación del libro.

En la primera parte encontramos la búsqueda de las ilusiones del pasado que el paso del tiempo ha borrado y de las que solo queda un desvaído recuerdo, la soledad del hombre en el mundo, el anhelo del deseo erótico, las ansias de volar para realizarse, la escasez de fuerzas para enfrentarse a la vida en el momento del tránsito, cuando llega “la hora de que un hombre tome sus decisiones y siga solo el camino para él trazado”, en definitiva, temas universales, como la lucha contra el tiempo, contra la sociedad y contra uno mismo.

La inconsciencia, dice el filósofo, es lo que nos permite ser felices; para el poeta es la locura la parte del poemario en que encuentra la dicha, pero nunca es constante, porque el amante tiene que sufrir, en más momentos de lo que quisiera, el mal de ausencia por la separación a que se ven obligados por el destino. “No podría volver a vivir/ la dicha de ayer mismo/ mirando ese mar tan azul/ aspirando nuestras últimas/ bocanadas de felicidad”. Pero la separación, aunque traerá dolor, cuando el amor es fuerte, no ha de llevar siempre congoja, sino que se puede tornar en fuente de dicha con la evocación de la felicidad disfrutada, ya sea en medio de la naturaleza, en el entorno de los lagos Enol y Ercina, pedaleando a orillas deI Inn, tumbado a orillas del Tiétar y también, ¿por qué no?, en un paseo por el Madrid de los Austrias.

En la tercera parte la presencia de la música aparece por doquier; el impacto de los conciertos, antes soñados –-por la distancia del pueblo a la urbe–- que vividos. Si para el poeta el heavy metal es el género musical más impactante, acaso porque supuso un primer estallido de libertad, es también, en alguna ocasión, motivo de desencuentros en sus relaciones con las adolescentes de su edad. Sin embargo, como para tantos miembros de su generación, es un elemento básico, indispensable, un constituyente más de su ser, acaso tan necesario como el aire para respirar.
“He llorado…./por lo que fui…/ por lo que no llegué a ser…/por todas las canciones que me hicieron libre”. Es este el epílogo con el que cierra el poemario, con un título, en inglés, significativo: “Forever free”.

Una colección de poemas trasparente, con un lenguaje nuevo, libre de ataduras métricas y también de los formalismos tipográficos; la profundidad de los pensamientos no está reñida con el humor que consigue, con frecuencia, con la ruptura del sistema en los versos finales. La dispersión de los núcleos temáticos es, sin duda, consecuencia de la multiplicidad de estados anímicos propios de los instantes por los que pasaba el creador.

Esperamos que la inspiración no le abandone ni se desanime con el trabajo a la hora de cincelar los poemas. El artista, además de tener cualidades naturales, no puede realizarse sin la insistencia en la labor tanto de creación como de pulido del monstruo inicial. Es de desear que Félix Vera no espere tanto tiempo para dar a los lectores su próxima entrega; aunque comprendemos que cada creador te toma su tiempo y la vida cotidiana tiene unas exigencias que nunca sacia la poesía. Por eso creemos que el poeta es el más generoso de los creadores literarios porque da lo más íntimo de sí mismo sin recibir nada a cambio.
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2017-01-19

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DE MIS LECTURAS. NOTAS DE AYER Y DE HOY
HEREJES, DE PADURA O LA DEFENSA DE LA LIBERTAD DE CONCIENCIA

Herejes, la última novela Padura, se puede inscribir en lo que se califica como “novela negra”, o “novela de investigación criminal” y en ella el autor recupera los aspectos básicos que conforman su serie de obras construidas en torno al personaje Mario Conde. Quiere esto decir que el lector que ya ha leído alguna de ellas se va a encontrar con unos elementos constructivos que le resultarán familiares: la acción situada en Cuba, básicamente en La Habana, un tiempo próximo pasado, un narrador omnisciente, una trama en la que hay que desentrañar un misterio, un personaje, Mario Conde, que fue teniente en la policía y que mantiene habilidades para descubrir asuntos encubiertos, y que, por otro lado, en muchos aspectos, puede representar el desencanto, la frustración y la pobreza en que viven tantos cubanos después de haber creído en las promesas de unos dirigentes que les ofrecían como real lo que luego no ha sido más que un sueño decepcionante. Consciente Padura de que somos tiempo, a su personaje le hace envejecer con unos rasgos básicos permanentes y otros aspectos que se van modificando con el paso de los años, aunque tenga la suerte de contar con un grupo fiel de amigos, con los que, de cuando en cuando, como sucede en otras novelas, come bien y vacía botellas de ron; son ellos los que le dan fuerzas para seguir viviendo aunque lo haga lleno de un pesimismo agrio, del que se libera a veces con la ironía, que le produce el conocimiento de la corrupción de quienes están en determinados niveles del poder, los negocios sucios, las drogas, los asesinatos y otras tropelías que el investigador se encuentra a medida que avanza en los casos en los que se ve envuelto, unas veces por peticiones de amigos, otras por sugerencia de antiguos jefes que permanecen en activo, un quehacer este al que se dedica sin dejar del todo a un lado ese oficio, la compra y venta de libros viejos, que apenas le da para malvivir.
Como, además de tiempo, somos memoria, el lector se encuentra también con algunas alusiones a episodios o circunstancias del pasado que se han reflejado en otras novelas de la serie que, en este caso, por si es la primera vez en que el lector se topa con el personaje que protagoniza la serie, la editorial se lo indica con un asterisco y una nota en la que se menciona el título en que aparece el asunto aludido.
Herejes es una novela en la que no hay una acción que dé unidad a la obra; son varias y se desarrollan en lugares y tiempos muy diferentes; para marcar más la entidad de cada ellas, el autor divide la obra en cuatro bloques, a los que, a cada uno de los tres primeros, denomina “libro”, (de Daniel, de Elías, de Judith) y a la última parte simplemente “Génesis”). Cada libro se subdivide en capítulos numerados, con la peculiaridad de que, en algunos, nos indica el lugar y el tiempo en que sucede la acción. El lugar principal en que ocurre la mayoría de los hechos novelados es La Habana y suceden en periodos temporales variados (1939, 1953-1957, 1958-2007, 2008, 2009; Miami, 1958- 1989). El otro lugar clave es la ciudad holandesa de Ámsterdam a la que traslada al lector, pero en años lejanos, 1645, 1647; a esto habría que añadir las andanzas de un personaje que, en 1647, inicia un viaje desde Polonia hacia Palestina, aunque este periplo –dolor, sangre y muerte- se menciona de una forma muy sumaria.
Una novedad de esta novela es que Padura inserta dos casos que Mario Conde ha de resolver; el primero aparece en el “libro de Daniel” y el asunto central está relacionado con las vicisitudes de un cuadro de Rembrandt que pertenecía a los Kaminsky, una familia judía, desde el siglo XVII y que lo entrega a un funcionario para conseguir asilo en Cuba en 1939 sin que logre su propósito. El segundo se narra en el “libro de Judith” y el asunto gira en torno a la desaparición de una joven que pertenece a la tribu urbana de los emo. Los asuntos de estas dos investigaciones son contemporáneos, aunque el novelista recurre, para una mejor comprensión de la trama, a hechos que se remontan a un pasado que se aleja hasta 1939, fecha en que el barco con judíos que huyen de los nazis, en el que viajan los padres y la hermana de Daniel, ha navegado desde Europa a Cuba con la pretensión de encontrar refugio en la isla sin que sean autorizados a desembarcar ni en Cuba ni en otros lugares de Norteamérica por lo que han de regresar a Europa pese al infortunio que les espera.
Pues bien, en el bloque segundo, el “libro de Elías”, Padura, como ya mencionamos, da un salto hacia el siglo XVII y traslada la acción a Ámsterdam para contarnos los problemas que tiene un joven judío, por la prohibición expresa de su religión, al querer entrar en el taller de Rembrandt para ser pintor y que, una vez lo consigue, el maestro utiliza su rostro para un cuadro religioso católico y, hace, además, como un ensayo previo, un pequeño retrato que es el cuadro que tendrá, desde entonces, la familia Kaminsky y con el que esperaban salvarse en 1939 los padres de Daniel.
A las tres partes denominadas “libros” hemos de añadir la cuarta, “Génesis”; esta supone el cierre de la acción que ocurre en el tiempo más inmediato al lector y lo hace el autor contándonos el impacto que produce en Mario Conde una carta que recibe de Ámsterdam dándole a conocer detalles del cuadro sobre el que versó su primera investigación en esta novela a lo que añade un documento en el que se recoge la persecución de los judíos en Polonia en el XVII en la que se ve envuelto el joven pintor judío que, para evitar un proceso de sus propios correligionarios por su dedicación a la pintura, había tenido que huir desde Holanda a este país.
Con esta exposición que acabamos de hacer sobre los asuntos claves de la trama novelesca estamos mostrando también lo que, a nuestro juicio, es un fallo constructivo de la obra, que no es otro que las escasas imbricaciones que hay entre las tres historias claves de la obra. No aparece en esta novela la fuerte conexión que había entre las tres historias que contaba Padura en su magistral novela El hombre que amaba a los perros. Hay, lógicamente, conexiones pero, a nuestro juicio, de escasa fuerza. Si las dos partes en que el autor centra la acción en la labor investigadora de Mario Conde tienen muchas similitudes entre ellas, el “libro de Elías” es un bloque diferente hasta en lo estilístico, pues el diálogo no tiene la relevancia, como fórmula para aportar datos, que tiene lo coloquial en los libros de Daniel y Judith.
Sin embargo, pese a lo ya señalado, nos parece una de las obras más valiosas de la serie relacionadas con Mario Conde por su contenido temático y no es por las partes en que aparece el ex policía como protagonista, sino por la otra, la que sitúa en el Ámsterdam del siglo XVII, en la que se han asentado muchos judíos provenientes, en gran parte, del exilio forzado a que se les obligó desde España y Portugal; han encontrado, tras ser expulsados, casi exclusivamente con lo puesto, de sus países de origen, una ciudad próspera, abierta, tolerante con las diferentes posturas religiosas, por lo que la consideran como la Nueva Jerusalén, el “buen lugar”, porque allí podían vivir su vida acaso como en ninguna otra ciudad del mundo. Allí un joven judío Elías Ambrosius se plantea y lo expondrá a uno de los personajes más relevantes de su religión si debe seguir los postulados que marcan sus líderes religiosos o seguir el dictado de su conciencia. Frente a las imposiciones de los líderes religiosos –especialmente de los que podríamos considerar como más rígidos en la interpretación de las normas-, el joven Elías optará por seguir el dictado que le dicta su razón y su libre albedrío, siendo consciente de que se separa voluntariamente de lo instituido en las normas de conducta marcadas por la Tora. Sabe perfectamente los riesgos que ha de asumir: ha de ser una afición secreta o ha de escoger vivir en otra ciudad y es esto último lo que elige antes de verse envuelto en un proceso en el que uno de los acusadores sería su propio hermano, partidario del cumplimiento estricto de lo marcado por la tradición rabínica y la Tora. Se convierte así en un hereje ante los dictados oficiales, aunque no puede admitir que si Dios le ha dado determinadas cualidades no puede considerarse como un pecado el desarrollarlas. Nos encontramos, pues, con una obra en la que se defiende abiertamente el derecho a ser diferente, a salirse de la norma impuesta por tradición cultural o por la fuerza, lo que conlleva el riesgo de asumir ser considerado como hereje. Lo llamativo del caso es que Padura lo ejemplifica con un caso dentro de una colectividad, la judía, y, en unas circunstancias, en las que la mayoría de la comunidad hebrea de Ámsterdam habían sufrido en sus propias carnes o en las de su padres la expulsión de Sefarad por ser diferentes y en la de sus antecesores o familiares cercanos la persecución a que les había sometido los miembros del la Inquisición española. La causa provenir de un pueblo cuyos lejanos ancestros habían sacrificado a un disidente de sus posiciones religiosas, Jesús de Nazareth. No en vano la novela arranca y termina con unas muestras históricas de ese rechazo a los judíos: el barco Saint Louis al que, en 1939, no se le deja desembarcar en Cuba, ni en Estados Unidos ni en Canadá y el posterior exterminio de los judíos que realizan los nazis; en la parte final el autor retrotrae el relato a la persecución y asesinato de judíos en Cracovia en 1647 que el novelista, para dar más fuerza a su obra copia, en parte, la relación que de los hechos aparece en un documento histórico.
Por oposición, en la novela encontramos un canto a la tolerancia como sería la descripción del ambiente de Ámsterdam y el de La Habana en la que crecerá el joven Daniel, tras el impacto por no poder rehacer su vida junto a sus padres y hermana que iban entre el pasaje del Saint Louis que tuvo que regresar a Europa. Daniel Kaminsky vive una adolescencia y juventud en una Cuba en la que ser judío no le importaba a nadie. Se integra en esa Habana tolerante con un grupo de amigos cubanos y decide seguir sus estudios en un instituto normal en vez de hacerlo en el centro de formación hebrea y luego da un paso más y llega, como un acto de su libre albedrío, a separarse de los ritos judíos e, incluso a recibir el bautismo antes de casarse por el rito católico, aunque luego, ya adulto y en Miami, vuelve, por decisión propia, a la religiosidad de sus mayores.
Frente a la sociedad permisiva encontramos la intolerante que impone, ya sea por el peso social y, sobre todo, por el poder, su forma de ver la vida y la obligación de vivirla de acuerdo con determinadas orientaciones. En este caso estaría no solo la condena a la política de los llamados “Reyes Católicos”, al nazismo, sino también al castrismo comunista que castiga sin apoyos económicos a quienes no profesan el ateísmo oficial como le ocurre, en la novela, a un miembro de la familia Kaminsky que permanece en la Habana. Pueden ser considerados también herejes los miembros de los diferentes grupos urbanos, sobre los que, en la tercera parte de la novela, recae el protagonismo al centrarse en el autor en la búsqueda que ha de hacer Mario Conde de una joven emo desaparecida. Y, por último, como herejes podríamos considerar al propio Conde y su grupo de amigos desencantados de los ideales de la revolución cubana.
Hay, obviamente otros temas menores, algunos relacionados con el arte, en los que no queremos entrar ahora para no alargar esta nota de lectura
En definitiva, estamos ante una obra muy interesante, en la que se fusiona, con apoyatura histórica, lo social y la novela negra, escrita con la habilidad expresiva propia de un maestro de la narrativa; resaltamos la descripción de ambientes y paisajes, la capacidad para reproducir el lenguaje coloquial,-con un limitado uso de modismos cubanos que no plantean demasiada dificultad para comprenderlos-, buen desarrollo de la trama y una construcción de un personaje principal que no es un dechado de perfecciones ni llega el novelista a exagerar la capacidad investigadora de Mario Conde, “el Conde”, como le llaman sus amigos, más allá de lo fácilmente admisible. Acaso le sobren a la narración algunas páginas como, por ejemplo, las que dedica a una cuestión menor: las dudas que Conde tiene en si, después de tantos años de relaciones satisfactorias sexuales y de convivencia parcial con Tamara, cuando ya han pasado de los cincuenta, debe casarse e instalarse en casa de la novia; nos parecen demasiadas páginas en torno al anillo de compromiso, para después que el sentido común de Tamara se imponga y decida que lo que está bien para qué cambiarlo.
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2015-10-14

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DE MIS LECTURAS. NOTAS DE AYER Y DE HOY.

El mágico aprendiz, de Luis Landero: o la fuerza del amor

La tercera salida de Luis Landero a los arduos campos de la narrativa española supone, al menos eso nos parece a nosotros, un reencuentro del escritor consigo mismo. Creemos que el extraordinario y justificado éxito de Juegos de la edad tardía (1989) le abrumó a la hora de emprender su segunda novela, Caballeros de fortuna; (1994); a nuestro parecer el peso de una crítica vigilante sobre la espalda del escritor en los momentos en que empuñaba el bolígrafo le imposibilitó dar rienda suelta a los demonios que recorrían su mente con la misma soltura que en su primera novela.
Para querer estar a la altura de las circunstancias y no encasillarse con su uso narrativo escogió un punto de vista poco frecuente en nuestro panorama narrativo- la primera persona del plural- a la hora de contar una historia. Sin embargo, aquellos observadores sentados en la plaza sólo tenían en común el deseo morboso de indagar en las vidas ajenas; a ese grupo narrador de curiosos le faltaba credibilidad para abordar el enfoque de la vida moderna que el lector requiere; el análisis de la interioridad o lo que ocurre tras los muros no puede ser relatado por un grupo de curiosos inactivos, por mucho que puedan saber de lo que ocurre en el pueblo; esos narradores estaban muy lejos de la fuerza del narrador colectivo que, por ejemplo, Sender incorpora en algunos fragmentos de varios capítulos en Siete domingos rojos (1932) al narrar la épica del proletariado militante en enfrentamientos directos con la burguesía; allí formaban una colectividad activa. En cambio, Landero, con los saltos temporales y la transición del pueblo a la capital y de está de nuevo al pueblo, tarda en coger vuelo para el oportuno entrecruzamiento de vidas; sin embargo, después la obra adquiere más fuerza y, también, más valor del que, a nuestro parecer, la crítica le reconoció en su momento.
En El mágico aprendiz, (1999) aunque el narrador omnisciente hila sin prisa la madeja con la cual tejerá después las aventuras empresariales de Matías Moro y sus compañeros de oficina, no encontramos el envaramiento que produce la preocupación por la mirada crítica, -es más, en la tercera parte les lanza más de un puyazo a los críticos literarios-, pues ya en esas primeras páginas borda los minúsculos entornos de esos personajes grises que luego tendrán el valor de lanzarse a más altos empeños; en esa tranquilidad expositiva bulle la relajación del autor en el juego literario. Es el mismo sosiego, la cadencia ternaria y , de cuando en cuando, el rebuscamiento del adjetivo sorprendente que nos atrajo cuando empezamos a conocer la vida de Gregorio en Juegos...; entonces nos llamó la atención porque suponía una ruptura con muchas de las obras que se aplaudían e, incluso, se premiaban; esa narrativa que después han tenido tanto interés en publicar las editoriales para atraerse a unos lectores jóvenes a los que hay que entregar, en un lenguaje simplón y lleno de frases hechas, unas vidas juveniles en el tráfago de la locura del fin de semana.
El peso del azar y del amor en la vida del hombre son acaso los motores máximos que emplea Landero en el planteamiento y desarrollo de la vida de Matías Moro; son estos dos factores los que le hacen dar un giro importante en su existencia anodina -lo considera como “experto en ideas efímeras”- pese a que él opondrá, una y otra vez, con agónica reiteración, una actitud abúlica, propia de un ser mediocre, como freno a ese impulso que le viene del exterior y que, en definitiva, no es sino un encadenamiento de causas en el que el personaje es tanto víctima, en cuanto que rompe su lánguida monotonía, como motor para los demás.
Más importancia que el azar tiene el amor en el desarrollo de los hechos, hasta el extremo de que si la denominación no estuviese viciada y no llevase en sí una carga de desprestigio, la calificaríamos como una excelsa novela de amor. En una época en la que el amor ha sido sustituido por el sexo, calificarla de novela de amor puede parecer cursi. Sin embargo, digan lo que digan quienes han vuelto la espalda a Bécquer, “el amor es fuerza tan grande/ que fuerza toda razón,/ una fuerza de tal suerte/ que todo seso convierte/ en su fuerza y afición, una porfía forzosa/ que no se puede vencer/ cuya fuerza poderosa/ hacemos más poderosa/ queriéndonos defender./”
En la línea que marcan estos versos del cancionero medieval es en la que hay que situar el amor de Matías por Martina y la gracia de Landero reside en alejarse de las expectativas que puede tener el lector acostumbrado al realismo tradicional y, mucho más, si se habla de esas relaciones de pareja que se encuentran en el llamado realismo sucio.
La pasión amorosa que siente una persona gris, casi en los cincuenta, de vida sedentaria, hacia una joven cándida e inocente, que aún no ha cumplido los veinte, es de tal intensidad que le obliga a dar un giro a su vida, le embarca en la creación de una empresa sin abandonar su actividad de oficinista en la asesoría jurídica en que trabaja. Matías se ve arrastrado a dejar la comodidad de sus tardes placenteras por una quehacer en el que no sólo se encuentra incómodo sino que, además, el paso del tiempo es acumulación de gastos y minoración continua de sus ahorros sin que, por otra parte, tenga otra satisfacción que enseñar a Martina el manejo del ordenador para que, algún día, pueda llevar las tareas burocráticas de la empresa, ya que le ha asignado el puesto de secretaria. Con esto resaltamos que Luis Landero busca la originalidad en el tratamiento de la relación amorosa, de ahí que introduzca al personaje en un continuo desear y nunca le permite llegar al regodeo sensual, además ha de tener un largo desarrollo, que es casi imprescindible hoy día para que una novela o película pueda alcanzar éxito de masas. En épocas de lolitas la relación de esta pareja, Matías y Martina, parece irreal; pero a Landero no le preocupa la copia de la realidad, sino que esa relación pueda tener consistencia literaria. Pero el milagro del amor no afecta sólo a Matías, también su compañero Pacheco, por amor a su novia, aprende a tocar la flauta y cada semana compone un poema que le ha de recitar en el parque.
Aunque el novelista apunta como una causa secundaria el deseo de favorecer a unas personas, inmigrantes ilegales que no tienen medios para hacer frente a la vida, es un factor que no llega a desarrollar plenamente, como si temiese rozar aspectos propios de una novela de denuncia que se suele denostar equivocadamente por su carácter social sin tener en cuenta que las novelas son malas no por su contenido, sino por no saber dar a los temas escogidos una forma artística plausible. Esta presencia de aspectos externos que podían servir para situar mejor la novela en un contexto social e histórico determinado no la prolonga el autor, sólo alude a pequeños detalles, como si el peso de lo contingente pudiera debilitar el calado de fondo de la novela.
Es preciso apuntar que para Landero el relato novelesco se sustenta en el carácter de los personajes y él suele poblar sus novelas de unos personajes que no son fáciles de encasillar; busca en su creación una serie de rasgos que rompan lo que al lector le pueda resultar familiar y, aunque los presenta con alusión a pocos rasgos físicos, por sus actos los hemos de conocer. Y es su actuar lo que se ve, ya sea en síntesis biográfica, ya sea en lo que aportan a la trama novelesca. Pueblan por tanto las páginas de El mágico aprendiz una galería de tipos llamativos, seres que en algún sentido se salen de lo corriente y en cuya presentación se demora Landero sin importarle retrasar el ritmo narrativo. Acaso el inventor Méndez y Chun Fú pudieran parecer superfluos pues luego no los inserta en el sistema de producción de la empresa de embalajes en que confluyen todos los demás, pues si bien doña Josefina -su vida de anciana está basada en la nostalgia de los éxitos lejanos en el mundo de la canción- no es operaria, sí participa con una actuación musical en el acto inaugural.
El tratamiento paródico que da a la épica de finales del milenio -la lucha por la expansión empresarial a partir de unos ahorros mínimos- y su insistencia en las pequeñas cosas como medio para encontrar la felicidad nos permite asegurar que Landero no emplea algunos de sus componentes sólo como motivo literario -el quijotismo que nace del amor-, sino que es un elemento integrador de su visión de la vida y en el autor debe haber un fondo ético que le lleva a ridiculizar a quienes quieren imitar la cultura del pelotazo. Si Cervantes parte de las novelas de caballería, Landero se fija como objeto a criticar en esos libros divulgativos de incitación al éxito que, según aseguran, a veces llegan al estrellato de los más vendidos en Estados Unidos. Y puestos a aludir a ese ingrediente humorístico, los palos de Luis Landero van tanto para ecologistas desmesurados como para los políticos que buscan la foto y también para esos críticos literarios que todo lo ven desde la deformación de su actividad.
Los personajes principales de Landero en esta obra son héroes grotescos que, si bien no están abocados a la muerte como los trágicos del teatro griego, están llamados al fracaso y así la mitificación de los triunfadores americanos a los que Pacheco quiere imitar al pasar por el callejón de la calle del Gato no pueden convertirse en propietarios de multinacionales, sino que sus sueños se evaporan con el despertar; en vez de héroes del dinero, Matías y sus compañeros tienen tan mala fortuna que ni consiguen clientes y, lo que es más desolador ni siquiera consiguen una triste subvención que les diese alas, por algún tiempo, en su sueño que, en el fondo, no es sino la ruptura de la medianía con que estamos hechos la mayor parte de los seres humanos o, dicho con términos cernudianos, el contraste entre el deseo y la realidad. La empresa de embalajes nacida de un impulso quijotesco y asentada en el mundo suburbano, ha de cerrarse y, en un paralelismo con Cervantes, Landero los hace abrir otra, muy diferente, -cría de avestruces- en el campo; pero los dientes de los tiburones de los negocios, de los que ellos se han querido aprovechar en un momento, les darán las dentelladas que les pone de nuevo en su vida cotidiana, la monotonía del oficinista.
Una prosa transparente, con marcadas cadencias rítmicas en determinados momentos, algunas anticipaciones y juegos temporales y la gracia de los personajes secundarios plenos de vida, hechos a partir de una sustancia insólita -doña Josefina, Ortega y su preocupación por el exceso de palabras y las partidas de mus de Franco- hacen que El mágico aprendiz sea una obra atractiva pese a la morosidad narrativa con que trata el autor muchos pasajes -en algún caso como el tercer relato de la creación de la empresa nos parece inoperante pues ya el lector conoce todos los detalles-. La amplitud del desarrollo es un aprueba más de que Landero se despreocupa de las tendencias de esa narrativa de diseño que quieren algunas editoriales y se recrea en el juego con las palabras para que luego los lectores podamos disfrutar de su ingenio narrativo.
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2015-04-10

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DE MIS LECTURAS: NOTAS DE AYER Y DE HOY

El cuarzo rojo de Salamanca o los desastres de la guerra (Tusquets. 1993)

Aunque era conocido por sus críticas cinematográficas y, sobre todo, por sus dos ensayos sobre Unamuno -ya un anuncio de su interés por lo salmantino- su primera novela aparece cuando nada hacía sospechar que el ensayista encerraba un narrador. Juan Ángel Juristo es uno de los primeros en avisar sobre su irrupción en el campo de la narrativa. Lo hace en la presentación de las novedades para la feria del libro de aquel año y su artículo aparece en la revista El Urogallo, en el número correspondiente al mes de junio de 1993. Aunque el aviso es breve, y acaso de oídas, lo anoto: “a tener en cuenta la primera novela de Luciano G. Egido El cuarzo rojo de Salamanca, una evocación realista del ambiente de una ciudad de provincias.” La ambigüedad del enunciado podía hacer pensar que se trataba de tiempos vividos por el autor y lo del carácter realista revela un desconocimiento de la obra, pues, si bien es cierto que hay una realidad profunda como elemento sugeridor de la historia, no podemos clasificar la obra, como veremos después, sólo con el adjetivo “realista.”
Esta novela presenta una serie de estampas en las que están grabadas, con la desorientación, la angustia, el miedo, el dolor y la muerte, los desastres de la guerra. Aunque se centre en la llamada en los manuales de historia como “Guerra de la Independencia”, muy bien podía ser, en el fondo, cualquier otra, pues el autor sobrenada sobre las causas políticas y sociales a no ser la del un genérico patriotismo que, como resaltará con la comparación de varios episodios entre sí, tiene un carácter contradictorio. Se trata de la historia de España y, más concretamente, estos episodios serían el motín de Aranjuez contra Godoy y el alzamiento contra José Bonaparte el dos de mayo en Madrid. Esta ausencia en el análisis del conflicto fundamental que genera la acción novelesca no tiene mucha importancia porque, a nuestro parecer, lo que el autor pretende es mostrar la devastación material que la guerra produce en una ciudad llena de monumentos extraordinarios y, además, el incontable número de vidas humanas que siega sin sentido; la guerra siempre supone, según el personaje narrador, la entronización del caos, el imperio de la nada.
El autor, con un enfoque generalizador, sitúa el ojo del huracán de ese conflicto en Salamanca, ciudad que, desde ese instante, se convierte, ya lo resaltaré después, en el centro de su territorio novelesco, en el lugar sobre el que volverá continuamente en un deseo inagotable por revelar los secretos de su pasado, cuyo conocimiento y estudio se ha convertido, desde tiempo atrás, sin duda, en la pasión intelectual de la vida de Egido. Los acontecimientos que va a narrar el novelista se los ofrece al lector a través de un narrador cronista que, si bien muestra su interés por confirmar las fuentes de su información, en ocasiones inserta detalles que son propios de un narrador omnisciente. Se trata de unas memorias en las que la vida, los recuerdos y datos proporcionados al protagonista por informantes ajenos se entrecruzan con los suyos propios para mostrarnos una colección de vivencias que muy bien podemos definir con la expresión de grabados similares a los de Goya en su serie los desastres, sobre la España de aquel tiempo.
Lo narrado lo podemos subdividir en dos ámbitos, el privado -el entorno personal y familiar del memoralista, un joven universitario- y el público, social y político que lo conforman los avatares derivados de la presencia de las tropas extranjeras en la ciudad y de las reacciones de la población ante ellas. Se centra el autor en los diferentes asentamientos del ejército francés en la ciudad en plan de dominador al que, por tanto, hay que expulsar y, para ello, fue preciso recurrir a la ayuda de las tropas inglesas. Para que la obra tenga mayor fuerza, en el primer ámbito, el personal, Luciano G. Egido arma el conflicto en el choque ideológico entre el joven narrador, patriota enardecido, y su padre, un médico convencido de la bondad de las ideas ilustradas para conseguir la felicidad y el progreso social; es decir, un choque entre miembros de dos generaciones. Por un lado, el padre, que encarna a un pequeño grupo social de carácter culto, confía en el racionalismo propio del “siglo de las luces” y, en cambio, el hijo, con quien está el pueblo llano, detesta todo lo que huela a francés. El autor consigue dar mayor intensidad a la trama con un segundo conflicto a nivel personal: el amor que siente el narrador por su hermana, la cual, por simpatía con su padre, siente tal atracción por lo galo que acabará desafiando a toda la ciudad al enamorarse de un brigadier invasor y acudir engalanada a las fiestas que organizan las altas jerarquías militares.
Como la realidad histórica es el fondo sobre el que trabaja Egido -y un minucioso estudio de las transformaciones urbanas de la ciudad es lo que sirve para crear el espacio novelesco- la obra arranca con el primer momento en que se turba la vida de la ciudad: el paso, a principios de siglo, de las tropas francesas para ocupar Portugal. Ese paso consentido y esa entrada jubilosa se convertirán, pocos años después, en odio y combate, cuando se convierte en intento de dominación; es entonces cuando se desata la lucha por conseguir su expulsión, un objetivo que se consigue fugazmente y la estancia posterior de los franceses, tras una reconquista a los ingleses, trae consigo una tremenda ola de represiones que acabará con todo aquel que se había manifestado como activo antifrancés. Lo lamentable es que esa violencia se había desatado antes, al conseguir expulsarlos por primera vez, contra los salmantinos afrancesados. La destrucción de una buena parte de grandes obras arquitectónicas para construir un fortín en que defenderse desata la ira de la ciudadanía que, en ausencia de todo control, se venga sanguinariamente en aquellos que habían apoyado o sentían inclinación por las ideas procedentes de una Francia que nada tenía que ver con el imperialismo napoleónico. En este sentido la obra es una magnífica reconstrucción de esos años semiapocalípticos que vivió la ciudad de Salamanca, en tanto urbe repleta de prodigios arquitectónicos, como, sobre todo, en tanto colectividad humana que vivió seis años de violencia y caos. La base histórica, fría y seca, que le proporcionan los historiadores y cronistas locales queda superada al ensamblar los datos con la recreación de la vida de los ciudadanos entre los que destaca ese joven universitario que se mueve entre el odio y cierta desorientación existencial al ver el entorno que lo rodea.
Junto a algunos personajes reales, históricos, de los que tuvieron la malaventura de vivir esas circunstancias de angustia, lucha y dolor, a los que vemos fugazmente en actos puntuales, el autor crea todo un tejido humano para dar vida a la ciudadanía. La mayor parte serán personajes secundarios, planos, con los que el autor juega hábilmente en una tarea que podemos considerar como de siembra y recolección. Los presenta juntos y luego, de cuando en cuando, nos cuenta su forma de vivir, de actuar, de pensar, también de una forma casi conjunta. En lenguaje cinematográfico, diríamos que el autor utiliza el contraste entre planos generales en los que muestra los grandes movimientos de las masas con primeros planos de unos cuantos personajes secundarios que simbolizarían el sentido general de buena parte de las masas sin ser, en ningún momento, personajes típicos. Algunos de estos personajes están trazados con visos de verosimilitud, de realismo, pero los más, porque al autor no le interesa reproducir fielmente una verdad histórica sino la artística, están trazados con rasgos hiperbólicos sumamente definidores. Entre ellos está Merceditas, con su manía de pintar exclusivamente, a lo largo de toda su vida, la fachada de la catedral nueva; con el papel en la mano aparece don Porfirio, un clérigo que quiere convertirse en cronista fiel de cuanto ocurre en la ciudad y busca, directamente o por informantes, el dato exacto tanto de los efectivos de los ejércitos invasores como de los caídos en la contienda por parte de cada bando; en uno de los conventos está sor María de los Ángeles, de una belleza tal que llena el convento de olor a hembra hasta el extremo -fíjense en lo hiperbólico- de que hace enloquecer a los capellanes en primavera e incluso, cito textualmente, ”los caballos se emporraban cuando cruzaban a lo largo de los muros del monasterio”. (p. 24)
Como contraste al celo exclusivo que el narrador tiene por todo lo salmantino, porque cree que la ciudad le pertenece por haber nacido en ella y admirar su belleza, está su tía Adela, que, envuelta continuamente en un estado casi alucinatorio por sus grandes borracheras, desea la destrucción de la ciudad y, recluida continuamente, ajena a las preocupaciones, generales, recibe al atardecer, en tertulia, a los muertos. Un personaje extraordinario que ya muestra bien a las claras la ruptura con el realismo que Egido desarrollará con más rotundidad en obras posteriores y que sirve para resaltar otro de los conceptos fundamentales del novelista: el presente es una creación del pasado con cuyos artífices hay que estar en continua unión; ahí está la familiaridad de tía Adela con los difuntos, sean del bando que sean. Esa unión con los salmantinos del pasado -se aluden a alguno de ellos a partir de lápidas que se encuentran en el claustro de la catedral- es una obsesión del autor. A quienes nos encanta Salamanca y paseamos, de cuando en cuando, por sus calles y plazas nos puede ocurrir que, al captarla solamente con la mirada, pensemos que esa belleza prodigiosa es el fruto de la naturaleza y que, por tanto, surgió por arte de magia en el pasado y ahí permanece para nuestro placer, olvidando que es el fruto de sueños, de dolores y esperanzas que acompañaron a los escultores de las piedras y a quienes sostuvieron con su empeño casi titánico cuantos esfuerzos eran necesarios -muertes incluidas- para que pudieran erguirse hacia el cielo tantas maravillas.
En esa galería de sus numerosos personajes secundarios que muestran las diferentes formas de actuar, vivir y gozar de los ciudadanos, ve Lázaro Carreter en la crítica que publicó al aparecer la novela, un rasgo diferenciador respecto a los novelistas de esa década, pues hay tal cantidad que indica que Egido tiene “un poder generador absolutamente inusitado en estos tiempos”. (ABC Cultural del 9-4-93, p. 9) Entre todos los secundarios aparecen dos que son, a nuestro parecer, una muestra evidente de la casi devoción que Luciano G. Egido siente por Unamuno, no en vano le ha dedicado dos ensayos. Son dos personajes que extrae de esa novelita genial de don Miguel, San Manuel Bueno, mártir. Uno es Blasillo el tonto, que aquí pasa repitiendo una y otra vez, como un leimotive esperanzador, “Dios aprieta, pero no ahoga” y el otro es un cura, don Manuel, al que destaca entre el conjunto de los clérigos por ser el único que cree en Dios y le extrapola también ese alzar de la hostia tras la consagración que tanto entusiasmaba a Angela Carballino. Aquí ese alzar aparece dotado también de una fuerza mágica, como las palabras finales de Divinas palabras, de Valle Inclán, ya que el autor le asigna la fuerza suficiente para impedir la lapidación del padre del protagonista que las masas turbulentas estaban dispuestas a llevar a cabo por ser un afrancesado. Pero no sólo está presente Unamuno, del que además se apropia de su visión de la intrahistoria para recrear la vida de aquellos años con el trasfondo de una base histórica sumamente documentada; también hay préstamos literarios de Fray Luis -cuyo encarcelamiento recordará en La piel del tiempo-, y, además, numerosas puyas a la literatura cursi de Meléndez Valdés y sus seguidores.
Pero si de puyas se trata las más aceradas y acerbas son las que dirige, una constante en la obra del autor, al sector clerical masculino; como cualquiera puede imaginar están en la línea del anticlericalismo español -sexo y dinero- y en parte coincidentes con las que se pueden encontrar en algunos pasajes de otra primera novela sobre ese mismo periodo que es obra de un autor maduro y que también apareció aquel mismo año; me refiero a Eminencia o la memoria fingida, magnífica creación de Javier Alfaya. Otro sector sobre el que desgrana sus dardos críticos es el mundo universitario, en el que se han de distinguir los que van contra el profesorado de los que afectan al mundo estudiantil. Y si la locura erasmiana permite atacar a todos los sectores sociales, aquí habría ecos del genial humanista en los discursos de tía Adela, la cual en “su lucidez etílica” no deja títere alguno con cabeza. No podemos cerrar este párrafo sin anotar, en un escritor que siente predilección por lo narrativo, la presencia de Cervantes, desde los dos primeros párrafos con que abre la novela a esa quema de libros ilustrados que ocurre en casa del protagonista con la biblioteca de su padre. Por el tema hemos de aludir a la deuda con Galdós al presentar, a través de un testigo que estuvo en la capital o de noticias impresas, los hechos del motín de Aranjuez, -sobre el que también unos años antes había presentado su versión José Luis Sampedro en Real sitio- y el levantamiento del dos de mayo.
Como base de esta obra y de toda su narrativa, el amor por las palabras, por la expresión cuidada, no exenta a veces, de lo que a nosotros nos parece cierto rebuscamiento léxico y de alguna confusión a la hora de puntuar las subordinadas de relativo. Una riqueza verbal que puede ser bastante connatural con la expresión natural de Egido, pues en alguna de las entrevistas hemos leído su crítica a la pobreza de lenguaje de los medios y de la literatura actual. Rasgo permanente de su escritura es el párrafo amplio, con vuelo; no le interesa sólo la acción en sí, sino todo su entorno, de ahí que la gran capacidad de observación mental que tiene el novelista se manifiesta con una extraordinaria riqueza de adjetivación, -con frecuencia ternaria- así como del engarce de ideas que también se complace en adherir acciones, vivencias, observaciones con periodos ternarios e incluso superiores. Ritmo lento, propio de quien quiere apresar la esencia de cuanto relata al lector y transmitírselo con mimo, celo y cierta inquietud que se advierte en ese continuar la idea cuando parece que está terminada y no se atreve a poner el punto y aparte, porque hay otro detalle que añadir, un matiz que apuntar , una metáfora que adherir para realzarlo o una comparación para que se pueda recrear mejor en la mente de quien lea ese objeto que crea, esa acción que narra o esas sensaciones que quiere transmitir, ya sean acústicas, de color, - a veces lo resuelve con sinestesias- cinestésicas, y, con frecuencia que supera lo usual, de olores, como nos demostrará después, en El corazón inmóvil, con uno de los personajes narradores. Rasgos estilísticos estos que luego confirmará en sus obras posteriores incluida también lo que Antonio Ortega le critica al presentar a los lectores de El Urogallo, en el número correspondiente a los meses de octubre-noviembre de 1993, las primeras novelas de diferentes autores “a veces, excesiva verbosidad”. Pese a esto coincidimos con él cuando asegura “deslumbrante e intenso comienzo literario.”
Aunque la historia está contada con un carácter eminentemente lineal por estar basada en la memoria aparecen, desde el párrafo inicial, frases en las que sintetiza un acontecimiento que luego se demora en narrar con minuciosidad, porque el autor se recrea gustosamente en la construcción de cuanto rodea al personaje en cada momento. “Yo no recuerdo cuantas veces vinieron y se fueron los franceses, ni cuantas veces los ingleses vinieron y se volvieron a ir, en una intermitente sucesión de invasiones extranjeras que dejaban nuestra ciudad exhausta, doliente y humillada”. Es una anticipación de toda la historia y en el fondo oculta realmente las veces que tanto franceses como ingleses estarán como ejércitos ocupantes en Salamanca. Y si anticipa y retarda, la novela es fruto de un largo esfuerzo creador en el que la búsqueda de recursos literarios está siempre presente para evitar la expresión ramplona, directa y emparentada con el coloquialismo hasta el extremo de que apenas aparecen los diálogos a lo largo de la novela.
Como un anticipo de su obsesión continua, Salamanca y la recreación de un callejero destruido por los acontecimientos que narra son el espacio central de la novela, aunque también los personajes deambulan y cabalgan por la campiña meseteña, ya sea como mundo feliz y paraíso perdido de la infancia de algún personaje o como acompañante el narrador de los ejércitos de voluntarios, ya sean universitarios o de quienes se unen a las huestes del guerrillero Julián Sánchez para hostigar a los franceses en la medida de sus posibilidades. Belleza de la piedra de las canteras de Villamayor y belleza de la palabra para contradecir ese tópico de que una imagen vale más que mil palabras. La piedra se ha convertido aquí en palabra en el tiempo para darnos un gran fresco de seis años horrorosos en la vida de Salamanca y de los salmantinos de aquellos inicios del siglo XIX, muchos de los cuales perecieron en ese periodo de 1808 a 1814, de infausta memoria, pero que es preciso contarlo para que el lector vea que la narración, superando la aridez de la historia, puede convertirse en una fuente de placer estético y en un medio para conocer, de una forma intensa y emotiva, el drama del pasado.
Como remate final quiero anotar las palabras con que Lázaro Carreter termina la elogiosa crítica antes mencionada: “Como síntesis telegráfica, una novela subyugante. O mucho me equivoco, o va a ser recordada. Como toda gran obra primera, se ha constituido en un muro ante el autor para su segunda salida.” Acaso los elogios que recibió y el galardón del Premio Miguel Delibes le dieron fuerza para poder saltar ese alto muro que se había puesto el novelista ante sí como un reto a superar. Y lo saltó con sonoro aplauso y eso que esta novela, fue considerada como una de las mejores novelas del año en que se publicó (1993).

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2015-02-01

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DE MIS LECTURAS. NOTAS DE AYER Y DE HOY

EL AMANTE LESBIANO, de José Luis Sampedro: UNA DEFENSA DE LOS DIFERENTES

Para quienes seguimos con interés la narrativa de José Luis Sampedro no nos han sorprendido algunos aspectos de sus últimas creaciones narrativas. En ellas está presente el peso de la edad en el enfoque de los problemas que plantea -no en el aspecto de decadencia creadora-, pues desde sus ochenta años ya superados ve la vida, como es lógico, con una perspectiva muy diferente a la nuestra y, además, esta situación le permite disponer de una libertad a la hora de enfrentarse con los temas y las técnicas literarias de que no disfrutaba antes.
Ha sido esta situación personal la que le permite ponerse el mundo por montera y tratar temas que están fuera de circulación entre los académicos -el amor homosexual en La vieja sirena- y, por otro lado, consecuente con su postura de compromiso solidario con los demás pretende aportar algo de su experiencia vital a sus lectores, consciente, sin embargo, de que el afán por lo material nos hace olvidar que lo único que nos va a llenar en los momentos finales, cuando ya todo nos sea innecesario, es el amor que hayamos sido capaces de sentir y dar a los demás.
En El amante lesbiano va más allá y desde el título osa aludir a una forma de entender la sexualidad que rompe con las normas impuestas por la moral tradicional y, además, ya sorprende al apuntar hacia una dirección que no suele contemplarse al tratar sobre la sexualidad: frente a la tajante división de los sexos en masculinos y femeninos que nace de la presencia de determinados cromosomas y de un tipo de genitales, él sostiene que hay unas subdivisiones que aporta el cerebro que no siempre coinciden con el sexo masculino o femenino como aparentemente se pudiera afirmar a partir de los órganos sexuales y la tesis que defiende en la novela con el caso de Mario, el protagonista, es que “hay machos que se sienten hembras y hembras que se sienten machos” (p. 142) y, entre las múltiples variantes finales, por utilizar su lenguaje, Sampedro desarrollará dos tipos Dominante y Sumiso, pero en una dirección distinta a la tradicional, según señala, “el modelo oficial sólo tolera la castidad o la dominación del varón y la sumisión de la hembra en la pareja heterosexual. Los demás experimentos de la Vida se ven forzados a adaptarse, fingir, frustrarse o sufrir las etiquetas de “pecadores” o ”pervertidos”.” En el texto para clarificar más la idea apostilla a continuación, “Como escribió Lorrain, “llaman vicio al placer que la sociedad no tolera”. (p. 143).
El autor construye la novela en dos bloques muy desiguales entre sí; en el primero, que podríamos calificar como de virtual, nos ofrece el largo proceso que sostiene el protagonista hasta reencontrarse consigo mismo, lo que no es otra cosa que el descubrimiento y realización plena de su propia sexualidad que se mueve en el plano de las diferencias que apunta el título; el segundo supone una traslación de los acontecimientos narrativos al plano de la realidad y, también, de broche verosímil a la historia.
La perspectiva escogida para ofrecer al lector la materia narrada es la propia de un punto de vista interno, por lo que las emociones, sentimientos y recuerdos, que serán la parte fundamental junto con las explicaciones racionales a la situación peculiar de la sexualidad del protagonista, le serán entregadas al lector desde el yo de quien vive, sufre, y, al final, goza, las diferentes peripecias que componen la trama. Y el autor le hace enfocar lo narrado desde ese instante límite en el que la vida roza el último confín y aún tiene vigor para rehacerse, en el plano de la memoria, antes de diluirse en los dominios de la muerte. Se desarrolla, pues, la historia, en ese instante en que se produce la transición de la vida a la muerte y, según algunas teorías, hay tiempo para dar un repaso fugaz a lo que ha sido el proceso vital; situación que Buero Vallejo utilizó en La detonación y que también han utilizado otros novelistas.
Pese a que el autor parte de ese encadenamiento de asociaciones mentales que pueden producirse en el cerebro no recurre, como fórmula constructiva, de forma sistemática a esas asociaciones caprichosas que podían establecerse entre las neuronas. No hay un uso continuo de la técnica del fluir de conciencia que dio lugar a obras tan complejas como algunas de los años del experimentalismo -Juan Goytisolo, Germán Sánchez Espeso, por citar a algunos de los novelistas que las utilizaron- en las que el tiempo discurre en continuo zigzag y obliga al lector a insondables quebraderos de cabeza para reconstruir el hilo argumental, ni se desata en una escritura surrealista como la de Cela en Madera de boj en la que la anécdota se hace pedazos en miles de añicos y, al lector, sólo le queda la hipnosis que le produce la belleza de la palabra; ni siquiera plantea la reconstrucción del pasado a través de los juegos de la memoria que utiliza el mismo Sampedro en su obra más ambiciosa, Octubre, Octubre.
Sampedro reconstruye el proceso evolutivo de Mario, cuenta su historia -en eso consiste el arte de narrar- de una forma casi completamente lineal pues, a partir del momento en el que descubre la caja de postales o el arcón de los recuerdos, los encuentros permitirán al lector seguir el curso de los sucesos con leves retrocesos y rápidos saltos hacia el presente; es decir, la trayectoria vital, centrada exclusivamente en lo concerniente al periplo que le lleva a su cima amorosa, va a ser reconstruida con leves cortes con lo que se facilita la comprensión de los aspectos significativos de la infancia, el paraíso inocente en tierras norteafricanas, juventud, encuentro en su adolescencia con Farida -mujer casada amiga de sus padres y luego su mentora y maestra dominadora-, ruptura matrimonial, y también el reencuentro con personajes claves en su vida como su madre, su tío Juan, el conocimiento de la personalidad de su padre, que es especialista en cultura árabe, ...
En contraste con numerosas apoyaturas realistas que nos descubren algunos aspectos parciales del Madrid de los años treinta, con frecuencia sólo apunta o menciona lugares de su paraíso de inocencia en África exclusivamente con el nombre -con el vacío que pueden traer para la mayoría de los lectores la mayoría de los nombres africanos que inserta- o con descripciones impresionistas: “puñado de casuchas, calles vacías, aire polvoriento, ceniza de sueños frustrados.” (p. 38) Esto aporta cierta ambigüedad espacial, desprendimiento de lo terreno, y a ello se une también otra de carácter temporal, pues se postergan los elementos temporales en esa búsqueda de la autenticidad en que se halla el protagonista, búsqueda que se realiza, además, con una elusión total del entorno exterior al protagonista. El autor prescinde de los acontecimientos externos para adentrarnos progresivamente en la espesura de las galerías de Mario, cuya intimidad se plasma, además, fuera de lo temporal, pues pronto se le advierte al lector que se han parado los relojes y el protagonista se siente fuera del tiempo.
Una consecuencia de esa situación virtual en que suceden las vivencias de Mario es el rápido encadenamiento de las secuencias gracias a elipsis continuas y porque la transición de unas vivencias a otras se desarrolla por encadenamiento verbal de forma que la asociación caprichosa, en algunos instantes, de las neuronas le permite yuxtaponer espacios muy distantes entre sí como en el plano onírico ocurre, sin que al lector le resulte anómalo pues, una vez transcurrido el salto, el proceso continúa de forma lógica ya que la sintaxis no se resiente del salto espacial o temporal que, casi siempre, para hacerlo más natural, el autor apoya en un elemento material, como pueden ser una caja de postales y el arcón de las prendas usadas que funciona como baúl de los recuerdos.
En cuanto al redescubrimiento de la “otra historia de Mario”, “la culminación de mi ser”, que dice él mismo, es todo un proceso gradual que Sampedro se encarga de descubrir con una gran minuciosidad en cada una de las distintas fases que van desde el mismo arranque, la conciencia de su diferencia -que justificará por el peso de la herencia ya que su padre también lo es- hasta la cima del encuentro con la amada y una relación íntima con ella. El proceso se apoya en teorías arábigas - el peso de Rumí, la mística sufí, el vitalismo árabe ya estaban presentes en obras anteriores de Sampedro- y lo ejecuta en paralelismo con el proceso de ascesis que relatan los místicos españoles hasta llegar a su encuentro con Dios, con lo que no ha de extrañar que toda la imaginería que aparece en los tratados de santa Teresa sobre la vía unitiva, purgativa y contemplativa tengan alguna traslación a un proceso amoroso en el que Mario aspira a encontrarse con Farida, su diosa dominadora la cual no se entrega a él hasta que no le considera digno de ella, según las particulares ideas que ella ha descubierto en una concepción de la sexualidad, la “ipsoterapia”.
Un lenguaje erótico-místico, acumulación de metáforas y ambigüedad, en un principio, en alguna de ellas, -hazme tu pan y tu espada- serán algunos de sus rasgos expresivos. La desacralización de las imágenes religiosas será un recurso técnico muy usual, pues adviértase, lo recalcamos una vez más, que se trata de un largo camino amoroso en el sentido más absoluto del término amor y el paralelismo de un sujeto sadomasoquista con los místicos, aunque choque, Sampedro lo justifica porque las monjas y frailes de nuestros conventos asumen unos ejercicios en los que está presente un dolor y un sufrimiento que los demás lo vemos como tal, pero que ellos, por el dominio cerebral, no lo sienten así, porque es la vía necesaria para conseguir su gran objetivo que no es otro que hacerse merecedores de la unión con el Amado.
Junto a este lenguaje, en el que la exclamación es usual como fórmula para exponer la alegría más íntima, está una morosa delectación en lo sensual; así abundan las sensaciones táctiles en la descripción de los primeros contactos de la ropa femenina con el cuerpo de Mario que nos recuerda a algunas páginas de Felipe Trigo cuya figura nos parece ver aletear en varios pasajes y, sobre todo, en la concepción general del propósito del autor -salvadas las distancias-: un deseo de revelar al público los misterios del amor como fuente de la Vida, con mayúsculas en ambos escritores. No obstante, la erotización del lector que buscaron algunos seguidores de Trigo la evita Sampedro, pues cierra las situaciones con muchísimo tacto sin que por ello quiera decir que evita decir lo que juzga imprescindible para el desarrollo del proceso erótico en curso como serían las alusiones a erecciones y derrames ya sean provocados por un proceso fisiológico normal o por la caricia, ni mucho menos la minuciosidad descriptiva de los procesos en los que el sufrimiento físico se convierte en fuente de satisfacción sexual. Aunque la exultación del protagonista sea mucha, el autor sabe contenerse y evita párrafos que podrían resultar turbadores en determinadas conciencias de lectores; lo que no quiere decir que no resulten duros y desagradables a más de uno y haya quien se vea obligado a abandonar la lectura; lo harán más por las situaciones que ha de pasar el personaje que por el lenguaje procaz, pues siempre lo evita el narrador, lo harán por el rechazo visceral que les pueda producir el paralelismo del proceso de Mario con ritos sacros -bautismo, comunión...- o unas imágenes de procedencia bíblica o por comparaciones con el santoral -san Sebastián azotado y asaeteado-, puesto que no encontramos en el autor una actitud provocadora ni voluntad de zaherir sentimientos íntimos de ninguno de los lectores.
Esto no quiere decir que no haya en la tesis de Sampedro un propósito claro de crítica a la moral oficial dogmática, como señalamos al principio. En esto sí que es tajante, pues, frente a la condena social, Sampedro defiende que una situación de este tipo en una persona que no puede interpretarse como pecado de ninguna forma porque cree que es el resultado de una evolución natural, producida por el azar, por lo que si hay pecado la culpa ha de recaer sobre Dios por hacer al hombre mal (p. 46); pero no es preciso llegar a esos extremos pues se encarga de destruir la existencia de Dios al convertirlo en una idea personal propia de cada sujeto que si tiene una existencia generalizada en las distintas mitologías no prueba su existencia sino la necesidad de su invención ( (p. 46)
También hay una presencia de un lenguaje que emparenta con la lírica culta del siglo XV y de los cancioneros y la captación de sensaciones gustativas, olfativas que acaso tengan que ver con Gabriel Miró, no en vano el entorno alicantino le resulta muy grato a Sampedro.
Ese deseo de equilibrio que le lleva a andar con tiento para no caer del alambre al abismo de lo pornográfico, quizás sea lo que le obliga a rebajar la calidad del texto pues el autor recurre en demasía a un diálogo en el que el nivel léxico disminuye la capacidad expresiva del narrador y, sobre todo, para explicitar ideas cuya exhibición a través de situaciones vividas por el protagonista sembrarían de oscuridad el contenido, Sampedro inserta numerosos excursos ideológicos que tienen tanto en la novela como de cara al lector, o al menos eso nos parecen a nosotros, un claro afán didáctico.
Quizás lo más sorprendente sea que nos encontramos ante una novela de pura cepa española en la que resalta una veta, la del vitalismo arábigo, que fue excluida de nuestro acerbo cultural por la imposición de la ascesis cristiana que frente a la liberación de los instintos impuso la represión como norma de vida y espiritualidad. Por otro lado, El amante lesbiano nos parece una novela en la que se defiende la sensualidad humana y está escrita para hacer reflexionar más que para proponer goces a los sentidos, con lo que se la puede encajar en esa línea de novelas a contra corriente, las de corte intelectual, como La mar nunca está sola, de Robert Saladrigas, que tan poco frecuentes son en nuestra narrativa, más dada a la anécdota frívola que a la honda preocupación humana; son las de esta última clase las que, por ahondar en el análisis de la condición humana, adquieren un carácter universal.
En El amante lesbiano no sólo defiende al hombre en general, sino que se centra en la defensa de aquellos que son diferentes, en los que también puede haber una gran cantidad de amor, pues son capaces de sufrir y soportar vejaciones que frívolamente nos atreveríamos a llamar innobles, pero que, para Sampedro, tienen una interpretación muy diferente, pues en su sumisión encuentra una muestra de su poder sobre el Dominante. En suma, una obra más en la que José Luis Sampedro muestra su interés por llegar a lo más profundo del ser humano, a ese lugar en el que se encuentra la clave de muchas aberraciones y también, como en esta historia, la fuente de un intenso amor, que, pese a ser diferente al de la mayoría, tiene en la naturaleza humana, igual que los demás, su más honda razón de ser.
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2014-11-17

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EL TERRITORIO DEL MASTÍN, territorio del lector

Nos hallamos ante un relato unitario en el que su autor, Tomás Salvador González, con una extraordinaria habilidad y un paciencia propia de un orfebre, ha conseguido ensartar en una única historia numerosos relatos -algunos de muy corta extensión- interrelacionados de forma que, pese la disparidad de asunto y tono, cada uno de ellos aporta un elemento o matiz importante para la configuración del argumento.
La anécdota narrada es, en sí misma, como corresponde a un relato corto, muy simple, ya que se trata de la disolución de una amistad de tres jóvenes castellanos, a partir de un encuentro que quiere ser una reunión para fortalecer el trato entre ellos, ajenos los tres amigos, en el momento de la convocatoria, al paso destructor del tiempo y al peso del azar en la vida humana.
El relato consiste, pues, en una sarta de secuencias para narrar, seis años después, esa llegada a la cima a partir de la cual cada uno ha escogido una senda distinta. No obstante, muchas de las secuencias, sobre todo las iniciales, están escritas para presentar, por aquello de que las historias conviene empezarlas por el principio, como aconsejaba Lázaro de Tormes, el nacimiento de la amistad entre los jóvenes universitarios y la consolidación de la misma por afinidades estéticas, literarias y políticas. La tercera y última parte es la narración de una estancia en un pueblo próximo a Salamanca, Sanmorales, junto a otros amigos, y los incidentes que surgen especialmente los de la última noche; en ésta los jóvenes recalan en los bares de la zona universitaria salmantina sin que el azar les permita lograr una noche mágica, ya que los transporta, por un cruce, inesperado como todos, de los hilos del destino, a una casa de socorro.
Pese a que haya un anclaje realista de la acción y de los personajes, la obra se aleja totalmente de ese realismo de las apariencias para buscar otro más profundo; sin embargo, lo que atrae más al autor no es la historia en sí, sino el arte de contarla, como ya se habrá adivinado por lo que hemos dicho más arriba.
La relajación de los lazos de una amistad es la excusa para un trabajo literario en el que sobresalen varios aspectos: el ensamblaje constructivo, la variedad de tonos y de voces y el dominio del lenguaje. Todo ello no está utilizado para reforzar la historia -sólo adquiere aires dramáticos en los últimos momentos-, sino para inventar un juego para solaz del lector.
El novelista reparte la materia narrativa en forma de fichas construidas por medio de voces diversas y desde enfoques distintos; con ellas el lector tiene que reconstruir, mediante su engarce, los rasgos claves de los personajes y la progresión de la historia. Exige, por tanto, el novelista al lector una mente activa, creadora; ha de estar plenamente despierto para no dejarse engañar por las trampas, las pistas falsas, y no debe dejarse adormecer por los juegos fónicos, reiteraciones musicales, ni perderse en el laberinto de las enumeraciones caóticas.
Ha de coger, en cada secuencia, el hilo de Ariadna para seguir con la historia y ser capaz de percibir entre las todas voces una, la auténtica, -en la desorientación que produce la estructura laberíntica puede estar el único punto débil de la novela- porque, en ocasiones, los personajes secundarios levantan la voz como en esas piezas en que el coro se superpone al solista, y en otras, la memoria -la mala memoria- enmaraña los sucesos del pasado con la ruptura del tiempo, la enfatización de lo aparentemente secundario que, como puede imaginarse, no es tal ya que por eso permanece grabado en la memoria del sujeto que lo rescate de la región en que habita el olvido.
Estamos ante una obra escrita para lectores de novela que no tienen miedo a enfrentarse con los artificios del autor -ya sea la presencia de lo simbólico o el tono surrealista-; lectores con capacidad para olvidarse del entorno y no distraerse de la manos del novelista que, como los magos, puede sacarse de la manga, en cualquier momento, lo más inesperado. En el primer nada por aquí, nada por allá oculta la presencia destructiva del tiempo que el lector, atento a las palabras, no advierte, y luego se encuentra con el azar como elemento fundamental en la vida del ser humano capaz de generar lo lírico y lo grotesco, lo vulgar y lo absurdo; por esto no ha de sorprender que, en el momento menos esperado, se presente la tragedia, primero de una forma tangencial para propiciar el inicio del ascenso de la tensión -las chicas ahogadas en el río- y luego la muerte, en claroscuros nocturnos, parece acechar al grupo de protagonistas.
Aunque el autor se desmarca de las construcciones lineales tan frecuentes en las novelas que buscan el éxito masivo, popular, las complejidades constructivas no son el círculo marcado por un mastín con ladridos amenazadores; más bien, a nuestro parecer, el engaste de las secuencias es una propuesta para participar en la creación de una historia y de unos personajes, en la soledad enriquecedora de la imaginación propia, en ese campo sin límites y sin formas que es el territorio del lector.

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2014-11-12

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HACIA EL FINAL DE LA PASIÓN POR LOS LIBROS


Los signos de los últimos tiempos nos parecen claros: llegará un día en el que los libros, en el formato en que han llegado hasta nosotros, habrán desaparecido de la vida cotidiana; tardarán aún varias generaciones en verlo, pero, inexorablemente, lo que antes, por ejemplo a mitad del siglo XX, parecía imposible, será realidad: nos guste o no, los días que faltan para esa fecha fatídica son contables, aunque, por ahora, seamos incapaces de contarlos. Las nuevas tecnologías, los cambios sociales, las nuevas formas de vivir se llevarán por delante esas encuadernaciones de hojas de papel que tanta felicidad, desasosiego, misterio, ensoñación, fantasías, conocimientos, compromiso, maduración personal, descubrimiento de la vida y del mundo, en fin, esperanzas…, que tanto entretenimiento, luz y caminos han aportado a la sociedad en los últimos siglos. No es aventurado decir que las personas que han nacido en el siglo XXI conocerán su desaparición, sino también que muchas, con sus hábitos, sin saberlo, contribuirán a ello.
Aunque no nos guste esta perspectiva, es fácil de comprender que algún día desaparecerá la pasión por el libro y la primacía de su uso generalizado como elemento básico de formación cultural de las personas ya se ha iniciado; no obstante, siempre habrá –rara avis- recalcitrantes que sientan devoción por ellos y los veneren, cuiden y busquen como coleccionistas y es posible que las bibliotecas pasen a convertirse en museos del libro.
Los bebés de las últimas generaciones –cada vez más precoces en determinados aspectos- en cuanto tienen cierta capacidad mental y de movimiento se echan encima de sus padres que, con frecuencia están en el sofá, con un dispositivo en las manos; la mente del bebé, aún sin abrir al pensamiento, es atraída por el encanto de figurillas en forma de dibujos animados que se mueven constantemente, ríen, cantan, bailan y, en suma, la pequeña actividad mental del bebé empieza, por la vista y el oído, a ser seducida por el artilugio hasta el extremo de que, en el caso de que los infantes sean renuentes a comer, sus padres, con la mejor voluntad, utilizan estos medios como recursos para que se alimenten; y es posible que el uso de la tableta no sea solo una vez, sino varias veces al día. Son medios que ayudan a mantener la atención en la pantalla y, distraídos de lo fundamental en ese instante, los niños abren la boca más atentos a la pantalla que a la comida. Así los padres consiguen uno de sus deberes primordiales. Es cierto que la frecuencia de su uso se convierte en una necesidad, pues la seducción es de tal grado que los niños se acostumbran a exigir los dispositivos electrónicos como requisito indispensable para empezar a abrir la boca. El afianzamiento de los hábitos puede ser de tal magnitud que, si los padres no lo dominan y cortan, en vez de ceder en cada ocasión, es posible que se les desarrolle una adicción que los psicólogos ya denuncian como altamente perjudicial para el desarrollo mental de los niños. La medida tiene, pues, sus ventajas e inconvenientes. Tras la adquisición de una familiaridad con tales artilugios tecnológicos nos tememos que luego los libros no les resulten tan atractivos, sugerentes ni apasionantes. Y así puede comenzar un distanciamiento que será mayor en cada nueva generación. Y si no adquieren de pequeños ese contacto lúdico y no lo ven como una puerta abierta a la sorpresa, a lo magia, al misterio, es difícil que se habitúen de mayores cuando las contraofertas serán más frecuentes y llamativas.
Habrá quien me objete que las nuevas tecnologías están produciendo un fenómeno inverso: que cada día se lee más y tienen razón; pero no se leen más libros en su estado natural, la impresión en papel. Se está extendiendo, no con la velocidad que quisieran sus promotores, el uso del libro electrónico, ese preciado objeto de deseo en el que, en un mínimo e increíble espacio, se puede recopilar una biblioteca. Y se acabará por imponer a medida que pasen los años, pero aún somos muchas las personas que aún tenemos un apego fuerte a las impresiones visuales, táctiles y a la forma de comprensión lectora que hemos aprendido desde niños al pasar las páginas impresas encuadernadas en pasta o en rústica. Pero cada vez somos menos. La brisa de los días otoñales llena cada día el suelo de nuevas hojas caídas en cuyo envés es fácil entrever la imagen de una persona con un libro en las manos.
Que la desaparición del libro va en picado nos los muestran las librerías que se cierran, las editoriales grandes con pérdidas notables o escasos beneficios, las pequeñas que están en crisis…
En fin, aunque los síntomas vayan en la dirección apuntada, la pasión por los libros aún se mantendrá, por fortuna, durante muchos años; no olvidemos que uno de los fenómenos de las últimas décadas es la proliferación de clubes de lectura, lo que significa que aún perdurará por algún tiempo la pasión por los libros tal como los conocemos hoy día.
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2014-11-12

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DE MIS LECTURAS: NOTAS DE AYER Y DE HOY

La mar nunca está sola, de Robert Saladrigas: una novela contra corriente.

En una época en la que domina la frivolidad en la mayoría de las manifestaciones artísticas y en la que, con frecuencia, se da el nombre de literatura a obras que son páginas para usar y tirar, sorprende el atrevimiento de un escritor, Robert Saladrigas, que va en una dirección contraria y, en vez de contar una historia fácil, inocua, osa plantear en esta novela los aspectos fundamentales de la condición humana y el papel que corresponde a la literatura, es decir, temas que transcienden del arte a la vida y son, además, capaces de traspasar la circunstancia local, Cataluña, y de expandirse no sólo hacia este corral nublado meseteño -que si no lo es, parece serlo cada vez más-, sino también puede superar cualquier tipo de frontera por la dimensión universal de sus temas.
Robert Saladrigas presenta la andadura vital y las ideas claves sobre la vida, la muerte y el arte de un escritor noruego que yace en la alcoba de un clínica barcelonesa con la seguridad de que su último día está ya inminente de una forma inevitable. El autor escoge como narrador al mismo protagonista quien, en conversación con enfermeras, médicos y un amigo, tira de los hilos de su memoria para que el lector tenga los retazos y entrecruzamientos de todas su líneas vitales; a este elemento - la serie de conversaciones- hay que unir, además, un par de cartas que vienen a completar el periplo de este personaje, una serie de causas que le ha llevado desde su lugar de origen, una pequeña ciudad noruega, a las riberas del Mediterráneo.
La situación irreversible del protagonista, contagiado en un acto de amor con la mujer querida, le da pie para sostener una visión pesimista de la existencia humana y si la acepta, sin rebelarse ante la injusticia y el sufrimiento sin sentido que tanto abunda por todo el mundo, no es por sus creencias religiosas, sino como resultado de su racionalismo agnosticista. No necesita para entender el mundo de la idea Dios, de ahí sus ocasionales críticas a la Iglesia y a su representante máximo actual por su postura ante el aborto, la pena de muerte y la eutanasia. El conjunto de miserias humanas y de sufrimientos sin perspectivas de remisión no le lleva a una concomitancia con la angustia existencial de los pensadores europeos de la primera mitad de siglo, sino que supera la postura de Camus con una dosis de serenidad ante circunstancias inmutables que tiene mucho que ver con el senequismo.
El personaje recordará dos vertientes de su pasado: la vida privada y la profesional; no serán polos opuestos sino que se fusionan con frecuencia. A la primera dan consistencia los conflictos amorosos que giran en torno a la imposibilidad de convivir con la mujer de su vida por cobardía propia y por los obstáculos que le plantea, en los momentos claves, su hija, a la sazón, adolescente. El segundo plano, el profesional, incidirá notoria y desgraciadamente sobre la vida privada como consecuencia de una denuncia por obscenidad que sufre tras la publicación de su segundo libro. Incidente que le producirá el síndrome de la página en blanco y una esterilidad con lo que esta conlleva de muerte para el escritor, ya que ésta no será pasajera sino que le durará más de veinte años. De ahí arrancará una vida en continua soledad y un odio tanto para el entorno local en que se aísla para tratar de romper esa situación como al nacional, un odio que acabará convirtiéndolo en un hombre errante por todos los mares del mundo enrolado en barcos pesqueros y a vivir en los cuatro continentes dedicado a trabajos muy dispares.
Junto a la narración de los actos del protagonista también hay presentación de otros, un cuento de entronque sudamericano, leyendas noruegas, anécdotas en unos casos para mostrarnos metáforas de la vida, en otros para señalar al lector la importancia de azar y el encadenamiento de causas, aspectos claves para entender la visión de la vida y del arte tiene el protagonista. Saladrigas nos entrega el contenido de la obra como un ejercicio de oralidad presentado de una forma peculiar, pues, si lo hace a través de un conjunto de conversaciones, sólo nos permite escuchar la voz del novelista enfermo, que, para dar continuidad a su discurso, de cuando en cuando, se apoya en diversas frases de sus interlocutores; de esta forma Saladrigas convierte lo que, en la realidad, debía ser un diálogo en un monólogo.
Como es una novela intelectual, son sus contenidos, junto a la envoltura con que nos los ofrece al lector, lo más sobresalientes, pese a que la mayoría de ellos sean muy obvios; si los resalta es, sin duda, porque el hombre actual los tiene, si no olvidados, sí arrinconados, procura no hablar de ellos porque resulta poco elegante y prefiere esconder su propia miseria en el aturdimiento de la vida cotidiana. Saladrigas resalta que el hombre es un ser para la muerte, que el sufrimiento inevitable es algo inherente a la naturaleza humana por ser el hombre el único ser con raciocinio; además afloran otras reflexiones como la injusticia que sufren los inocentes, la ignorancia y las falsas ilusiones, -Nieztche al fondo-, como condición para ser feliz, la soledad, la vida como conflicto, la relación entre el hombre y el artista, el predominio de lo vital sobre lo artístico, la fidelidad del escritor para consigo mismo, la confusión entre la realidad y la invención... y entre los ingredientes no narrativos inserta referencias cultas del mundo del arte, la música y la literatura. Con esto ya queda anotado que esta novela supone una superación del realismo de obras anteriores del propio autor, como El vuelo de la cometa, El sol de la tarde; aquí se adelgaza la trama por medio de la presencia de la elipsis y de la síntesis y, además, engalana muchos episodios con una transcendencia simbólica, prueba fehaciente del tratamiento artístico que Saladrigas da a la materia literaria.
El autor, mejor acaso que el personaje, se apoya, con frecuencia, en elementos del entorno cercano para saltar, a través de la memoria, al pasado; sin embargo, peca, a veces, de la interrogación retórica y de apuntes descriptivos de lo próximo, e incluso, de elucubraciones sobre alguna persona de la clínica, reflexiones que no tienen, en la mayoría de los casos, otra significación que la demora, ciertamente voluntaria del ritmo narrativo.
Respecto a la lengua podemos señalar que la traducción de Flavia Company -es proverbial que una novela catalana para triunfar en España haya de traducirse al castellano- es muy pulcra, aunque se le escape a la traductora alguna rima interna y alguna expresión poco exacta. El tono coloquial se levanta progresivamente y el lenguaje que, en un principio, parece desnudo, se enriquece afortunadamente con la traición a la verosimilitud; la calidad y el dominio de la lengua nos la muestra el autor con la transgresión al principio que estructura la novela, la oralidad, pues hay párrafos en los que inserta estructuras plurimembres que son más propias de la lengua escrita que de la hablada.
Nos encontramos, pues, ante una novela cuyo autor apuesta por la reflexión y plantea cuestiones que, por comodidad, el hombre prefiere orillar Si hace unas décadas se exigía al lector una colaboración muy activa -años del experimentalismo literario- para descifrar algunos rompecabezas narrativos, Saladrigas sólo nos pide sosiego y soledad, una insignificancia en esta vida cada vez más ajetreada, para enfrentarnos no con la novela, sino con nosotros mismos; nos exige, en suma, con el ejercicio de la lectura, adentrarnos en la conciencia de nuestra propia fragilidad, aprender a vivir y también, en antítesis quevediana de las que hay varias en la obra, a morir después cada uno en consecuencia. Así de sencillo, una propuesta que sólo es posible desde la madurez ya granada, como la que hay en la vida de Saladrigas, tanto en lo humano como en lo artístico. Como al lector le ha de interesar este último aspecto, baste recordar que su obras han sido galardonada con diferentes premios y, concretamente, esta novela que hemos comentado con el Carlemany para versión original en catalán.


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2014-06-12

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¿MUERTE DE LA NOVELA EN EL SIGLO XXI?

Los números tienen poder mágico y actúan sobre las personas con efectos desconocidos. Nos hemos acostumbrado a poner al tiempo números y, al principio de este siglo, con eso de que se iba a cambiar la serie numérica en la que estábamos incardinados, se levantaron pronósticos -¿lo recuerdan ustedes?- sobre cuestiones baladíes y sobre las más profundas; se revisó todo lo que se había hecho en el periodo al que se ha llamado siglo XX y lo que se puede conseguir en el presente siglo XXI. La novela no ha quedado al margen de los augurios; así, mientras unos entonaron los gorigoris de sus funerales, otros se apresuraron a notificar que las próximas ficciones, porque los tiempos que se avecinan han de ser más serios, pragmáticos y no se podrá perder el tiempo en imaginarios calenturientos, tendrán fuertes componentes ensayísticos. Lo más gracioso, para quienes nos movemos en la quietud de la vida de los pueblos y, por tanto, aún no hemos notado el acelerón de la historia ni mucho menos su fin, es que muchos parecían vestirse con los atuendos solemnes de Rappel en los cursos de las universidades de verano y lo decían con tal seriedad que, ya sean jovencitos o entrados en años, si no supiésemos que el papel exige esa pose, diríamos que se creen, como todos los que cada final de año lanzan augurios para el siguiente, sus propias predicciones. Como se las creía el señor Ortega y Gasset cuando en los años veinte del siglo pasado pronosticaba el fin de la novela, o como, cuando en los finales de los setenta, se despotricaba contra el realismo y la narratividad con tal fuerza que quienes lanzaban esas prédicas parecían enterradores que deseaban acabar con lo que se había hecho antes y ponerle la cruz sobre la tumba.
Quienes vivimos en un pueblo vemos a veces a dos o tres personas que construyen, de consuno, una ficción a partir de determinados datos de la cercana y común realidad y lo hacen de forma muy diversa a otro grupo que se halla no muy lejos de ellos y con el mismo motivo de conversación; por ejemplo, he oído múltiples versiones a partir de la versatilidad de la fortuna, cambios rápidos entre lo bueno y lo malo, el placer y el dolor, el vitalismo y la presencia de la muerte... Sí, imagínense que, a partir de la intervención del azar en un movimiento de una pierna humana se pone a girar la rueda de la fortuna e, inmediatamente, quienes antes estaban en un coche situado en un plano inclinado próximo a un pantano haciendo gimnasia erótica en unos segundos están luchando por sobrevivir, porque el vehículo ha caído en un lago. Personajes, acción, tiempo, punto de vista, temas y otros componentes de la técnica narrativa son utilizados de forma muy diversa por los fabuladores de cada grupo. Cada uno aportaba datos diferentes para confluir en un final de muy diversa significación. En definitiva, que, aunque a los popes sagrados de la cultura les parezca que el fin de la novela es algo que se ve venir, para quienes vivimos al margen de la existencia -hoy sólo existe lo que aparece en la televisión- el contar historias es algo connatural al ser humano y siempre le apasionará saber qué es lo que ha pasado, no sólo a sus vecinos, sino que cualquier otra historia podrá engancharles si el narrador sabe despertar el interés por medio de la acción y de sus personajes. La indagación sobre el presente o sobre el pasado -ahí está esa impresionante novela de Vargas Llosa La fiesta del chivo- y también las ficciones sobre la sociedad del futuro, como las que encontramos en Fahrenheit 451, de Ray Bradbury., siempre serán cuestiones abiertas a la curiosidad del ser humano y en ellas, mañana igual que ayer y hoy, se podrán situar miles de anécdotas sugestivas. Mientras la utopía sobre la tierra no se haga realidad siempre habrá dramas humanos que merecerán y deberán ser contado a los demás; en unos casos serán acciones trascendentes protagonizadas por personajes hercúleos, dignos de admirar; en otros la acción puede ser ejecutada por personajes insignificantes como somos la mayoría de los mortales. Esto no quiere decir que todas las novelas tengan que tener la dura existencia humana como eje de la acción novelesca; pueden muy bien los novelistas que, en vez de fijarse en la épica que subyace bajo la piel de cada emigrante que pasa el Estrecho en patera, fije su objetivo sobre la buena vida de la gente guapa, o le hinque el diente a los límites entre la novela y la realidad, entre lo divino y lo humano o satirice lo que quiera poner en solfa...; sean todas bienvenidas si saben enganchar con la acción y, tras jugar con los distintos elementos que componen una novela, construir una obra de arte.
Como no estoy yo tan seguro de que mi idea sobre la pervivencia de la novela sea cierta y no puedo hablar con la rotundidad que he visto en algunos gurús del mundo de la ficción narrativa, les aconsejo que lean novelas, ahora que las hay; no sea que se acaben y sea difícil hacerse con ellas. Lean novelas –acaso después puedan dar el salto a los libros de poesía, teatro, ensayo-; es indiferente el modo, el lugar, la hora, incluso, hoy que se hablan de sistemas electrónicos, escojan el que esté a su alcance o se acomode mejor a su edad, a su estado físico; y una sugerencia, si son ustedes habitantes de una gran urbe, aprovechen el tiempo que van en el metro para acortar la distancia con la lectura; les aseguro que podrán escapar de esa boca negra, acaso por El Túnel, de Sábato, y, si se encuentran a gusto en la oscuridad, podrán adentrarse en El corazón de las tinieblas, de Conrard; si se estropea la refrigeración, vayan preparados con La mar nunca está sola, de Robert Saladrigas… Escojan lo que escojan, algo podrán sacar de provecho para la vida o para su enriquecimiento personal, porque, desde antiguo se viene recordando, como hacen el autor del Lazarillo y el mismo Cervantes, la frase de Plinio de que “no hay libro, por malo que sea, que no tenga alguna cosa buena”.
Aunque uno tiene sus dudas, acaso pueda afirmarse que la novela no morirá, mientras el hombre tenga curiosidad –ojalá sea sana curiosidad- por las vidas ajenas.
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2014-05-27

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DE MIS LECTURAS. NOTAS D EAYER Y DE HOY

Intemperie, de Jesús Carrasco: el descubrimiento de un mundo inhóspito


Resulta sorprende la historia de la primera novela conocida de Jesús Carrasco de la que hemos sabido que ha sido un éxito en el exterior antes de publicarse en España; no sabemos si esto indica una buena gestión o una desconfianza inicial frente al mercado interior. Lo de las rápidas reimpresiones del texto en España podría hablarnos de la importancia de los ecos y del boca a boca, al tiempo que nos revela un indicio de las modernas formas de impresión, pequeñas tiradas con las que se evitan gastos de papel y almacenamiento y la rapidez en la impresión de cuanto es necesario. Pero estos aspectos relacionados con la recepción de la obra de Jesús Carrasco tienen mucho que ver con los valores de la novela. Y lógicamente, aunque a cada lector le puede le puede atraer algo especial, por su propia subjetividad, Intemperie tiene que tener algo atractivo, valioso, pues de lo contrario no tendría tanta aceptación. La incógnita de sus valores ha despertado nuestra curiosidad y por eso nos hemos dispuesto a leerla y, sinceramente, no hemos quedado defraudado.
A medida que se avanza en su lectura llaman la atención la desnudez de la trama, la aridez desoladora del paisaje, la soledad de los personajes y su lucha por la supervivencia y, sobre todo, -advertimos que son notas personales- la crueldad del ser humano en su vertiente masculina; hemos de subrayar esta nota, porque un rasgo fundamental de la historia narrada es que en ella está soportada, en lo referente a los actantes humanos, exclusivamente por figuras masculinas. El énfasis que ponemos en esta nota no es óbice para reconocer que aparecen también ciertas notas de solidaridad pese a las dificultades en que discurren las vidas de los escasos personajes, como la ayuda al tullido pese al peligro que puede suponer para los dos protagonistas principales.
Otros rasgos llamativos son la indeterminación de las notas espaciales y temporales que nos permitan fijarla en un ámbito determinado y en una época concreta. Aunque como toda realidad humana sujeta a una realidad física y envuelta en un eje temporal, de carácter lineal, nos parece sacada del mundo real, tangible: una creación de la fantasía narradora del autor. Hemos de añadir otro rasgo básico, la ausencia de nombres propios para referirse a la mayoría de los personajes. Esta referencia a las personas por un nombre común nos parece que ha servido para que el redactor de la contracubierta caiga, a nuestro parecer, en el error de considerarlos como arquetipos cuando son simplemente seres humanos, algunos desvalidos, en circunstancias muy especiales y que en nada se pueden asemejar ni poder ser tomados como modelos para el resto de los mortales en su misma edad o condición. Son seres que viven en circunstancias extremas por el ambiente tanto físico como social en que se encuentran y, como los de la novela picaresca, han de salir adelante con su propio ingenio en un medio hostil.
La sencillez de la historia podemos sintetizarla en tres o cuatro momentos significativos: la escapada de un chico de su entorno –un pueblo casi deshabitado- sin que el lector conozca inicialmente las razones de su huida; el encuentro casual con un cabrero de escaso rebaño –nueve cabras y un macho- y de escasas fuerzas por su avanzada edad y cuerpo engarrotado; juntos emprenden una marcha que es también una huida por una llanura sinuosa e inhóspita hacia el norte donde puede estar la esperanza en forma de prados y lluvia y el paraíso en forma de una vida libre de las asechanzas persecutorias de un alguacil cruel, violento, que opera fuera de su jurisdicción, sin apoyatura alguna legal ni, por desgracia, moral. Además, un par de momentos de clímax creciente, para la integridad física del niño y del cabrero formarían el contenido básico de la anécdota narrada.
Aunque la novela está construida con una técnica realista ya hemos aludido a que la acción está sacada del mundo real, nos parece que es pura fantasía anclada en un entorno físico muy especial que tiene más relación con el mundo que podemos visualizar en nuestra mente como fruto de las construcciones cinematográficas de ciertas películas de los duros desiertos mexicanos que con la geografía española. El hambre, la sed, el desamparo y el miedo serían acompañantes de unos protagonistas, el chico y el pastor, que viven a la intemperie, sin un techo protector.
La indeterminación temporal se asienta en un pretérito indefinido como tiempo verbal básico de la narración; un relato que arranca con el chico escondido en un hoyo en medio de una llanura yerma por una sequía prolongada y que avanza con los apuntes minuciosos de pequeñas acciones que sirven para situarnos en un entorno creado con una gran minuciosidad descriptiva; esa atención que presta a lo minúsculo, aparentemente insignificante, es un rasgo peculiar; esto hace que el drama avance con un lento transcurrir del tiempo lineal con lo que se intensifica el áspero proceso de supervivencia. El lector conoce casi exclusivamente el presente con ligeras alusiones a través del recuerdo del niño de lo que ha dejado atrás: un pueblo, antes próspero, hoy abandonado. No conoceremos su pasado próspero que ha devenido en miseria, como si, por los pecados de sus gentes, -los sermones del cura afloran no obstante como línea directriz en la conciencia del muchacho- hubiese sido víctima de una maldición bíblica y los dos protagonistas, el niño y el cabrero, acaso pudieran ser los únicos que se avanzan hacia una posible salvación después de un éxodo por un erial en el que se alude, a veces, a restos de rastrojeras que indican que hubo un tiempo en que la llanura fue un vasto campo productivo, “un mar de cereales”. Las alusiones al tren cuya vía cruza el valle y la moto del alguacil son casi los únicos elementos para datar la historia en una ambigüedad lejana temporal en la que el autor ha querido fijar los hechos de su relato
El éxodo es un camino de iniciación, de aprendizaje para el muchacho que huye al lado de un anciano que le protege con una solidaridad que consiste en compartir la pobreza, la escasez de bienes, en un ejemplo de solidaridad de los pobres. Un duro caminar, especialmente de noche, para evitar ser vistos, con la única ayuda de un burro para el trasporte de algunos bienes, un perro para recoger el corto rebaño, disminuido tras el primer encuentro con el alguacil y sus hombres; un éxodo sin medios: caminar a pie, casi descalzos, con zapatos sin suelas el chico, por caminos pedregosos de lajas hirientes –de escaso alimento para el disminuido rebaño- y por únicos refugios ruinas de construcciones hundidas, restos de un castillo y, lo más inmundo y hediondo, una hondonada convertida en muladar. Un mundo en el que la maldad de los adultos es un animal desbocabado y el viejo es el faro que le guía con sus consejos “guárdate de la gente de ese pueblo” y le enseña pautas prácticas de supervivencia.
Un caminar con el miedo como acompañante continuo por lo grabado que está en la conciencia del niño el abuso de autoridad, la crueldad gratuita del alguacil y sus esbirros, el deseo de venganza por la pieza perdida con el incendio del matorral que crece entre las ruinas del castillo por si el niño está escondido entre los arbustos, a lo que añade en ese pasaje la matanza de cabras y la paliza al cabrero. Y, como algo escondido para el lector, pero siempre viva en la conciencia del chico, la causa de la huida; un motivo que el autor desliza en varias alusiones breves que arranca con la turbación del chico en el momento en que, al orinar el viejo, le ve el glande mal escondido en el pantalón y acaba con la revelación del ambiente sórdido en que el padre borracho le lleva a casa del alguacil y le deja a la merced de sus deseos, para que lo tenga como un trofeo de caza más, al igual que los que adornan –cabezas de muflones, venados, toros- su estancia.
Como recursos literarios utilizados por el narrador omnisciente la frase corta, sembrada de recursos estéticos entre los que sobresale la presencia de un léxico poco conocido por su relación con actividades del mundo rural, como albardinar, cañahejas, balasto, serijo, coscoja, sirga, apersogado, caliche… en el que rechina., pecado minúsculo, la confusión repetida en que cae en varias ocasiones al identificar como una única realidad lo que son dos utensilios de esparto diferente para trasladar objetos sobre un animal, el serón y las aguaderas. Ese paisaje inhóspito aparece transfigurado al sembrarlo el narrador de metáforas que con frecuencia presenta en construcciones nominales entre puntos, aislándolas así del elemento al que se refiere que ya ha adelantado en la frase anterior. Personificaciones de elementos de la naturaleza, animalización degradadora del ser humano, perífrasis suavizadoras de la situación y sobre todo, la elusión de la dureza de las relaciones entre el abusador y la víctima son otros recursos destacables. Para dar intensidad al relato recurre a veces a la prolepsis con breves avances en los que anticipa, como un triste augurio lo que ha de venir, “ninguno de los dos presintió la brutalidad de lo que habría de venir después”.
Como el narrador le ofrece al lector el relato enfocado desde detrás del niño, para evitar herir la sensibilidad de éste le ofrece la acción al lector con el silencio elusivo de lo que ha ejecutado el viejo. “El viejo no le habló de que, cuando se encontró con el ayudante, éste estaba despierto. Que deambulaba (…) Que cantaba y rezaba (…) No le dijo lo que, en su delirio, el ayudante le había confesado: la moto, la sala de los trofeos de caza, el padre, la manta, el silo, los tributos, el dóberman, el niño. Los niños. (…) Tampoco le explicó (…) Ni una palabra sobre el remolino de saña posterior, ni sobre la expiación en el ara del sacrificio.” (p. 206)
Y, en ese mundo desolador, un vestigio de esperanza a través del pasaje simbólico final; el momento en que el chico descansa, recostado al amparo de las ruinas de una casa de peones camineros, y le sorprende el golpear de la lluvia sobre una chapa que hay en el suelo; mientras llueve el chico, ya sin nadie en quien apoyarse, sin la compañía ni el magisterio ni el amparo del viejo, ve caer la lluvia “mirando cómo Dios aflojaba por un rato las tuercas de su tormento”.
Como puede verse, estamos ante una novela que pone delante de lector unos personajes y situaciones que no son usuales en la narrativa española y nos hace ser optimista ante futuras obras de este escritor.

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2014-04-21

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DE MIS LECTURAS. NOTAS DE AYER Y DE HOY

EN LA ORILLA, DE RAFAEL CHIRBES: LOS PROBLEMAS DE LA ESPAÑA ACTUAL COMO MATERIA NOVELABLE





El escritor valenciano Rafael Chirbes, atento a los problemas de su tiempo, desde su observatorio de Beniarbeig, toma los aspectos más candentes de la sociedad española actual, la crisis económica y los dramas que consigo conlleva, como eje de su última novela publicada, En la orilla (Anagrama, Barcelona, 2013); una obra, que ha sido muy bien recibida tanto por la crítica como por los lectores –elegida mejor novela del 2013 por los lectores de El País- y ha sido galardonada con diversos premios y acaba de ser elegida finalista al premio que otorga la Cátedra Vargas Llosa, de Lima, en el Perú. Aunque la leí el verano pasado, creo que, por su valor literario y por su rico contenido, merece que reflexionemos un poco sobre ella y animemos a que tenga más lectores.
Para contar la historia el novelista recurre a varias técnicas, desde la presencia del narrador omnisciente, a las estructuras dialogadas, pero lo básico es el monólogo interior, pero no de un solo personaje, sino de varios que, como en una coral, suman sus voces para formar un todo. La obra adquiere así un tono polifónico. Quiere esto decir que, a través de varias voces -de tonos, procedencia geográfica y léxico muy distintos- nos va a ofrecer la situación ruinosa en que quedan diversos personajes afectados por la crisis y, lo que es más importante, la pérdida de valores que ha traído el afán por el enriquecimiento rápido que ha predominado en los últimos tiempos en la sociedad española y, muy especialmente, en la costa; por observación directa, el autor ha situado la acción en un lugar, que, como la Orbajosa, de Galdós, no existe en el mapa, pero que, para el novelista, es el referente de la voracidad especuladora que existe en todos los parajes de la costa mediterránea española y, muy especialmente, en la valenciana; igual que Galdós, Rafael Chirles ha creado el entorno de Olba, Misent y sus alrededores –a los que sitúa no lejos de Alcasser y Picasent, p. 148– e, igual que el creador de los Episodios Nacionales, hizo con la localidad provinciana antes mencionada, Chirbes repite ubicación en esta última novela, pues el mismo entorno valenciano ya había sido el utilizado en Crematorio, con una trama diferente, pero con un propósito similar: mostrarnos la progresiva degradación de la sociedad moderna en la que, acaso como manifiesta un personaje, cada vez podemos tener más comodidades, pero “somos menos personas”.
Antes de continuar, conviene señalar que el título, En la orilla, nos lleva a las márgenes de un pantano, próximo a la costa, al que se han arrojado los desechos materiales; y, en los tiempos que vivimos, en todas partes, la sociedad española se ha caracterizado por el auge desmesurado de la construcción y sus detritus, los escombros, se han ido vertiendo donde resultaba más barato sin pensar en el daño ecológico que se producía. Pero la desecación del pantano no es exclusiva de ahora, había arrancado después de la guerra; en aquel tiempo nos menciona el autor en la novela –pero que responde a la historia real de la España de posguerra- se donó extensas parcelas a camaradas excombatientes y a generales que se habían significado en la represión de quienes habían luchado en defensa de la legalidad republicana y, con las parcelas iba anexa la autorización para que pudiesen proceder los agraciados al aterramiento de las zonas del humedal colindante para convertirlas, en muchos casos, en explotaciones cítricas a gran escala. Luego, en los últimos tiempos, los naranjos serán arrancados por modernas maquinarias para dar paso a la especulación al modificar las calificaciones de los terrenos de rústicos en urbanizables.
En la orilla, no presenta Rafael Chirbes la lucha épica que vemos en Cañas y Barro, de Blasco Ibáñez; en esta última ficción el hombre, carente de tierras y medios de producción, se afana, con un denodado esfuerzo físico personal, por extender el campo de cultivo para poder sobrevivir mejor; una épica del pasado que hoy –según un comentario del protagonista- sería considerada como un atentado ecológico. Esa albufera que encontramos en la novela de Chirbes aparece como un lugar desprotegido en el que se puede arrojar impunemente cuanto estorba y se hace con el menor coste económico. Mas el autor transciende ese espacio y da al pantano un carácter simbólico y su importancia es tal que está presente en numerosas páginas de la novela. Los escombros que se arrojan a él son el resultado de todo lo que la ambición, la codicia y el ansia por el enriquecimiento rápido como única meta se llevan tras sí; y lo que se convierte en material de derribo, de desecho, de despojo es el amor, la amistad, la honradez, el placer por la obra bien hecha, la fidelidad, la familia, en definitiva, valores humanos que siempre han sido claves en cualquier sociedad, lo que es una clara muestra del grado de degradación a que se ha llegado en las últimas décadas. Y como estos aspectos son los que critica duramente el novelista, el marjal se convierte, indirectamente, en el auténtico protagonista de la novela y convierte así a la ficción de Chirbes en el reflejo fiel de algunos de los grandes problemas a los que ha abocado la crisis a la sociedad española.
La obra está estructurada en tres partes en las que, en las dos primeras, juega el novelista con la anteposición temporal, pues la primera, “El hallazgo”, sucede, temporalmente el 26 de diciembre de 2010; mientras que la acción de la segunda, titulada “Localización de exteriores”, arranca una docena de días antes, el 14 de ese mismo mes. La tercera “Éxodo”, la más breve de todas, carece de la data con que se abren las dos anteriores, y por la indeterminación de lo narrado, lo mismo podríamos situarla como simultánea de la acción central como posterior. Lo más llamativo es que no tiene un carácter puntual, como las dos anteriores, cuyas acciones tienen un fin, sino que la podemos considerar como una acción durativa, que se prolongan en el tiempo tras la finalización del texto narrativo.
En “El hallazgo” vemos el paisaje desolador que ha dibujado la crisis y está contada, con aires de objetividad, por un narrador omnisciente. Al ritmo frenético y al pulular de obreros de diferentes nacionalidades, al ruido de las máquinas y al continuo transitar de vehículos con materiales para las obras, se contrapone el silencio, la quietud, la ausencia de obreros –por ser extranjeros la mayoría ha tenido que regresar a sus países de origen-; el lento caminar de los parados que buscan como sobrevivir y por doquier encuentran letreros en los que se anticipa al que quiera demandar un empleo que están las plantillas completas, que no necesita mano de obra y, obviamente, otros con viviendas en venta, en alquiler… La acción desarrollará un frustrado día de pesca de un parado marroquí que encuentra en el pantano un hallazgo tan desagradable y problemático que le hace abandonar el lugar empujado por la repulsión que le provoca y el asco de lo encontrado le obliga a vomitar e, incluso, a desprenderse de las piezas ya pescadas.
La segunda parte, “Localización de exteriores”, el autor nos presenta la repercusión de la crisis, en la persona, en la familia y en la sociedad, a través de la voz y las vivencias de varios personajes; predomina, pues, la subjetividad, la voz interior de varios sujetos que padecen la crisis; el más importante de estos es Esteban, un valenciano de sesenta años, gran conocedor desde su infancia del humedal; en ese día, 14 de diciembre de 2010, busca un lugar apropiado para llevar a cabo una acción liberadora, tanto para él como para su anciano padre, de la degradación a que han llegado sus vidas: la del padre es una degradación física –en silla de ruedas, sin habla, incapaz, por tanto, de valerse de sí mismo-, y la de Esteban es económica y moral como consecuencia de la quiebra de la carpintería familiar por la estafa que le ha hecho un amigo en cuya empresa constructora había invertido sus ahorros de toda la vida y que, al estallar la burbuja, ha desaparecido sin dejar rastro. No se considera un inocente, porque era como los demás, también él quería aprovecharse de la onda expansiva de la construcción y le estalló en las manos. “Ni siquiera he perdido por mis propios deméritos, sino porque Tomás Pedrós no ha colmado las expectativas, porque me enredó él o quise enredarme o me dejé enredar.” (p. 170).
L soledad en la búsqueda le dará tiempo a Esteban para contarnos muchos detalles de su vida familiar marcada por la represión que sufrió su familia desde el comienzo de la guerra del 36 por sus ideas republicanas: su abuelo murió, poco después de comenzar, fusilado junto a las tapias del cementerio y su padre fue un derrotado de la guerra civil; al regresar pretendió, en vez de entregarse, vivir oculto en el marjal, pero, por la familia, su cedió en su propósito y hubo de cumplir tres años de condena una vez acabada la guerra; el fracaso de sus ideales le ha llevado a vivir casi siempre encerrado en casa “Cuando salió de la cárcel prefería dar paseos solitarios por Montdor. Por no verlos, se quejaba. Después se encerró en casa porque seguramente no había manera de no verlos.” (p. 159). Para hacer más verosímil la situación de la familia muestra el ambiente represivo que impusieron los vencedores de la guerra y su anuencia con los sectores eclesiásticos.
Por la libertad de pensamiento que permite el monólogo, con un lenguaje sencillo, directo, escueto, sin rebuscados adornos estéticos, Esteban da saltos, con frecuencia, de un tiempo lejano al presente; unas veces rememora asuntos relacionados con su familia, otras con sus amigos, otras sobre los dominadores en la economía local en el pasado, apoyados en la pistola en la sobaquera y la camisa azul. Esta rememoración de vivencias o exposición de conocimientos sobre la vida colectiva las hace sin nexos de transición, únicamente con el espacio en blanco como separador de secuencias; de cuando en cuando, vuelve al espacio físico que ocupa ese día de diciembre de 2010 y nos da algunos detalles físicos o el espacio le da pie para recordar algún episodio de su vida en ese lugar., Mezcla, pues, diversos asuntos y también recurre a formas expresivas diferentes, así de la frialdad y el lenguaje seco, cortante, con que menciona las relaciones, en algunos fragmentos, con su padre, pasa, en ocasiones, por ejemplo, aquellos en que hace las alusiones a lo sexual, a una expresión descarnada, directa, sin los velos con que los clásicos cubrían las partes pudendas; me refiero, por citar algún caso, al lenguaje utilizado por el protagonista al referirse a las provocaciones que se hacen los jóvenes, sexo a distancia, en los chats de internet. Más notoria es la diferencia expresiva cuando se insertan pequeños aportes, de la charla de Esteban con Liliana, la sudamericana que ha cuidado a su padre parapléjico que pasa el día en una silla de ruedas; además del lenguaje, son, generalmente, estos retazos muestras de las diferencias –olores, sabores, costumbres- entre el paraíso que la naturaleza tiene en los trópicos americanos y el mundo hispano; Liliana presenta a los emigrantes venidos del América como seres expulsados del paraíso. “Son las circunstancias las que nos expulsan. Los hombres han hecho malo el paraíso y yo creo que eso Dios que todo lo puede, no va a poder perdonarlo.” (p. 216).
Más larga es y, acaso más importante por su actualidad, es la reconstrucción de vidas ajenas, especialmente, de la élite empresarial y económica de Olba; el autor lo hace a través del monólogo de Esteban pero a través de la inserción de conversaciones con sus amigos, mientras juegan, en el bar Castañer, una partida de dominó o de cartas, tras la comida. Entre todos aportan datos para configurar la imagen, por ejemplo, del mencionado Tomás Pedrós, creador de empresas y dominador de una gran parte de los medios productivos del entorno de Olba; antes omnipresente y ahora, desaparecido, tras dejar heridas en cuantos se relacionaron directa o indirectamente con él y también culpable de grandes desatinos medioambientales, como son tantos huertos de cítricos que yacen con las raíces al sol al haberlos convertido en solares para urbanizaciones; al no construirse éstas se quedarán, posiblemente durante mucho tiempo, convertidos en abandonados eriales, yermos improductivos, mudos testigos de la crisis de estos últimos años.
El núcleo central de esta segunda parte gira sobre la especulación que surge de la atracción del mar y la necesidad de ingentes construcciones para saciar esa necesidad creada tanto en la gente del interior como en personas de otros países. Y no es solo la voz de Esteban mientras busca esos exteriores en los que, según confiesa, “preparo el momento, padre, me encargo de devolverte al lugar en que quisiste quedarte, y por nuestra culpa no te quedaste” (p. 214). Hay otras voces de su entorno que, como contrapunto aparecen transcritas en cursiva; una de ellas es la de Julio; un padre de familia, con tres hijos menores, parado, que, con cuatrocientos veinticinco euros de ayuda –no cobra el paro pues trabajó en negro en la carpintería de Esteban- y los seiscientos que gana su mujer, tiene que enfrentarse a la batalla diaria de la supervivencia; una batalla que básicamente es la preocupación por el sustento diario. Otra voz es la de la mujer de otro trabajador, Álvaro, que sufre los cambios que ha sufrido su marido una vez que se ha quedado sin trabajo. Y, para rizar el rizo del dominio de la técnica expresiva, el autor inserta otro monólogo en el que presenta las confesiones de un empleado de una gasolinera que ha convivido varios años con una prostituta y le cuenta a clienta que ha salido de trabajar en un almacén, el dolor que siente por haberle abandonado, mientras ella, sin saber por qué, le escucha pensando en su marido, Joaquín, y sus hijos y, por otra parte, intenta reconstruir cómo pudo ser esa convivencia y acaba confesándole algunas de sus intimidades como lo que ha cambiado su vida desde que su marido está en el paro. Más detalles nos dará el propio Joaquín al mostrarnos como sus sueños, elaborado cuando tenía sueldo fijo, pluses y horas extraordinarias trabajando con lo que uno de sus compañeros llama el perfume del siglo XXI –la basura–, sueños que son similares a los de otros muchos trabajadores de cualquier parte de España –comprarse una casa- han quedado sin realizarse al ser despedido de la carpintería de Esteban, adonde había recalado tras su etapa de basurero. También hará hincapié en la abundancia de detritus que genera la sociedad de la opulencia, el olor agrio de la basura.
Además de estas voces encontrará el lector la del padre de Esteban, pero ésta nos la ofrece el autor, no de forma oral, sino escrita en el reverso de una calendario de 1959 y oculta entre los papeles y albaranes antiguos y por ella conoceremos la dignidad del carpintero que, además de su amor a la obra bien hecha, se mantiene fiel a sus ideas en un medio hostil como es el mundo de los vencedores de la guerra civil.
Cierra el novelista, en esta segunda parte, la serie de monólogos complementarios al de Esteban con el de Liliana, la mujer sudamericana que, hasta que pudo pagarla, acudía a casa del carpintero a hacer la limpieza y a ocuparse del padre inválido. Además de mostrarnos algunos detalles de su relación con Esteban comprenderemos, con su caso personal, la vida azarosa de esas mujeres que se vienen desde América del Sur a España para sacar adelante a sus familias y muchas tienen que recurrir a medios que nunca hubiesen imaginado –prostitución, tráfico de drogas, limpiar culos a viejos dependientes…- para poder ahorrar para sacar adelante a su familia y a la de sus padres; y, cuando consiguen traerse al marido y a los hijos, lo que les espera no es un paraíso eterno, pues pronto empiezan los problemas; la crisis afecta primero a los emigrantes extranjeros y, desde que en nuestro país no hay oportunidades de trabajo para todos, la vida de estas personas se convierte una antesala de ese infierno. Cierra así Chirbes lo que inició en las primeras páginas: el estallido de la burbuja trae no solo desesperación a españoles, sino que se lleva por delante el pequeño bienestar de quienes habían llegado desde lejanos países en busca de una vida mejor para los suyos.
En esta larga segunda parte vemos que el principal relator de la historia no sólo es víctima de un empresario mayor, sino también es verdugo, pues quienes trabajaban con él, por su error o por su ambición, han de pagar también las consecuencias de lo que a Esteban, el dueño de la carpintería, le ha preparado el destino. Se hunde su barco y también los que iban con él han de pagar las trágicas consecuencias.
En este repaso a los aspectos de estructura de la novela señalaremos que, en la tercera parte, titulada “Exodo”, el lector encuentra, por fin, con voz propia, al empresario que ha ido conociendo en la parte central de la novela por las alusiones de los demás personajes; el autor se lo muestra a través de una rememoración, que hace Tomás Pedrós desde la tumbona en que descansa, bien acomodado, en un lugar, indeterminado, lejano, que pudiera ser una costa caribeña o acaso de un país del lejano oriente. Y, mientras toma el sol, en una especie de duermevela, mezcla sus vivencias con las de otro promotor que, mientras disfruta de la buena vida –sexo comprado a jóvenes prostitutas extranjeras, drogas, bebidas fuertes y buenas comidas- echa cuentas sobre las ganancias que le deja cada hora por la explotación de los emigrantes, esclavos modernos, que utiliza para diferentes actividades, básicamente para empresas constructoras de los que se queda con el 25 por ciento de lo que ganan. Desde su paraíso lejano añora lo que pudo ser duradero y, en cambio, resultó efímero, flor de un día, y lo hace con variadas metáforas en las que están afloran nítidas alusiones, con aire elegíaco, al ubi sunt tomadas de Jorge Manrique.
En el aspecto de técnica literaria, subrayaremos que los monólogos no están concebidos como voces propias, aunque tengan algunos matices individualizadores, sino que, a nuestro parecer, es la misma voz, la del autor, la que se desdobla en otras voces sin que, en muchos casos, haga nada por disfrazarlo con alusiones cultas, en diferentes idiomas, que sobrepasan, con creces, lo que pudiera ser la cultura de quien lo narra. Lo llamativo es que, en estos monólogos, especialmente en los de Esteban, el protagonista, intercala, primero, fragmentos de extensión variable, (no digo párrafos, porque no los subdivide) que responden a otras voces, pues son expresiones, frases de carácter oral que recuerda de otros personajes, sin que en ningún momento le preocupe que, con esas inserciones, se rompa la verosimilitud, pues están conectados sin un signo de puntuación, que, con una pausa larga, marque claramente al lector la separación entre lo que son las voces de dos personajes distintos. Luego, al dar mucha importancia a estructuras dialogadas, dentro del monólogo, si las separa o indica el personaje a quien pertenece la voz.
No hace falta insistir en que es el tratamiento del monólogo interior lo más llamativo de su técnica. No intenta mostrar el funcionamiento del pensamiento, en un momento determinado, del personaje, no enfoca al personaje, excepto en el corto monólogo final, en instantes dubitativos, en estados de inconsciencia o falta de dominio sobre su mente, sino que lo que hace es presentarle en momentos de lucidez, en pleno dominio de su capacidad discursiva y por esto el autor pone en la mente de los personajes, unas veces la descripción de lo que le rodea, otras la narración de acciones, pero, sobre todo, predomina la reflexión sobre la mera contemplación; por eso, junto a los apuntes del entorno y de las acciones, proliferan las evocaciones del pasado, los juicios sobre personas o acontecimientos que, en definitiva, muestran la actitud del autor –aunque aparezca oculto tras la máscara del personaje- hacia ello. De ahí que nos atrevamos a subrayar que lo que predomina es una actitud ética de Chirbes que condena los pasos que llevan a los personajes al ese enriquecimiento sin límites que se convirtió o se ha convertido en la sociedad presente en un objetivo para muchas personas; para alcanzarlo no se respetan valores morales en las relaciones humanas e, incluye, además, con especial relevancia, los atentados al medio ambiente. La moneda del enriquecimiento sin reparar en límites morales ni sociales ha tenido también el reverso del empobrecimiento de una gran parte de la a población; lo aclara bien el novelista con la imagen de los que salen del supermercado con las bolsas llenas y los que buscan en los contenedores las bandejas de comida arrojada a ellos por tener la fecha caducada. Y es también Chirbes el que repasa, en un compromiso ético y social, la historia de una España rural dominada por los falangistas, concluida la guerra civil.
Como creemos haber mostrado, los problemas que han acuciado a la sociedad española en los últimos años y perduran en la actualidad son el centro de atención del autor; es la realidad del último momento lo que prima como núcleo temático; es, pues, una obra que versa sobre la realidad de nuestro días; sin embargo, por el desarrollo de la trama no podemos considerarla como realista, pues no hay una línea de acciones físicas que narrar, y, por esto, las voces relatoras no continúan, como, por ejemplo hizo, en la segunda mitad del siglo XIX, Wilkie Collins en La Dama de blanco, sino que, lo que cada uno relata, viene a acumularse a los aspectos que hemos conocido por quienes les han precedido en el uso de la palabra. Y, respecto al motivo que lleva al pantano a Esteban para la localización de exteriores el autor no lo indica abiertamente, sino que desgrana, de tarde en tarde, algunas ideas que apuntan a la muerte como liberación final de las angustias existenciales que aquejan al protagonista y que, obviamente, están relacionadas con lo narrado en la primera parte. E, igual que Camilo J. Cela tiene, en La Colmena, la cafetería de doña Rosa, como punto de engarce de la mayoría de los protagonistas, Chirles lo hace con la carpintería como punto de enlace para los narradores, pero no como espacio físico, sino a partir de las relaciones laborales y económicas que se han creado entre el empresario y varios trabajadores o sus familias. Esto nos lleva a la conclusión de que no hay una serie de acciones enlazadas, una trama, sino que, al tomar el autor la vida de un conjunto personas en un pequeño entorno, opta por una acumulación de hechos dispares, que no relata al modo tradicional sino que lo hace de una forma sintética y exige al lector la obligación de completar el rompecabezas que hábilmente ha trazado con la estructuración.
A primera vista, al abrir la novela, pudiera parecer que, por la marcada preferencia del escritor por los amplios párrafos, diera la impresión de texto pesado; sin embargo, la fuerza de la palabra y el léxico directo, desnudo -ya dijimos que demasiado directo al referirse a actos sexuales-, y, sobre todo, el contenido enganchan al lector; y lo envuelven y le obligan a avanzar en la lectura, con un ritmo frenético por la ausencia de las pausas. Enfrascado en la lectura es posible que no advierta el que, pese a la presencia del narrador interno, no use mucho la presencia de la primera persona verbal como fórmula narrativa, sino que la alterna con la tercera e, incluso, en menos ocasiones, sin marcas de transición, con la segunda, lo que demuestra una gran habilidad narradora. El lenguaje trasparente, sin muchas florituras decorativas, parece acortar la amplitud de los párrafos que, a veces, son de varias páginas, pues el lector se sumerge en la profundidad del texto y avanza por él sin necesidad de salir a la superficie para tomar aire. Nunca se adormece uno en la placidez de las aguas, porque el autor nos aturde, de cuando en cuando, con la rotundidad de la palabra o la dureza de lo narrado. Rafael Chirbes, mago de la palabra, nos embauca con un nada por aquí, nada por allá y, cuando nos damos cuenta, hemos concluido una secuencia y saltamos, acaso sin respirar siquiera, a la siguiente. Facilidad expresiva que no todos los novelistas poseen, pero que esconde también una dura labor de creación para poder saltar de unos núcleos temáticos a otros sin que se canse, o al menos esa es la impresión nuestra, el lector.

No hace falta decir, como resumen, que nos encontramos ante una gran novela, en la que el autor se muestra atento a los males de nuestro país, con especial atención a los que nos afectan en el momento presente, y los narra con maestría artística al incorporar algunos aspectos renovadores en la forma de contar, especialmente en Crematorio y En la orilla, dos obras que convierten a su autor, sin duda, en uno de los mejores y más ambiciosos narradores del momento presente en lengua española.




Adenda tangencial: Quiero mostrar mi agradecimiento a mi amigo Andrés Ruiz Merino, entusiasta de Rafael Chirbes, por haberme proporcionado la posibilidad de llenar momentos de ocio en los últimos veranos con la lectura de las dos últimas novelas de este excelente escritor.
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2014-03-24

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DE MIS LECTURAS: NOTAS DE AYER Y DE HOY

EL GATOPARDO, EVOCACIÓN ELEGÍACA DEL PASADO FAMILIAR


Giuseppe Tomasi di Lampedusa (Palermo, 23 de diciembre de 1896 - Roma, 23 de julio de 1957), príncipe de Lampedusa y duque de Palma di Montechiaro, quiso hacer, con El Gatopardo, una evocación nostálgica de su familia y escogió como protagonista a su abuelo, Giuseppe Tomasi, descendiente directo de los príncipes Carlo y Giulio, por considerarlo como el último gran representante de la saga familiar. Sin embargo, en vez de la exposición biográfica, optó, para tener más libertad y acaso para poder magnificar tanto a la figura como la importancia y grandeza de sus antepasados, la forma novelesca; este género literario le permitía envolver la acción y a los personajes con un aura elegíaca del que no podría disponer en la redacción fiel, objetiva de una biografía.
El caso es que, con El Gatopardo –escoge el título de un elemento del escudo familiar-, ha conseguido una novela que, pese a fijarse en muy pocos momentos, va a servir para perpetuar el recuerdo de la familia. De haber vivido más tiempo es posible que el autor insertase otros instantes, en algunos casos meras estampas, ya que, en la novela, hay grandes huecos en la vida del protagonista que hubieran podido ser rellenados, si la muerte no le hubiese cortado el ciclo vital al autor. La falta de un nexo sintáctico que una las estampas que inserta en la novela y la presencia de diversas afirmaciones sobre el futuro de los protagonistas nos permiten afirmar que el contenido que tenemos con lo publicado en El Gatopardo sería parte un gran fresco que el autor tenía in mente, pero que dejó inacabado. Nos apoyamos para esta afirmación en las breves frases en las que, mediante prolepsis, adelanta, en varias ocasiones, datos sobre el futuro de la pareja Tancredi Falconeri y Angélica, pero que, luego, no desarrolla; por ejemplo, a la joven que vemos como encantadora “se convertirá en una de las más viperinas de las Egerias” (p. 175); luego llevará una vida “ tan agitada, tan pecaminosa, sobre el inevitable fondo de dolor” (p.197) e, incluso, hay alusiones al fracaso de la pareja en lo erótico que tampoco desarrolla en los capítulos publicados.
Por haber elegido la novela en vez de la biografía, la ficción en lugar de la historia, el autor cambia los nombres de la familia nobiliar y el de algunos lugares en que vivieron sus antepasados. Nos los presenta bajo la denominación de la Casa de los Salina, una familia de la nobleza siciliana y se centra en algunos avatares del último gran representante al que conoceremos con el nombre de Don –con mayúscula- Fabrizio Corbera. El autor selecciona varios momentos de la vida de este personaje y arranca presentándolo al lector en plena madurez, en un instante crucial para la historia de Sicilia pues coincide con el tenso, duro y agitado proceso histórico de la reunificación de Italia como Estado independiente.
Los momentos escogidos para presentarnos la vida de Don Fabrizio, príncipe de la mencionada casa Salina, los organiza en segmentos temporales; son unos cuantos meses de su vida, muy pocos y aislados, desde mayo de 1860, fecha en que se produce “el desembarco de los Mil” en Sicilia, hasta julio de 1883 en que muere. De este lapso de tiempo solo nos ofrecerá el narrador cinco de ellos y luego añadirá uno, posterior a la muerte del protagonista, mayo 1910, para mostrar la postración, la decadencia a que han llegado sus descendientes y, también, aunque solo en breves detalles, su patrimonio de carácter señorial que se había ido disgregando con el paso de los años.
Así pues, como hemos aludido ya, el factor tiempo es un elemento estructurador de primer orden, puesto que la novela está organizada en núcleos temporales que son los que dan título a los diferentes capítulos. Cada capítulo lo subdivide, a su vez, en secuencias para contarnos diferentes acciones que protagoniza la familia Salina y ocurren en diferentes lugares de su feudo, excepto uno de los capítulos en que el verdadero protagonista es el jesuita P. Pirrone, confesor de la Casa de los Salina, y, en este caso, como algo peculiar, la acción se traslada a un pequeño pueblo del que procede el jesuita y tiene que ver con asuntos de su propia familia, ajenos, por tanto, a la trama central de la novela con lo que este capítulo sirve de contrapunto al mostrarnos la vida de la gente llana frente al resto que es una exposición de la nobleza..
Aunque todos los capítulos coinciden en tener el nombre de un mes y el año correspondiente como datos escogidos para titular, el contenido narrado en cada uno de ellos es de una duración temporal diferente; así en el primero, en mayo de 1860, lo que se le ofrece al lector es, básicamente, un día en la vida de la casa de los Salina, en una casa señorial situada en un paraje próximo a Palermo. Más concretamente, la acción abarca desde el atardecer de un día de la primera quincena en que rezan el rosario hasta el atardecer del día siguiente en que acuden al mismo rezo; no obstante, entre las secuencias de que se compone el capítulo hay una en la que el autor opta por retrotraerse al pasado y mostrar las relaciones con Fernando II, el anterior rey de las Dos Sicilias; para resaltar esa familiaridad las muestra de un forma temporal indeterminada. Este inicio de la obra representa un homenaje al autor de Ulises, Joyce, al que admiró Giuseppe Tomasi di Lampedusa desde su juventud.
En el titulado “Agosto de 1860” se nos ofrece el viaje –de varios días- desde Palermo hacia el palacio de verano, que sitúa en un lugar al que nombra como Donnafugata en vez de histórico que se encuentra en Palma di Montechiaro y algunos incidentes de su estancia que, si bien se prolonga hasta noviembre solo referirá los primeros días. El capítulo titulado “Noviembre de 1862” es, básicamente, la presentación de sociedad de Angélica, una joven de clase baja de la que se ha enamorado Tancredi Falconeri; la acción se centra en un baile en el palacio de los Ponteleone en Palermo y este bloque se inicia con la salida hacia el baile y el regreso al amanecer; dura, pues, solamente una noche.
Así pues la obra es un conjunto de estampas entretejidas con reflexiones nostálgicas, sin otro nexo entre ellas, que la permanencia de los mismos protagonistas, aunque en el que nos cuenta la visita del P. Pirrone a su pueblo, sea el confesor de los Salina quien asume un cambio de rol, pues pasa de secundario a protagonista. También podemos señalar que los espacios son variados, aunque algunos coinciden, como el primero y el último, para resaltar así la diferencia, las modificaciones tanto del espacio como de la forma de vida de sus habitantes, aunque hay un nexo permanente entre ellos: la pervivencia del peso de las ideas religiosas. Relata el novelista ritos y creencias hasta un extremo tal que las autoridades religiosas considerarán fuera de lo ortodoxo, como es el culto a una serie de reliquias que un especialista mandado por el obispado considera falsas.
La intención principal, a nuestro parecer, que mueve al autor, como descendiente del Principado de Lampedusa, es hacer una evocación nostálgica de la grandeza de sus antepasados. Por su parentesco con I Vinceré, de Federico de Roberto, rehusó publicar la obra Elio Vittorini, por tocar el mismo tema, la decadencia de una familia aristocrática. En la literatura española tenemos algunos ejemplos en los que sus autores se fijan en la baja nobleza, especialmente relacionada con el mundo rural; así son los casos de Valle Inclán, con don Juan Manuel de Montenegro, en la serie de Las comedias bárbaras, Llorenç Villalonga en su novela Bearn o la sala de las muñeca, Pérez de Ayala, en La caída de los Limones, -dentro de sus novelas poemáticas-, aunque estos escritores no muestran grandeza, sino la degradación a que habían llegado sus últimos representantes; sin embargo lo que hace G. T de Lampedusa es evocar al último gran representante de una casa señorial en el momento en que, tras siglos de esplendor, las circunstancias históricas han generado un proceso de cambio de tal magnitud que la nobleza será absorbida por la creciente burguesía y los Borbones, reyes de las Dos Sicilias, perderán todo su poder ante la fuerza de los ejércitos del norte dirigidos por Garibaldi.
Históricamente esto ocurre, principalmente, durante la última mitad del siglo XIX. Lampedusa muestra la grandeza de la casa Salina en tiempo de Don Fabrizio Corbera, -del que resalta y hay que tenerlo en cuenta, su grandeza física, corporal- que dura, pese a la decrepitud y falta de energía del prócer y al decaimiento económico con la pérdida de algunos fundos, hasta su muerte que ocurre en 1883; la degradación a que se llega unos años después de su muerte nos la relata al mostrarnos el estado de su patrimonio en el capítulo que cierra la obra, “Mayo de 1910”. Para esto es significativo el estado en que ha quedado el conjunto de posesiones y la pérdida de influencia del nombre de los Salina: “El prestigio del apellido se había ido esfumando. El patrimonio, dividido y subdividido, equivalía, en el mejor de los casos, al de muchos otros linajes inferiores, y era muchísimo más exiguo que el de ciertos industriales opulentos, pero en la Iglesia, en las relaciones con ella, los Salina habían mantenido la preeminencia; ¡bastaba con ver cómo recibía Su Eminencia a las tres hermanas cuando lo visitaban por navidad! ¿Pero ahora?” (p. 311)
A este interrogante se responde con la inspección eclesiástica que hacen los representantes del obispado a la capilla que han instaurado en el palacio las hijas de Don Fabrizio y que termina con el rechazo tanto del cuadro central que presidía el altar, por no tener, pese a que lo creyesen la spropietarias, una significación religiosa, y también por el rechazo de la mayoría de las reliquias que habían ido comprando a conventos y parroquias en apuros mediante una intermediaria de no muy digna reputación. Por lo demás, tiene mucho valor el arranque de la última secuencia en el que a Concetta, la hija mayor, le “parece estar viviendo en un mundo conocido pero ajeno; un mundo que ya había consumido toda su energía, y ahora solo contenía puras formas”. (p. 324) y el autor lo muestra artísticamente con la imagen con la que se cierra el libro: Concetta mandar tirar a la basura una reliquia del pasado, el guiñapo a que se había reducido Bendicò, el perro de caza al que tenía tanta estima Don Fabrizio y que, al morir, había sido embalsamado.
Igual que ocurrió en España, la alianza entre el Altar y el Trono es capital para el sostén del antiguo Régimen en el reino de las Dos Sicilias; aunque la capital está en Nápoles, los nobles sicilianos tienen al lugarteniente del rey en la isla como un baluarte represor frente a las posibles idea revolucionarias del pueblo y a la Iglesia como un freno utilizado desde el confesonario y el púlpito. Frente a los nuevos tiempos, con cambios sociales inevitables, los nobles, como Don Fabrizio, ven en la institución monárquica, la continuación y la perseverancia del “ orden, la continuidad, la decencia, el derecho, el honor;” y si la monarquía se apoya en la tradicional fidelidad de los sicilianos a la ideas religiosas, también es el rey “el único que defiende a la Iglesia” (p. 32), ante el nuevo posible orden de cosas que implica un peligro real para los bienes de la Iglesia por la alteración del orden y el desarrollo del germen revolucionario que puede dar la traste, como ocurrirá después, en 1870, con la pérdida del poder temporal del papa sobre los antiguos Estados Pontificios.
En la novela nos parece que tiene un alto valor significativo que la muerte de Don Fabrizio, tras un viaje a Nápoles, no ocurra en su palacio de Palermo, al que no puede llegar, sino en el hotel Tinacria, símbolo, por el nombre, de Sicilia; con lo que la muerte del noble está siendo presentada al lector como la muerte de lo más valioso de la nobleza siciliana. Pero ese carácter del final podríamos decir que aparece ya insinuado en el inicio de la novela con ese rotundo “Amén” latino con que se acaba el rezo del rosario en la primera línea de la novela. “Nunc et in hora mortis nostrae. Amén.”
Refuerza ese carácter de análisis de la decadencia la visión pesimista que tiene sobre la realidad el mismo protagonista hasta el extremo de que no sólo lo capta en la naturaleza - los rastrojos quemados por el sol – sino en lo que podía ser un momento de máxima alegría, el baile; el vals lo ve como un viento que arrastra el presente, los frescos del techo muestran la risa de los dioses de las alegrías de los humanos y a los asistentes masculinos, con los fracs negros, los asemeja con cornejas sobre lo putrefacto. (265 -66)
Si a los rasgos temáticos mencionados unimos la importancia de la estructuración temporal en que hemos hecho hincapié en los párrafos iniciales, podremos concluir que el tema principal es el poder destructor del tiempo mostrado a través de los avatares de una familia de la nobleza siciliana que, por las circunstancias históricas, a su vez, conlleva la destrucción del reino de las Dos Sicilias, con cuya desaparición al unirse por la fuerza de las armas al reino de la Cerdeña se da un paso gigantesco para la reunificación de Italia y se abre la posibilidad de cambios sociales, aunque, en determinados aspectos, todo parezca que sigue igual y para que así sea, la aristocracia los asume e, incluso, alguno de ellos, como Tancredi, el sobrino de don Fabrizio, arruinado, colabora con los revolucionarios y obtendrá cargos importantes en el nuevo Estado.
Sin embargo, esta transición de una sociedad anclada en el pasado, la que representan los Borbones en el reino de las Dos Sicilias, con capital en Nápoles, y lo que alumbra el nuevo Estado, anclado, en sus albores, en Turín, bajo la dirección del rey piamontés Víctor Manuel solo se alude, no se describe con detalle; el fin principal es, ante la tendencia modernizadora, mostrar cómo la nobleza de vieja raigambre es una clase social en trance de desaparición. De ahí que, pese a temer la pérdida de sus privilegios, el protagonista alabe la estrategia de su sobrino de incardinarse entre los grupos revolucionarios para conseguir que, pese a a los cambios, todo siga igual, y se puedan asegurar así la permanencia de los resortes económicos que todavía están en sus manos. Es preciso agarrarse a los cambios sociales; Tancredi, el joven sobrino, es consciente de ellos y lo expresa con nitidez “es preciso que todo cambie, para que todo siga igual”, aunque él, personalmente, por la ruina económica en que está su casa, buscará a Angélica, no solo por su belleza, sino por el creciente poderío económico que tiene su padre, un próspero comerciante que sabe aprovecharse de la decadencia de la nobleza para hacerse con sus feudos. Don Cologero Sedàra, el padre de Angélica, representa, frente a la decadencia de la aristocracia, el ascenso de una burguesía que, con el comercio y una explotación de la tierra, tienen, pese a su nula formación académica y, muchos menos, de conocimientos de esa cortesía social que tanto valora la antigua nobleza, una fortuna creciente, lo que, en definitiva, significa la primacía del dinero respecto a los antiguos valores señoriales.
Igual que en el Barroco, Lampedusa nos hace pensar en que el paso del tiempo todo lo destruye; tanto la belleza material que vemos en jardines poco cuidados y palacios de rica ornamentación pictórica como las instituciones humanas: todo es flor de un día y, así como la vida de las personas se caracteriza por la brevedad, también los señoríos, como ya viera Jorge Manrique, tienen su decadencia y su fin; sin embargo, le recuerdo, la rememoración que podemos hacer de ellos los da otro tipo de vida, la vida de la fama y hace que los evoquemos con nostalgia, y esto es lo que hace G. Tomasi di Lampedusa con el pasado familiar, hasta el extremo de que nos atrevemos a decir que muy bien pudiera haber hecho suyas las palabras de Manrique, “a nuestro parescer, cualquiera tiempo pasado fue mejor”.
Como, por razones históricas, las grandes figuras de la pasada nobleza han devenido en personas normales, de tres al cuarto, para sobrevivir no queda otra solución que soñar con el pasado y esas figuras, esos palacios, recreados por la fuerza de la palabra literaria, pese haber sido destruidos, se reedifican de nuevo y resisten al paso del tiempo; el arte hace que su desaparición no sea definitiva, pues, con la lectura, los podemos evocar, levantarlos de sus ruinas, sacar de nuevo brillo a sus oropeles y hacer que los habiten de nuevo sus moradores, aunque solo sea en nuestra imaginación; y, si uno no tiene mucha, la película de Luchino Visconti, pese a las diferencias estéticas inherentes a la diferencia de los medios literarios y fílmicos, pese a los añadidos y a las eliminaciones, para perpetuar la historia que nos relata G. Tomasi di Lampedusa es una ayuda extraordinaria.
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2014-03-17

portrait-dummy Fulgencio Castañar Ramos     veralandia.lectyo.com
Un recorte silenciado: el de las nuevas adquisiciones de libros en las bibliotecas públicas

En una época de extraordinaria crisis económica como la que estamos viviendo es normal que la mayoría de los gritos de protesta se centren en lo que afecta a lo más visible del ser humano: el cuerpo. Es lógico tomar como punto de partida el primum vivere, deinde philosophare. Puede ser justo, necesario y legítimo que la rebeldía, la insumisión a las decisiones de los políticos, las protestas, las manifestaciones y huelgas se centren en el rechazo, por ejemplo, a una legislación laboral que, hasta ahora, no demuestra servir para alcanzar los objetivos para los que fue diseñada y en vez de haber aumentado la creación de empleo ha venido a facilitar su destrucción, con lo que se priva de la posibilidad de ganar el salario necesario para sobrevivir y también es lógico que se critique la cicatería de quienes niegan ayudas públicas, sean del Estado o de la s Comunidades, a quienes las necesitan imperiosamente por su dependencia de los demás para el cuidado cotidiano; a esto se han de unir las quejas contra otros aspectos claves como lo relacionado con la vivienda, la sanidad, la educación…
Las necesidades son hoy día tan grandes que nos fijamos casi exclusivamente en lo material y olvidamos que en el ser humano hay un componente que unos llaman espíritu, otros alma y acaso otros lo consideren -valga la expresión- como una fluorescencia de la energía vital que es necesario cuidar también. Cuando se habla de recortes en la educación de la infancia y juventud, se posterga o se olvida cuanto se refiere a la formación de los adultos. Me refiero, por lo que conozco por relación directa, a los recortes en los presupuestos de las bibliotecas públicas en los pequeños y medianos municipios, y es de suponer –por vivir en una pequeña ciudad lo desconozco- que, en los grandes, se ha seguido la misma dinámica. Los recortes han sido brutales; se han eliminado puestos de trabajo, cerrado bibliotecas de barrios, se ponen condiciones en la selección, si se necesita alguno, como la obligatoriedad de ser autónomo y el presupuesto asignado es tan exiguo que solo permite subsistir con este régimen de dieta continuada al que están sometidos esos millones de españoles que están sin trabajo, sin ayuda y con problema para pagar la luz y la comida cada mes.
Pero quiero resaltar el recorte en lo referente a las nuevas adquisiciones de libros, especialmente cuando se trata de adquirir lotes para que sean utilizados en los clubes de lectura. En estos casos no se trata de comprar un ejemplar sino, al menos, veinte para que puedan ser leídos simultáneamente por todos los miembros del grupo y después comentar algunos de los múltiples aspectos ya sean de contenido, forma o sobre sus relaciones con la sociedad en que surgió o con la presente. El que la lectura sea un acto que, generalmente, se hace en solitario y en silencio no ha de ser un obstáculo para que no se mencione en público este problema.
Es lógico que tras el periodo de expansión que hemos tenido en los últimos treinta años los recortes presupuestarios afecten también a este ámbito de la cultura, pero no hasta extremos en que me da la impresión, como usuario de frecuente visita, parece que se ha llegado. No me olvido de que el libro tiene un componente comercial muy importante, pero prefiero dejar a un lado esta parcela, pese a que al bajar el número de ventas, se puedan cerrar editoriales, distribuidoras y librerías con la pérdida de puestos de trabajo que esto puede significar. Estas líneas quieren apuntar exclusivamente al componente cultural. Es digna de elogio una campaña que se ha llevado a cabo en alguna ciudad para que los usuarios regalen un libro nuevo para las bibliotecas, pero tal como están las circunstancias económicas de nuestro país, no es probable que tenga mucho éxito, porque cualquier persona prefiere dar ese dinero en comida a un banco de alimentos. Pero cuando uno conoce la cantidad de dinero que gasta la administración en instituciones innecesarias o cuando ve la falta de control en la asistencia a las sesiones que se suponen obligatorias de nuestros políticos, uno no comprende cómo puede haber dinero a manos llenas para esto y no para las nuevas adquisiciones de libros en las bibliotecas públicas. No es porque un libro pueda ayudar a triunfar, (que en muchos casos puede servir para lograr éxitos profesionales), sino porque nos ayuda a ser, si no más, sí, mejor persona, que es lo que, en definitiva, interesa a cada uno de nosotros y a la sociedad de que formamos parte.
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2014-02-10

portrait-dummy Natalia Arroyo Vázquez     narroyo.lectyo.com
Las adquisiciones son, tal y como muestran las estadísticas bibliotecarias disponibles, el capítulo presupuestario en que más se están notando los recortes en las bibliotecas españolas. Se observa en todas las bibliotecas y no sólo afecta a los lectores y usuarios, sino a toda la cadena del libro. Aún está por ver cuáles serán las consecuencias en los servicios bibliotecarios, tan necesarios en este momento para garantizar la igualdad en el acceso al conocimiento.
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2014-02-10

portrait-dummy Fulgencio Castañar Ramos     veralandia.lectyo.com
Notas de mis lecturas

El corazón de piedra verde, de Salvador de Madariaga



Esta novela, aunque narra, en su parte central, la conquista de México por Hernán Cortes, más que la novela de la conquista pudiéramos decir que es la novela del mestizaje, pues la parte histórica de la toma de los reinos mexicanos ocupa lo que pudiéramos llamar la película externa de la acción, mientras que, en la profundidad, lo que prima es el interés por la conjunción amorosa, afectiva de dos personajes que, desde que tienen conciencia de sí mismos, por una premonición visualizada, se sienten nacidos el uno para el otro y que supone la fusión de dos mundos, de dos culturas.
Esta larga novela, muy rica en su armazón de carácter histórico, está contada desde la perspectiva de un narrador omnisciente culto, de la edad contemporánea, detalle que deducimos por algunos incisos que inserta en el relato. El autor construye la obra a partir de capítulos subdivididos en secuencias que, inicialmente, tienen un carácter paralelístico, pues dedica uno a asuntos de materia mexicana y otro relacionado con una familia castellana, nuevo y viejo mundo, hasta que pasa la acción a narrar los avatares de quienes buscan fortuna en América. En los primeros capítulos narra el nacimiento de dos seres que, por esa visión premonitoria aludida, reservan su cuerpo virgen con la esperanza de encontrar a su media naranja en algún momento de su vida, sin saber ninguno de los dos que ese encuentro sucederá, años después, con un ser de una procedencia que, en ningún momento, ninguno de los dos podía imaginar; pese a ello, ambos serán capaces de reconocerse en cuanto se ven mutuamente y, con el tiempo, acabarán fusionándose tras salvar diferentes escollos.
La narración, de tiempo dilatado, comienza en los años previos al descubrimiento de América con la venida al mundo, en una ciudad hispana, del hijo de un noble casado con una judía conversa mientras que, por la otra parte, marca con especial énfasis el 1500 con el nacimiento de la hija de uno de los reyes mexicanos. Si la acción situada en tierras mexicanas ocurre en Tetzcuco, cuyo reino rige el rey Nezahualpilli; el nacimiento acaecido en España tiene lugar en una ciudad de ficción, Torremala, que resume rasgos de cualquier ciudad española de esos tiempos: castillo y dominio feudal, monasterio e importancia social de la religión, y está habitada por grupos sociales de las tres culturas que, tras periodos de convivencia, viven momentos en que las relaciones se agrian hasta el punto de que, al quebrarse la armonía, están abocadas por intransigencias religiosas del sector dominante, el cristiano, a una fractura social que se cebará en la persecución y expulsión de los judíos, periodo histórico que Américo Castro denomina como “la edad conflictiva”. El cristiano, Alonso Manrique, que protagonizará la trama novelesca, tiene raíces genealógicas de quienes han habitado en la península remontándolas el autor hasta el cristianismo visigótico y se formará a la sombra del religioso padre Guzmán, mientras que Xuchitl, la joven mexicana, será educada bajo las pautas de un padre de carácter racionalista que discrepa de muchas costumbres e ideas religiosas de la sociedad en que ha nacido, “hubo un tiempo en que todo era distinto”, especialmente respecto al sacrificio de seres humanos a los dioses, un elemento que se reiteraráen rituales ofrecidos a diferentes dioses a lo largo de toda la novela.
Alrededor de estos dos personajes hay una serie de figuras menores, entre las que hemos de destacar a dos, una por cada lado; en el lado mexicano, a Izcauatzin, un joven que, con una formación en el colegio sacerdotal, será el encargado de dirigir en muchos aspectos a la joven princesa; es un personaje construido con los rasgos del héroe trágico cuyo destino, el de su propia muerte, asume voluntariamente, tras conocer la imposibilidad de alcanzar a la persona amada, con una grandeza de ánimo singular, convencido de que su sacrificio ritual es en beneficio de su pueblo. Por el lado hispano, encontramos a la familia Esquivel uno de cuyos hijos será el antagonista de Alonso hasta el extremo de que la rivalidad juvenil se prolongará en tierras mexicanas. Hay una gran diferencia en la construcción de estos dos personajes secundarios, pues el autor carga las tintas de modo que, mientras el mexicano será un ser dotado con muchos rasgos positivos, el español será caracterizado con una acumulación excesiva de notas degradadoras y, al final, nos revelará el narrador, en un tipo de anagnórisis, la procedencia real de tal sujeto que no es de procedencia cristiana, sino que su familia proviene de origen judío, pese a haber sido un duro combatiente contra los de su propia casta.
Nos ha parecido muy atractiva la rica información que nos da el novelista de la sociedad mexicana anterior a la llegada de los españoles: su estructura política con atomización de estados ciudades organizada bajo el peso de la religión cuyo teocentrismo es la piedra angular sobre la que se asienta el imperio hasta el extremo de haber acabado el pueblo asumiendo la necesidad del sacrificio de seres humanos como una exigencia mensual de los dioses. Y es el peso de esa religión y una concepción de la vida basada en la idea de un tiempo cíclico, en un periodo de crisis histórica, lo que facilitará la victoria del débil frente al poderoso, del pobre frente a la riqueza acumulada al tener asimilada la creencia que de oriente vendrán un conjunto de emisarios de sus dioses a imponer su dominio sobre la caduca sociedad que rige, como emperador, Moztezuma. El comportamiento de los españoles aparece, en ocasiones, sujeto al peso de una moral cristiana al no permitirles los frailes y jefes que se ayunten con mujeres del país si no han sido bautizadas; la asunción de las ideas cristinas aparecerá expuesta en algún capítulo con gran ingenuidad al mostrar cómo la refieren algún indígena a su mujer para convertirla a la nueva religión. Sin embargo, pese a la expresión del afán evangelizador lo que domina es la codicia por las muchas riquezas que encuentra en el orbe mexicano, y más concretamente, en su capital.
Salvador de Madariaga se apoya en la gran cantidad de datos adquiridos para escribir su biografía de Hernán Cortes tanto para el desarrollo de las diferentes fases de la conquista como para la narración de las rivalidades entre varios personajes y episodios secundarios, pero añade muchos elementos de ficción, como estratagemas para conseguir determinados fines, el cuerpo de Xuchitl por parte de Moztezuma y el lebrel por parte de Alonso como elemento defensivo, y, naturalmente, por el título, el carácter de provocación erótica que suscita en el poseedor, esa piedra verde, de jade, con forma de corazón por la que lucharán y morirán varios personajes. Obviamente, el autor se apoya en la creencia que, para las gentes de las culturas prehispánicas de México y América Central como los olmecas, mayas, toltecas, aztecas… el jade encerraba poderes especiales relacionados con la suerte, la fertilidad e, incluso, el poder.
Quizás podría criticarse un exceso de acciones secundarias y un desarrollo pormenorizado de muchos aspectos del México prehispánico, pero no podemos olvidar que esta novela es la creación de un español en el exilio y, como tantos otros, tiene interés en mostrar ese mundo desconocido, para quienes escribía, que no eran otros que los lectores de la América de habla española, pues era consciente de que la edición de la novela en una editorial española no sería posible hasta que cayese el régimen franquista o se abriese la censura franquista y esto tardaría muchos años en suceder.
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2014-02-05

portrait-dummy Luis González      luisgonzalez.lectyo.com
Gracias Fulgencio. Me ha parecido muy interesante una reflexión tan amplia sobre una novela que leí en la adolescencia. Un saludo y gracias de nuevo por tu aportación.
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2014-02-05




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